Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

Un salto a Madrid

Un día también saltamos a Madrid, un salto que siempre me gusta dar, que estira mis piernas y abre mis ojos. El nuevo reencuentro me llena de parsimonia observadora de los detalles que uno ama, ¡ay!, aquí uno no ve los errores, pues lo que se impone es disfrutar de un mañana envuelta en un sol de regalo perfectamente contrastado en sus sombras. Tenía ganas de estar hoy aquí.

Esta mañana la ciudad es sobrevolada por un gigantesco dirigible que ahora atraviesa el cielo del comienzo de la calle de Alcalá con sus cuadrigas, claraboyas, cúpulas y terrazas en lo alto, y los plásticos azules de los acampados del 15M abajo, en la ciudad soñada que despierta desde la Puerta del Sol. Cientos de jóvenes escenifican su buena disposición limpiando marquesinas y persianas. Son coloridos, risueños y, sobre todo, jóvenes en su gran mayoría. Viven en un pueblo ideal, y sin embargo real, tras un mes de historia. Se ve que pronto llorarán al separarse y destruir lo construido. Ésta es la fórmula de la convivencia perfecta. Un período prospero y feliz que dura poderoso bajo la presión de lo que no lo comprende o lo rechaza. Su fortaleza y entusiasmo lo mantiene durante un espacio de tiempo fecundo y hermoso, que se sabe finito, como el amor, como la amistad, como la vida…

Han establecido lazos, han hecho historia sin desearlo ni haberlo pensado. Sorprendentemente han demostrado capacidad para organizarse, para emitir esperanza, para influir en la opinión de toda España, imponiéndose la seriedad de sus propuestas, mostrando la humanidad de su impotencia a la hora de continuar su movimiento, su ingenuidad transgresora ocupando la calle que casi sin creerlo era también suya. Me gusta verlos, me emocionan, los envidio, hoy me gusta más Madrid por ellos. Son esta gente la que tapa el paisaje y lo construye de nuevo, sea aquel hermoso o feo, para convertirlo en algo inolvidable, un estreno. Sus colores tapan la calle y nos hacen apreciarla de nuevo. Las manos levantadas hacen un movimiento lateral continuo y rápido sobre su propio eje, derecha e izquierda, derecha e izquierda, para aprobar las propuestas y los discursos de los que hablan.

Y todos se miran y se reconocen, quieren creer, pero sobre todo hacer, y quieren convencer con su ejemplo. Quieren que los miremos, que les sigamos, quieren demostrarnos que ahora son ellos los protagonistas, y yo me inclino encantado de ver a dos chicas jóvenes hablando con una soltura que parece innata, desgranando sus reivindicaciones con la serenidad de su experiencia, corta o larga, pero evidentemente intensa, con la seguridad que da transmitir lo que se cree. Da gusto oírlas, y ver a la gente sentada bajo un sol de verano que hasta ha hecho abrir los paraguas, escuchándolas, aprobando su discurso con sus dos manos en movimiento, y con aplausos, como cuando hablan del dispendio que supondrá la próxima visita del Papa. Luego habla un chico con barba, bastante más mayor, de la vieja guardia, con la misma serenidad, aplomo y sensatez. Uno más de la gran asamblea. Sigo sorprendido por todo ello, me anima, me alegra ver a toda esta gente bajo este sol en Sol. Todo no está perdido en este mundo cada vez más injusto, y pienso que solo el avance lento pero seguro de las propuestas sensatas pueden ir calando en la gente para concienciarla y luchar, ahora sí, para hacer cambiar las cosas hacia mejor. También entiendo la desesperación que hace y hará a muchos no pararse en mientes y querer cambios radicales para mañana mismo. También existirán los desvíos a ninguna parte, el oportunismo, la salsa de los amantes del follón, que puede ser otra forma de divertimento, pero también el camino elegido por los creyentes en la revolución violenta, del caos que a la larga produciría un mundo justo soñado, lo que siempre, como ya sabemos, hará nacer una sociedad ya herida.

