El café de media mañana

Se afana el viento en demostrar su fuerza

sobre las hojas de una palmera.

Humea el café sobre la barra fría de un bar

y se alza un murmullo de mañana de diario

entre historias cotidianas

y tintineos de tazas y cucharas

El pumpum del cargador de la cafetera

contra el metal acolchado

vaciándose de café compactado

y una mujer sentada

que, seria,

pasa las páginas de un diario

sabiendo que la miran.

En la ventana del periódico extendido

ante mí el mundo se refleja,

en titulares de distinto tamaño

escogida de antemano

la importancia que yo deba darles,

el sufrimiento,  el interés y el gozo

se reparten las fotografías

 Estoy vivo, pienso,

 y bien vivo,

a resguardo del frío viento

mientras soplo, sorbo y miro

en un movimiento compuesto,

por el ventanal

que es ahora una pantalla.

En la próxima hora

quisiera ser otro

escribir en los espacios blancos del periódico

disparar mil fotos,

y ahora aquel viento acaricia mi cara

torna en capa mi anorak abierta

cierro los ojos al frío placentero

añadiendo un muy corto capítulo,

de un martes cualquiera

de enero.

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No puedo escribir

No puedo escribir, y mira que hay motivos, pero es como si a medida que la tranquilidad me invadiese fuese desalojando el impulso que me empuja a construir párrafos. Al final va a ser verdad eso que alguno ha dicho de que cuando mejor se escribe es cuando uno está mal. Ya se que no es verdad, o al menos no del todo, pero en mi caso, estos días, coincide. No es que sea un tío feliz, no, no soy tan aburrido, es simplemente que no me encuentro mal, que estoy aquí mirando por la ventana sin que me duela la tripa y tema llegar a casa. En fin, ahora que releo esto, poca cosa, y solo por dejar fe de ello. Y eso que muchas mañana vengo deseoso de escribir algo, pero pronto la rutina, que se sienta en la mesa de al lado, me mira y cercena todas mis elucubraciones y pensamientos, entonces emito un bostezo de horas, como si fuese un enfermo imaginario. Una mierda, vamos. Y ahora voy a cortar, mi imaginación y mis ganas no pueden ir más allá de este treceno renglón.

Tantas cosas

Tantas cosas. Tantas cosas sobre la mesa, tantas carpetas e informes con tantos nombres, tantas notas escritas en variados colores, tantos cables a tantos enchufes conectados, tantos pañuelos que nos limpian de tantos líquidos sobrantes pero necesarios de nuestro cuerpo, los teléfonos que nos comunican con tanta gente, el monitor del ordenador que a tantos mundos planos nos abre, el calendario con tantos días por vivir y ya vividos, y algún bolígrafo arrinconado tan lleno de posibles palabras y de borrones.

Tantas cosas que se ven desde la ventana: tantas nubes que pasan, tantos tejados que cubren la vida de tantas personas, tantas ventanas donde se asoman estas y tantas otras para respirar, para mirar más allá de tantas habitaciones llenas de tantos muebles y recuerdos, de tantas paredes con fotos o sin nada, pintadas de tantos colores. Tantos árboles que jalonan las calles, tantos coches que nos transportan en tantos viajes vitales, tantos autobuses donde nos miramos mientras observamos, leemos o dormimos. Tantos aviones que por allá pasan camino del aeropuerto o saliendo hacia otros lejanos transportando tantas personas que llegan, que se van, que sueñan, que tiene prisa o que no querrían llegar y que por eso a veces les duele el estómago.

Tantas facetas de nuestra vida, tanto capítulos, tantos asuntos, tantos problemas, tantas mentiras, tantas sonrisas y miradas, tantos errores y alegrías, tantos frentes que se nos abren, tantas decisiones y dudas, tanta soluciones, tanto tiempo que se nos pasa, que llenamos como podemos. Tantas noches ausentes de consciencia, tantas vigilantes, tantos amaneceres ansiosos cuando desearíamos embridar el tiempo para que no crezca el día que se nos viene encima y en la tarde para que no nos envuelva la noche, siempre queriendo parar el tiempo entre tantas emociones y afectos.

