Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

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Un salto a Madrid

Un día también saltamos a Madrid, un salto que siempre me gusta dar, que estira mis piernas y abre mis ojos. El nuevo reencuentro me llena de parsimonia observadora de los detalles que uno ama, ¡ay!, aquí uno no ve los errores, pues lo que se impone es disfrutar de un mañana envuelta en un sol de regalo perfectamente contrastado en sus sombras. Tenía ganas de estar hoy aquí.

Esta mañana la ciudad es sobrevolada por un gigantesco dirigible que ahora atraviesa el cielo del comienzo de la calle de Alcalá con sus cuadrigas, claraboyas, cúpulas y terrazas en lo alto, y los plásticos azules de los acampados del 15M abajo, en la ciudad soñada que despierta desde la Puerta del Sol. Cientos de jóvenes escenifican su buena disposición limpiando marquesinas y persianas. Son coloridos, risueños y, sobre todo, jóvenes en su gran mayoría. Viven en un pueblo ideal, y sin embargo real, tras un mes de historia. Se ve que pronto llorarán al separarse y destruir lo construido. Ésta es la fórmula de la convivencia perfecta. Un período prospero y feliz que dura poderoso bajo la presión de lo que no lo comprende o lo rechaza. Su fortaleza y entusiasmo lo mantiene durante un espacio de tiempo fecundo y hermoso, que se sabe finito, como el amor, como la amistad, como la vida…

Han establecido lazos, han hecho historia sin desearlo ni haberlo pensado. Sorprendentemente han demostrado capacidad para organizarse, para emitir esperanza, para influir en la opinión de toda España, imponiéndose la seriedad de sus propuestas, mostrando la humanidad de su impotencia a la hora de continuar su movimiento, su ingenuidad transgresora ocupando la calle que casi sin creerlo era también suya. Me gusta verlos, me emocionan, los envidio, hoy me gusta más Madrid por ellos. Son esta gente la que tapa el paisaje y lo construye de nuevo, sea aquel hermoso o feo, para convertirlo en algo inolvidable, un estreno. Sus colores tapan la calle y nos hacen apreciarla de nuevo. Las manos levantadas hacen un movimiento lateral continuo y rápido sobre su propio eje, derecha e izquierda, derecha e izquierda, para aprobar las propuestas y los discursos de los que hablan.

Y todos se miran y se reconocen, quieren creer, pero sobre todo hacer, y quieren convencer con su ejemplo. Quieren que los miremos, que les sigamos, quieren demostrarnos que ahora son ellos los protagonistas, y yo me inclino encantado de ver a dos chicas jóvenes hablando con una soltura que parece innata, desgranando sus reivindicaciones con la serenidad de su experiencia, corta o larga, pero evidentemente intensa, con la seguridad que da transmitir lo que se cree. Da gusto oírlas, y ver a la gente sentada bajo un sol de verano que hasta ha hecho abrir los paraguas, escuchándolas, aprobando su discurso con sus dos manos en movimiento, y con aplausos, como cuando hablan del dispendio que supondrá la próxima visita del Papa. Luego habla un chico con barba, bastante más mayor, de la vieja guardia, con la misma serenidad, aplomo y sensatez. Uno más de la gran asamblea. Sigo sorprendido por todo ello, me anima, me alegra ver a toda esta gente bajo este sol en Sol. Todo no está perdido en este mundo cada vez más injusto, y pienso que solo el avance lento pero seguro de las propuestas sensatas pueden ir calando en la gente para concienciarla y luchar, ahora sí, para hacer cambiar las cosas hacia mejor. También entiendo la desesperación que hace y hará a muchos no pararse en mientes y querer cambios radicales para mañana mismo. También existirán los desvíos a ninguna parte, el oportunismo, la salsa de los amantes del follón, que puede ser otra forma de divertimento, pero también el camino elegido por los creyentes en la revolución violenta, del caos que a la larga produciría un mundo justo soñado, lo que siempre, como ya sabemos, hará nacer una sociedad ya herida.

Pruebo a levantar las manos para aprobar las propuestas, me gustaría parecerme a ellos, estoy de acuerdo, y lo hago, pero no, no soy de ellos, soy otro, apenas un intruso, un simpatizante que podría apoyarlos. Un acto de mera solidaridad en esta Puerta del Sol que pese al sol que aplasta apabulla de vida, es decir que a uno le hace acordarse de la palabra, de vida, claro, y de un futuro en el que no podemos dejar de pensar mejor a pesar del pesimismo que las evidencias se empeñan en transmitirnos, pero mientras, la ciudad bulle, hermosa en la tarde. Y ahora me voy alejando poco a poco, el oso sigue de guardia, e impasible no deja de mirar la copa del madroño, para comérselo o para seguir viendo de reojo el paisaje que le rodea: los plásticos azules, las manos en alto que aplauden sordas… La Puerta del Sol ya a lo lejos.