Pruebo a levantar las manos para aprobar las propuestas, me gustaría parecerme a ellos, estoy de acuerdo, y lo hago, pero no, no soy de ellos, soy otro, apenas un intruso, un simpatizante que podría apoyarlos. Un acto de mera solidaridad en esta Puerta del Sol que pese al sol que aplasta apabulla de vida, es decir que a uno le hace acordarse de la palabra, de vida, claro, y de un futuro en el que no podemos dejar de pensar mejor a pesar del pesimismo que las evidencias se empeñan en transmitirnos, pero mientras, la ciudad bulle, hermosa en la tarde. Y ahora me voy alejando poco a poco, el oso sigue de guardia, e impasible no deja de mirar la copa del madroño, para comérselo o para seguir viendo de reojo el paisaje que le rodea: los plásticos azules, las manos en alto que aplauden sordas… La Puerta del Sol ya a lo lejos.

Esta tarde, después de comer visitamos la exposición sobre los tesoros de Polonia en el Palacio Real. De repente me encontré delante de la “La dama del armiño”, un cuadro de Leonardo da Vinci que sorprende por su verosimilitud,  su gesto sugerente,  sus detalles, y su propia historia. Por un momento me parecía encontrarme delante de la capilla de una virgen milagrosa. En realidad fue la amante de Ludovico “El Moro”, duque de Milán. Yo fuí sólo -de nuevo también aquí- un fiel admirador de la imperfecta vida, de su belleza… No llegué a postrarme ante ella, solo la miré, y ella miraba por encima de mi hombro, y al cerrar la puerta sentí que se quedaba dentro, y no pareció importarle.

Salimos al sol de la plaza de la Armería solitaria, antes de ir a Sol por segunda vez en el día. La calles repletas de gente, paseando, bebiendo, jugando, a la sombra, al sol, caminando… el día seguía siendo hermoso.

15M

Mucha gente se pregunta dónde terminará el movimiento que se ha venido en llamar 15M, y que ha llevado a cientos de jóvenes a acampar en la Puerta del Sol de Madrid desde hace ya varios días, y que se ha extendido por plazas de toda España. Es difícil de saber, pero verlos me conmueve, primero porque va más allá de nuestras sesudas y tópicas conversaciones que a menudo mantenemos con amigos y familiares sobre como arreglar el mundo o sobre la actualidad política de España. Por primera vez no vemos a jóvenes uniformados para la revuelta que tan a menudo termina en una violencia difícil de comprender, más allá de una estética vacía e incongruente. En la Puerta del Sol hay, claro, jóvenes uniformados, como todos lo somos de una u otra tribu,  pero sobre todo vemos que se ha impuesto una organización autogestionada habitada por jóvenes, mayoritariamente de izquierdas, claro, pero que son, sobre todo, jóvenes, valga la redundancia. Tal vez lo que a mucha gente les hace desconfiar y mirarlos por encima del hombro es precisamente su juventud. Su pretendida inmadurez les iría aparejada, como si los que somos más mayores fuésemos por tanto maduros y ya nos hubiésemos planteado cambiar el mundo, aunque si no lo hemos hecho es porque nos estamos tomando tiempo reflexionando desde nuestras butacas recalentadas, tanto que al final nos hemos quedado dormidos y al final han venido estos y han ocupado nuestras plazas.

A menudo, hablando sobre este asunto, sale a relucir el latiguillo, “Está bien, pero son unos happyflowers que no presentan ninguna alternativa consistente”. “Muy bien”, yo contesto, “pero de momento se han plantado en la calle para  hacerse visibles y dejar en evidencia algunas de las fallas de nuestra democracia, entre ellas la falta de perspectivas  de ese misma juventud,  y además han conseguido que los medios de comunicación se hagan eco de su presencia”. El movimiento ha pillado por sorpresa a los partidos políticos, y muchos de sus dirigentes, -oportunistas como son-, se han apresurado a decir que les comprenden, que los apoyan, y ya está. Ni una autocrítica, ninguna reflexión sobre el futuro cercano, siguen pidiéndonos el voto para las próximas municipales y autonómicas. La calle comienza a hervir y ellos miran para otro lado, los que más, claro, los del PP, que añaden una sonrisa sardónica. Y es que estos tienen poco de preocuparse, -al fin y al cabo sus votantes no pasarán la noche encima de un cartón en la Puerta del Sol o en otros lugares de España-. Tampoco CiU tiene mucho de que preocuparse, -sus votantes tienen sociológicamente mucho en común con los del PP-, pero si en cambio el PSOE, y en menor medida IU, que ven como esta revuelta inesperada les arrebata la bandera del cambio y de su presunta vanguardia social que deberían liderar. Es evidente que para el PSOE esto supone un nuevo golpe que creo le vendrá a dar la puntilla en muchas urnas.