Tantas camisas y pantalones, tantos calcetines, calzoncillos y bragas que hemos usado para vestirnos, tanta ropa en tantos armarios, tanto agua que nos ha lavado, tanto jabón que nos ha limpiado y perfumado, tanta leche y tanto café caliente, tantas galletas. Tantas aguas menores, tantas mayores. Tanto sudor, tanto amor encauzado o derramado, tantos sueños y deseos, tanta increíble dicha y tanta acostumbrada melancolía.

Tantas vidas de tantas y tantas personas que pueblan tantos países en lo que dicen un solo mundo aunque sean tantos. Tantos caminos hollados y pasos dados por tantos pies con tantos zapatos, y cuantas miradas y gestos entre tanto. Tantos libros leídos, escritos, por escribir, tantos recordados, tantas frases célebres. Tantas y tantas páginas, más que personas, en la misma gran complejidad de nuestras mentes y cuerpos. Tantas películas que nos emocionan, tantos cines, tantos actores y canciones que nos han hecho entrar en tantas atmósferas suplementarias en tantos momentos de nuestra vida, para curarnos, para entretenernos, también para preocuparnos.

Tantas vidas que multiplican tantas de todas estas cosas, y como resultado tantos números y, sin embargo, que superfluas son tantas de estas cosas. Que pocas las que verdaderamente nos mueven, remueven y conmueven, que pocos los sentimientos que tanto nos afectan para siempre y siempre. Que simple es sin embargo todo.

La poesía

A veces la poesía es una realidad odiosa,

en su propia existencia

un lujo hiriente

como la luz blanca de un mediodía sahariano

a veces es un mamotreto inexplicable

remoto como un recuerdo

en nuestra mente apenas esbozado.

 

Entonces reposa escondida

en un cajón inencontrable

obligada por la ineludible realidad

del mundo obligatorio

el que nos marca, hiere y la condena.

 

Pero donde queda entonces

la completa vida

si unos versos

que trataron de aprehender el mundo

no la explican.

 

Donde quedan entonces los besos

si no pueden iluminarnos

más allá de su sabor,

de nuestras palabras

o nuestra imagen en el espejo

a lo largo del tiempo modelados,

por ejemplo en un poema.

 

No se puede viajar

ni avizorar el mundo

sin  recordar después

aquel mar de amarillo trigo

o aquel otro de azul  océano

que por siempre nos acompañará

tal vez dibujado

o por ejemplo en una poesía.

Iba a escribir de futbol

Iba a escribir sobre las celebraciones futbolísticas de estos días en los que,  mira tu por donde, el Barça ha ganado tres copas, o así. Iba a hablar de la épica, de las masas, de su utilización política, de su utilización mediática, de la omnipresencia del fútbol, de la adscripción obligatoria por omisión a un equipo o pensamiento si no te manifiestas a favor del que te pregunta, es decir:
– ¿Eres del Barça?
– No.
– O sea que eres del Madrid.
– No yo soy de Marte, me repelen las neuronas que producen en ti esas preguntas y no hablaré un segundo más de tamaño despropósito.
– ¿Entonces eres del Español?
– …
– ¿Del Valencia?
– …tengo caca.

Es algo así como cuando un nacionalista te dice que si no eres nacionalista catalán, por defecto eres nacionalista español, como diciendo:

– Si me jodo yo nos jodemos todos, listillo.

Y ante tamaño desparpajo a ver quien es el guapo que le dice:

– No, yo soy de Marte, me repelen tus neuronas cuatribarradas y además no seguiré hablando ni un segundo más de tamaño despropósito.
– ¿O sea que eres nacionalista marciano?
– …
– Ya se, eres del PP.
– … límpiate el culo tu solo, rico. (Por decir algo).
– Lo sabía, eres del PP.
– ¡…gensanta! (como diría Forges). Tengo caca.

Sobre esto iba a escribir pero he renunciado a ello, odio caer en tópicos fáciles o generalizaciones mentirosas. Creo que me falta la bacteria, perdón, la neurona del entusiasmo colectivo, que lo vamos a hacer, pero además es que no me apetece ahora devanarme los sesos para explicar los sentimientos y las sensaciones que me produce todo este fenómeno colectivo.