Esta tarde, después de comer visitamos la exposición sobre los tesoros de Polonia en el Palacio Real. De repente me encontré delante de la “La dama del armiño”, un cuadro de Leonardo da Vinci que sorprende por su verosimilitud,  su gesto sugerente,  sus detalles, y su propia historia. Por un momento me parecía encontrarme delante de la capilla de una virgen milagrosa. En realidad fue la amante de Ludovico “El Moro”, duque de Milán. Yo fuí sólo -de nuevo también aquí- un fiel admirador de la imperfecta vida, de su belleza… No llegué a postrarme ante ella, solo la miré, y ella miraba por encima de mi hombro, y al cerrar la puerta sentí que se quedaba dentro, y no pareció importarle.

Salimos al sol de la plaza de la Armería solitaria, antes de ir a Sol por segunda vez en el día. La calles repletas de gente, paseando, bebiendo, jugando, a la sombra, al sol, caminando… el día seguía siendo hermoso.

No puedo escribir

No puedo escribir, y mira que hay motivos, pero es como si a medida que la tranquilidad me invadiese fuese desalojando el impulso que me empuja a construir párrafos. Al final va a ser verdad eso que alguno ha dicho de que cuando mejor se escribe es cuando uno está mal. Ya se que no es verdad, o al menos no del todo, pero en mi caso, estos días, coincide. No es que sea un tío feliz, no, no soy tan aburrido, es simplemente que no me encuentro mal, que estoy aquí mirando por la ventana sin que me duela la tripa y tema llegar a casa. En fin, ahora que releo esto, poca cosa, y solo por dejar fe de ello. Y eso que muchas mañana vengo deseoso de escribir algo, pero pronto la rutina, que se sienta en la mesa de al lado, me mira y cercena todas mis elucubraciones y pensamientos, entonces emito un bostezo de horas, como si fuese un enfermo imaginario. Una mierda, vamos. Y ahora voy a cortar, mi imaginación y mis ganas no pueden ir más allá de este treceno renglón.

Tengo para mí que me equivoco

Tengo para mí que me equivoco, pero claro, siempre me equivoco, aunque no hay manera de saberlo hasta que es evidente que el lugar hasta donde he llegado no era el  que yo habría deseado. ¿Alguna vez lo supe? Eso sí, puedo llenar de prosa desabrida y  certera todo lo que voy sintiendo. Bueno, eso a veces me consuela y en la confusión a veces encuentro la belleza de la pérdida, del deambular ciego, aunque con el tiempo esto ya me cansa y me sumo entonces en el silencio obligado, en una contemplación más o menos reparadora.

También a veces acierto, aunque esto ocurra cada vez de forma más espaciada en el tiempo, o puede que sea que aquellas equivocaciones sean necesarias para posteriores aciertos, ¿quién lo sabe? Sólo cuando la sonrisa y el orgullo se te suben a las orejas eres entonces consciente de tu grandeza, como al contrario lo eres de tu fragilidad increíble.

Son tiempos estos en los que me es difícil discurrir –¿alguna vez lo hice?- y más en este cruce de caminos donde sopla a rachas el viento, donde la lluvia quisiera ser invierno, pero donde el sol pica en cuanto las nubes le dejan. No se ve la carretera que baja, sólo hasta la curva acerada que se hinca tras los árboles. Han desaparecido las presencias que me acompañaron y noto que no noto nada, que camino sin dar noticias de mis pasos, en la posible desesperante extensión de un lugar perdido y sin mapas.

Me he sentado en un banco de piedra en la alquería abandonada, delante del patio de hierba verde crecida. Los restos de una cuadra a mi derecha, la casa derruida delante. Imagino el lugar con vida, los animales coceando y arrancando hierba, tal vez dos niños jugando o acarreando agua. Me he detenido aquí sin saber porqué, es el mejor sitio para pensar y seguir camino, como siempre sin rumbo fijo, camino de la equivocación o del acierto, pero en realidad porque he de proseguir, no queda otra, y para ello lo mejor es un corto descanso y mirarse los píes y las rodillas, los brazos, los hombros y la tripa, saber que estás, que eres tú el que allí se sienta, que eres tú mismo el que se levanta y de nuevo camina, con las botas mojadas y la mochila donde un cuaderno guarda inciertos materiales: recuerdos y deseos que se revuelven y mezclan a medida que ando. No queda más remedio que seguir andando, y no se a dónde, pero ha dejado de llover y comienza a verse el valle, a lo lejos un trozo de mar, pero sólo niebla en las cunetas.

Un comienzo

 Tobogán hacia las vacaciones/ To the holidays

 Éste puede ser un comienzo, es verdad que no se muy bien de qué, pero puede ser un comienzo. A uno, cuando camina, viaja en metro, espera la llegada del ascensor, o cuando se acurruca en la cama con los ojos cerrados en los sorpresivos duermevelas que a veces nos dejan en algún lugar de la noche, esperando el sueño o el amanecer liberador, le vienen ideas que quisiera escribir, desarrollar, argüir en una probable discusión, pero luego se disuelven, se pasan o se quedan colgando del aire como el rastro de vapor de los aviones en el cielo, muchos minutos después de haber pasado. Puede que éste sea el el lugar para fijar estas ideas y hablar sobre temas que me preocupan, o os preocupan; pero esto, como he dicho, es solo un comienzo.