Son evidentes los deseos de cambio real para nuestra democracia  en muchas personas, jóvenes o no, de toda España.  Si todo esto no se apaga de una forma inesperada, es posible que esté en ciernes el nacimiento de una renovación profunda de nuestro sistema político que ójala desarbole las estructuras de poder y de partido hasta ahora conocidas.

En estas próximas elecciones parece casi seguro que el PP ganará muchas alcaldías y algunas comunidades autónomas que no gobernaba. No será por culpa de los indignados que acampan por nuestras plazas, pues no son ellos los que votan al PP. Tal vez lo que debamos preguntarnos es como entre todos hemos sido capaces de dejarnos adormecer hasta el punto de que haya mucha gente que será capaz de votar a políticos corruptos, mentirosos y poco evolucionados ideológica y socialmente, en su mayoría en las filas del Partido Popular. Pero no olvidemos las carencias de una izquierda que ahuyenta a sus desorientados posibles votantes con comportamientos incompatibles con su ideología, por ejemplo en su aproximación ideológica a los nacionalismos, en su falta de entereza en aplicar el programa presentado y por el que se les había votado, o en su excesiva condescendencia con la derecha retrógrada, eclesiástica, económica y política.

Me ha sorprendidoy me alegra la movilización de Sol, yo también tengo esperanzas.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

Tantas cosas

Tantas cosas. Tantas cosas sobre la mesa, tantas carpetas e informes con tantos nombres, tantas notas escritas en variados colores, tantos cables a tantos enchufes conectados, tantos pañuelos que nos limpian de tantos líquidos sobrantes pero necesarios de nuestro cuerpo, los teléfonos que nos comunican con tanta gente, el monitor del ordenador que a tantos mundos planos nos abre, el calendario con tantos días por vivir y ya vividos, y algún bolígrafo arrinconado tan lleno de posibles palabras y de borrones.

Tantas cosas que se ven desde la ventana: tantas nubes que pasan, tantos tejados que cubren la vida de tantas personas, tantas ventanas donde se asoman estas y tantas otras para respirar, para mirar más allá de tantas habitaciones llenas de tantos muebles y recuerdos, de tantas paredes con fotos o sin nada, pintadas de tantos colores. Tantos árboles que jalonan las calles, tantos coches que nos transportan en tantos viajes vitales, tantos autobuses donde nos miramos mientras observamos, leemos o dormimos. Tantos aviones que por allá pasan camino del aeropuerto o saliendo hacia otros lejanos transportando tantas personas que llegan, que se van, que sueñan, que tiene prisa o que no querrían llegar y que por eso a veces les duele el estómago.

Tantas facetas de nuestra vida, tanto capítulos, tantos asuntos, tantos problemas, tantas mentiras, tantas sonrisas y miradas, tantos errores y alegrías, tantos frentes que se nos abren, tantas decisiones y dudas, tanta soluciones, tanto tiempo que se nos pasa, que llenamos como podemos. Tantas noches ausentes de consciencia, tantas vigilantes, tantos amaneceres ansiosos cuando desearíamos embridar el tiempo para que no crezca el día que se nos viene encima y en la tarde para que no nos envuelva la noche, siempre queriendo parar el tiempo entre tantas emociones y afectos.

Tantas camisas y pantalones, tantos calcetines, calzoncillos y bragas que hemos usado para vestirnos, tanta ropa en tantos armarios, tanto agua que nos ha lavado, tanto jabón que nos ha limpiado y perfumado, tanta leche y tanto café caliente, tantas galletas. Tantas aguas menores, tantas mayores. Tanto sudor, tanto amor encauzado o derramado, tantos sueños y deseos, tanta increíble dicha y tanta acostumbrada melancolía.

Tantas vidas de tantas y tantas personas que pueblan tantos países en lo que dicen un solo mundo aunque sean tantos. Tantos caminos hollados y pasos dados por tantos pies con tantos zapatos, y cuantas miradas y gestos entre tanto. Tantos libros leídos, escritos, por escribir, tantos recordados, tantas frases célebres. Tantas y tantas páginas, más que personas, en la misma gran complejidad de nuestras mentes y cuerpos. Tantas películas que nos emocionan, tantos cines, tantos actores y canciones que nos han hecho entrar en tantas atmósferas suplementarias en tantos momentos de nuestra vida, para curarnos, para entretenernos, también para preocuparnos.