¿Qué hacer entonces? Pues hablar de amor, de sexo y de rock’n roll.
Y eso es lo que voy a hacer. ¿Lo voy a hacer? ¿No es todo lo mismo? Bueno, trataré de hablar de esto, veré hasta donde llego.

Si escucho determinadas canciones mi cabeza se completa con una espuma suave, medio oscura y medio blanca, medio caliente y medio fría que después envuelve mi cuerpo, nuestros cuerpos. La penumbra, siempre la penumbra donde la visito, donde la luz mate de su cuerpo se muestra como una constelación lejana y cercana al mismo tiempo que me captura en su campo gravitatorio y me condena a navegar por la eternidad de su cuerpo.

¿Y el rock’n roll? “Time waits for no one”. La escucho y me hace pensar, no por nada en concreto, es lo inexplicable de la música, tal vez porque también es un refugio que nos acoge, que nos enaltece, que nos excita, que nos tranquiliza, que nos acaricia, ¿no es eso amor en el recuerdo y en el deseo que provoca?, ¿no es eso sexo a la espera? ¿no le ponemos a las canciones que nos golpean un sujeto que se parece a quien queremos? Bien, es una forma de enriquecer nuestro tiempo, de estar cuando no se puede estar, de recorrer los misteriosos caminos no trillados que la vida nos regala, o para ser modesto, con los que nos encontramos, en los que creemos descubrir algo ignoto, nuestro, tan personal que nos creemos los únicos en llegar a este paraje inexplicable de lo sensorial. Y sin embargo, se que esto es un consuelo, bello pero un consuelo que no puede extenderse por mucho tiempo. La escritura se alimenta de miradas, carne, palabras, sudor, caminos, lunas, ríos, sonrisas, soles, lágrimas y pelos entre millones de cosas más, y eso son los elementos de la vida que nos hieren y acarician, así de tópico, también así de cierto, aunque solo existirán algunos que volverán blanco celestial el interior de nosotros por minutos, con suerte por horas, y muy excepcionalmente por días, y eso son muy pocos, escasos, como Odiseas que justifican nuestra paso por la vida.

El mundo es como un temblor

Hace más de un mes que no introduzco ningún texto aquí, quién sabe, puede que  estuviese muy ocupado, que me faltara la inspiración, que no tuviese nada que decir, que solo quería mirar por ahí, puede ser todo esto, puede ser. Escribo cuando me sale y, a pesar de eso, no he dejado de escribir muy variados textos, frases y palabras. Haré memoria: reflexiones diarias, poesías (pocas), correos electrónicos (muchos), solicitudes de inscripción, números de teléfono, formularios, comentarios varios, letras repasadas en papelitos perdidos mientras hablaba por teléfono que lo mismo podían formar palabras que casitas con humo saliendo de una chimenéa, firmas de comprobantes de pagos con tarjeta, croquis de direcciones para orientar a alguien, o para desonrientarlo, quién sabe. Ahora ya escribo  esta relación de todo ello, y seguro que me dejo algo, ya sé, alguna anotación a lápiz en algún libro de algún párrafo o de alguna frase que me ha conmovido, que me parecía importante, que me ha gustado. Pondré un bello ejemplo de hoy mismo mientras leía en el metro que me llevaba al trabajo:   “Cada cien metros el mundo cambia, decía Florita Almada. Eso de que hay lugares que son iguales a otros es mentira. El mundo es como un temblor”.  (Roberto Bolaño, 2666, Anagrama, Barcelona, 2004)

Un comienzo

 Tobogán hacia las vacaciones/ To the holidays

 Éste puede ser un comienzo, es verdad que no se muy bien de qué, pero puede ser un comienzo. A uno, cuando camina, viaja en metro, espera la llegada del ascensor, o cuando se acurruca en la cama con los ojos cerrados en los sorpresivos duermevelas que a veces nos dejan en algún lugar de la noche, esperando el sueño o el amanecer liberador, le vienen ideas que quisiera escribir, desarrollar, argüir en una probable discusión, pero luego se disuelven, se pasan o se quedan colgando del aire como el rastro de vapor de los aviones en el cielo, muchos minutos después de haber pasado. Puede que éste sea el el lugar para fijar estas ideas y hablar sobre temas que me preocupan, o os preocupan; pero esto, como he dicho, es solo un comienzo.