Tantas vidas que multiplican tantas de todas estas cosas, y como resultado tantos números y, sin embargo, que superfluas son tantas de estas cosas. Que pocas las que verdaderamente nos mueven, remueven y conmueven, que pocos los sentimientos que tanto nos afectan para siempre y siempre. Que simple es sin embargo todo.

Los arrozales, las cometas y el gato que se indigestó

La casa está en medio de una plantación de naranjos y limoneros salpicada de frutos que se pudren en el suelo. En algunos surcos donde no hay árboles hay tomateras cuyos frutos nadie recoge. Es una casa blanca con una gran parra en su entrada, bajo la que hay  un par de mesas de plástico verde. Detrás de la casa una nube lejana deja caer agua sobre la serranía cercana, pero el sol tiñe de tiras rosáceas esta nube y otras más cercanas.

Nada más bajarse del coche los niños corren en busca de sus primos que ya han llegado y se ponen los bañadores mucho antes de haber bajado del coche los escasos bultos que traemos. Hay una pequeña alberca de aguas verdes que para ellos es un caribe cuadrado que gozan entre risas y chapoteos. Da gusto verlos. La vida hay que disfrutarla sin pensarlo, parecen transmitir, en un mensaje que supera nuestros necesarios preparativos y nuestros recelos de adultos ante la novedad, ellos no necesitan saber donde están, simplemente están, observan entonces y se tiran al agua.

A lo lejos se ve la gran extensión verde de los arrozales en una llanura salpicada de pequeñas casas blancas y algunos árboles altos, como contrapunto a la horizontalidad del Delta del Ebro. Ahora una luz anaranjada ilumina la piel mojada de los cuatro niños. También los mosquitos comienzan a hacer su trabajo, ¡qué le vamos a hacer! Estamos en el campo. Nosotros nos ponemos al día de las novedades de nuestras vidas.

Comienzo temprano el nuevo día,  mientras los demás duermen me acerco al pueblo a comprar el periódico y el pan. El frescor de la mañana convive con  la tranquilidad de la plaza mayor, pero hay gente que parece venir de fiesta y algunos ya beben cerveza a las nueve de la mañana en alguna de las terrazas. Yo, con mis diarios y el pan entre los brazos paseo despacio en dirección al coche. Cuando llego ya todos están despiertos, desplegamos entonces sobre la gran mesa verde, bollos, pan, mermelada, frutas, café, leche…

Las carreteras del Delta son estrechas y te obligan a veces a aminorar la marcha y esperar el cruce lento con el coche contrario. Los verdes del arrozal son intensos, lujuriosos diría, el agua que a veces brilla entre las plantas al darles el sol, los canales y acequias indican que estamos en un lugar extrañamente hermoso. Aquí y allá aparecen pequeñas casas rodeadas de una base sólida de cemento o tierra y un árbol grande y a veces frondoso que es la sombra necesaria de cada casa. Parecen santuarios donde aislarse y descansar, islas rodeadas de plantaciones inundadas. Me parecen lugares acogedores en su austeridad. A la luz de la tarde algunos me parecerán mucho más hermosos en su blancura contrastada con el verde.

El Ebro es muy ancho, la barcaza tarda muy poco en cruzarlo cargado de coches y de un camión que carga con un gran tractor de ruedas metálicas para desenvolverse por las plantaciones de arroz. Nos hemos bajado de los coches durante la travesía y los niños han hecho de niños acodados a las barreras y mirando el agua durante la corta travesía. Enseguida corremos por el lado norte del Delta paralelos a un canal y a otra carretera.

La playa de Riumar es una inmensa extensión que por mucha gente que llegue siempre ofrece espacio suficiente para poner las toallas y, por ejemplo, para volar una cometa con dibujos de Toy Story como la que hemos traído. Es la primera vez que vuelo uno de estos artefactos y me hace ilusión el hecho de que nada más montarla se eleve, pues no sabía que fuera tan fácil. Allá va ondeando su largo apéndice azul brillante. He quedado como un buen padre, después los niños se han peleado por volarla ellos. Han sido sus primeras lecciones de termodinámica, y después se han olvidado de ella y han vuelto a bañarse.

La  playa es de arena, lisa y de agua turbia y cálida y en la que tienes que meterte muy adentro para lograr que te cubra. Los niños no han parado ni un momento de entrar y salir del agua, yo sí, con poco me conformo, mejor dicho, con lo suficiente para refrescarme. Nosotros, como vigías oteando el horizonte, los vigilábamos. De vez en cuando salían y entonces cavaban en la arena. Al salir del agua me tumbo y dejo al sol hacer su trabajo. Esa sensación es la que más me gusta. Cierro los ojos y todo lo que me preocupa parece lejano, fácil de resolver, como si nuestro cerebro estuviera directamente conectado con nuestra piel. Son sensaciones primigenias que te devuelven algo que normalmente se olvida y que anida en la piel que nos envuelve. Sabemos que dura poco, pero de estos momentos extraemos la fortaleza necesaria para renovarnos. En eso estamos.

Hacemos tiempo para acudir al restaurante cercano. Después de la playa este es el lugar perfecto. Es un lugar grande y desahogado. En la gran mesa redonda nos repartimos la paella y la fideua. El arroz estaba buenísimo, y la gente que nos ha atendido transmite una calma amable e isleña que nos hace sentir bien a pesar de los platos rotos. La comida me ha sentado muy bien debía tener hambre. Fuera, la fuerte corriente del río fluye excitada por la proximidad del mar cercano, arrastra también nuestras miradas. La vida son estas celebraciones que todos nos merecemos en algún momento.

El cielo de la Barra del Trabucador es un revuelo de extrañas aves de plásticos de colores. El viento atrae a mucha gente que se deja llevar por unas grandes cometas que les hace dar saltos acrobáticos en el aire y deslizarse por la superficie del agua, es el kitesurf. Una pista de arena prensada recorre la Barra en toda su longitud y deja a un lado la bahía de los Alfacs, en cuyas aguas poco profundas y calmadas se desenvuelven las extrañas aves y sus pilotos en la tierra. Al otro lado, el mar abierto parece ajeno a este trajín mientras algunas personas sentadas aquí y allá, de espaldas a los surferos, miran poseídos el vaivén de las olas. Es un lugar que no parece acabarse de lo largo que es, pero hoy está lleno de los coches de los surferos y de sus familias y amigos que parecen acampar para dar rienda suelta a su afición. Uno trata de imaginarse este lugar  vacío y batido por el agua y el viento.

La pista termina en una puerta de maderas que dan entrada a una reserva natural y a unas salinas. El agua brilla en la tarde. Todos se van a pasear a la playa mientras yo me quedo con mi hijo, que duerme, en el coche. Aprovecho para hace fotos por los alrededores del coche. Comienza a hacer fresquito con este viento suave pero continuo, luego el sol, que parecía mitigado por las nubes, recobra fuerzas. Volvemos a casa entre coches y cometas corriendo por la arena.

El cielo es todo un espectáculo en esta hora ya tardía de los días largo de julio. Es rosa, anaranjado y blanco. Preparamos una barbacoa después de ducharnos, los niños, claro, se vuelven a bañar en la alberca de aguas verdes. De nuevo el jolgorio y el chapoteo: la felicidad aquí en la tierra. Cenamos en la casa después de preparar una barbacoa. No tengo hambre, pero todo es empezar, y empiezo. Aparece un gato blanco famélico y lleno de heridas que viene a pedirnos alimento y lo obtiene, ¡vaya que si lo obtiene!. A la mañana siguiente mi hijo viene viene corriendo por el camino gritando:

-¡El gato está muerto! ¡El gato está muerto!

Efectivamente, está tieso. Nos sentimos un poco culpables, pues tal vez se le ha indigestado tanta carne, después pensamos que, al menos, la noche anterior cenó opíparamente. Los niños lo miran, y yo me lo llevo en un recogedor. Lo semientierro en un surco de tierra pero me olvido de decir unas palabras, aunque será recordado durante todo el día. Aquí paz y anoche gato.

En la mañana, paseamos entre los naranjos mientras las cigarras cantan y el sol aprieta sobre nuestra piel ya rojiza del día anterior, y duele. Los tomates están calientes en la mata y recogemos unos cuantos para la ensalada en los cuencos que los niños han hecho con sus camisetas. Hace mucho calor y nos damos un baño en la alberca de aguas verdes.

 -¡Otra vez más papa! Voy y vuelvo ¿vale?

-Vale.

-¡Una vez más me mira!- Camelándome con la mirada y levantado un dedo, y lo consigue, claro.

-Venga- Y luego va y viene dos veces más.

Mientras dentro de la casa todos recogen, yo me quedo solo un rato y miro alrededor. Los pensamientos ajenos a este lugar vienen a mi mediante extraños mensajeros sin que exista un aparente contubernio. Son plácidos y se mezclan con los deseos, …la piel caliente por el sol del mediodía…

Después de comer regresamos a Barcelona, la carretera se va llenando de coches a medida que nos acercamos. El Delta desaparece de nuestra vista, allá se queda, tal vez esperándonos.

Viaje en Semana Santa

Nos vamos hoy hacia el sur de Francia, o con mayor precisión al Languedoc-Rouisillon, lo que algunos relamidos de esta Cataluña donde vivo, eruditos a la violeta que diría Cadalso, si bien aplicado aquí a la Geografía y la Historia, llaman “Catalunya Nord”.  Este topónimo tiene que ver con ese otro tan querido también por los de la grandeur catalana,  “Els Països Catalans”. (Anda que si a alguien le diese por decir, refiriéndose por ejemplo a Colombia,  la España de ultramar…). 

El caso es que nos vamos al sur de Francia a pasar unos días de “merecido descanso”. Si, ya sé que es una frase manida, pero no me he podido resistir, y  a lo mejor hay algo de verdad en ella.  Además de los paseos y visitas a pueblos y ciudades, una de las cosas por las que me gusta Francia en Semana Santa es porque si pones el Telediario de la noche en estas fechas, casi al final de ellos, y antes de los deportes, puedes oír a la locutora decir que “Los cristianos han celebrado con una procesión en París la festividad de la Semana Santa”, y pasan a otra noticia, nada que tenga que ver con la información masiva e incluso en directo por algunas televisiones y radios españolas,  de las procesiones que se celebran en casi cada rincón de España llenas de tétricos y oscuros desfiles, que si bien pueden tener un rastro de belleza la primera vez que los ves, inmediatamente se convierten en una falta de respeto apabullante para con los que no creemos y tenemos la Santa Paciencia de aguantar la servidumbre de sus pasos cuando queremos andar libremente por nuestras calles. Es verdad, y justo es decirlo, que en Cataluña ese peso es infinitamente menor, no se ven casi procesiones, y las televisiones locales y regionales se quedan como mucho en Pasiones como la de Esparraguera.

El día ha levantado ya, voy a despertar a los bellos durmientes y a cargar el coche, huyamos hacia el Norte y entreguemos Sevilla, Alcalá de Henares y Zamora a las huestes apasionadas de cirio en mano y capirote aburkado, a vírgenes, cristos, pies descalzos, encadenados, flagelados, presos indultados, saetas, peinetas, lutos y sangres. Y mientras, huyamos mientras podamos, con todo lo que de renuncia tiene.

Algunas preguntas y algunas de las respuestas

1. ¿Cual es el sentido de la vida?

No preguntarse nunca sobre el sentido de la vida.

2. ¿Que hacer entonces con nuestra vida si no tenemos una guía que nos ayude?

Levantarse de la cama primero, por supuesto, mirar por la ventana por si llueve y salir, sonreírle a la vecina que nos guste y ser sinceros con ella y con nosotros mismos, entonces nos podemos mojar juntos bajo la lluvia porque no nos importará en absoluto que se nos noten los pezones duros bajo la camisa, y menos, claro, si es a ella a quien se los notan. La vida tendrá entonces un sentido claro y no nos importará que éste no dure a lo largo del tiempo, tendremos suficiente con obtener lo que deseamos con impaciencia en un día de lluvia, entonces podemos volver a la cama, ahora sí, con ella. Y que no se nos olvide llamar al trabajo para decir que estamos enfermos, la felicidad es corta y dura lo que un sueño, mañana será otro día.

3. Cuando nos invada la apatía ¿qué hacer con el jamón de York y el yogurt Activia que nos caducó ayer y que habíamos decidido comernos hoy?

Ser desprendidos, no nos debe importar perder algo si lo que ganamos es peor, igual o mejor que lo perdido. Un beso  que ganemos de ella nos aflojarà de la tensión que la materialidad nos provoca, y si notamos que el estómago nos ruge porque tenemos gazuza, siempre podemos dejar que nos moje una galletas Campurrianas en un café con leche caliente y nos las de ablandadas en nuestra boca, las risas por las gotas de café sobre nuestra piel desnuda nos hará sentirnos de nuevo vivos. Eso sí, no nos olvidaremos de tirar el jamón de York a la basura si se ha puesto tieso y de color marrón oscuro, pero el yogurt nos lo podemos comer con tranquilidad, a buen seguro no nos envenenaremos.

4. ¿Qué hacemos entonces?

 ¿Con qué?

 5. ¿Tienes idea de por qué vamos a trabajar todos los días?

Pues pensar y ansiar la hora de la salida, porque siempre esperamos que la tarde o el fin de semana serán distintos y que en esas horas por fin seremos felices, y así nos puede ocurrir, sí, a veces pasa, aunque tal vez debamos, si no lo hacemos ya, mirar más cerca, pues tal vez podamos disfrutar aquí igual que fuera, no digo con el trabajo, aunque también se pueda dar el caso, digo con lo que nos deparan estas horas aquí encerrados. No debemos perder de vista que la gente que nos rodea también se distrae con los ojos taladrando el techo y mirando más allá de los cielos buscando una redención que los eleve de la insulsa cotidianidad; que también se ríen y lloran, se excitan o se aplastan, que también tienen sus ratitos de debilidad y que a veces nos miran, algunas deseando besarnos, y otras denigrarnos, ¿o acaso no lo sabíamos?

6. ¿Por qué siempre piensas y hablas del deseo?

Es evidente que si no deseáramos, si nuestros ojos y nuestras mejores palabras no se perdieran por el cuerpo y la mente de nuestros prójimos más atrayentes, la jornada sería una plana sucesión de horas y conversaciones relacionadas con expedientes, sinergias, estrategias y presupuestos. Pero no es eso una alternativa, suceden al mismo tiempo, ya escribí una vez sobre lo que en realidad a veces pensamos e imaginamos cuando hablamos por ejemplo con una mujer sobre “posibles alternativas al Convenio de Kyoto”, más allá de nuestra educada respuesta, para nuestros adentros decimos: ¿Cómo sería bajarte la falda y tumbarte despacio sobre la cama de la habitación de un hotel escondido? Pero que quede claro, una cosa no tapa la otra, somos binarios y podemos hablar en dos planos a la vez, algunos incluso en tres, otros, es verdad, solamente en uno.

7. ¿Existe Dios?

Por supuesto, es nuestro guía perfecto, el de cada uno, al que podemos interpretar como nosotros queramos y que nos ayuda a sobrevivir y a encontrar fortaleza para continuar adelante. Ahora bien, para eso hay que creer en él, es como el sentido de la vida que aparece en la primera pregunta, no hay que plantearse nunca si existe o no existe, recémosle a nuestra imagen y semejanza y creemos nuestra propia conciencia y tabla de pecados. ¡Por un dios libre, seamos creativos!

8. ¿Quién es usted?

El enviado de Dios en la Tierra, como usted, como yo, lo acabo de descubrir ahora mismo, y eso me salva de posteriores preguntas, se acabó la entrevista. Buenos días.

9. Le deseo.

¿Perdón?

10. Ya me ha oído, estoy aburrida de esta papel que me ha tocado vivir, no entiendo nada de lo que me rodea, no se que hacer con mi vida, pero se que puedo pasar un buen rato con usted, por eso le estoy haciendo una proposición, ¿se quiere acostar conmigo y levantarse conmigo en la mañana y si le place volverse a acostar sin prisa hasta el mediodía?

No hay cosa que más desee, pero espere que me coma el yogur.

Mañanitas

A veces uno sale de casa y las aceras están llenas de piedras sueltas de todos los tamaños, y encima cuesta arriba, menos mal que también a  veces, a media mañana, uno tiene ganas de comerse un bocadillo de tortilla española con una cerveza y parece que las aceras son alfombras mullidas que nunca querría que se acabasen en su animación diurna. Uno parece entonces inmortal, aunque el espejismo tarda poco en desvanecerse. Con las gafas de sol puestas bajo el sol esplendoroso, comienzo a leer periódico a la hora del desayuno sentado en una terraza, es entonces cuando comienzan a asomar realidades escondidas, pero ese es otro cantar del que en otro momento hablaré.