Una bolsa de plástico azul

El aire juega con una bolsa de plástico azul que parece exhibirse en su vuelo alrededor de los paseantes. Estoy seguro de que alguno de ellos se acuerda de la escena de la película “American Beauty”, aunque allí la bolsa sea blanca y aparezca en la imagen de una pantalla de televisión que una pareja mira desde el sofá donde ambos están sentados.

Hace un calor intenso hoy en Barcelona, un calor húmedo, pesado, de fin del mundo. No puedo evitar acordarme de las descripciones que hace Paul Theraux de algunos poblados de Ciudad del Cabo, del norte de Namibia o de Luanda en su libro “El último tren a la Zona Verde”. Allí, sin embargo, al calor se suman la suciedad, la fealdad, el mal olor, el ruido, los gritos, la miseria y la violencia, es decir, es un calor multiplicado por un millón, lo que nos daría un resultado cuyas unidades de medida tal vez servirían para medir la desesperación y la resignación, los deseos de suicidio o tal vez la capacidad de supervivencia. Una situación en todo caso incomparable con este calor que uno olvida mientras sigue el vuelo lento de una bolsa de plástico azul que da vueltas junto a un grupo de hojas secas delante del escaparate de una moderna tienda de calzado Camper, y con el recuerdo adosado de una película que allá, a buen seguro, no puede existir en las memorias.

En este bar donde ahora tomo café frío, que ahora es de una pareja china, el frío del aire acondicionado hace difícil concebir cualquier situación lejana y africana. Cómo diría Faemino y Cansado, pero cambiando la clasificación de los mundos, esto sería “El orgullo del primer mundo”. Ese orgullo que podría ser el revés de la vergüenza; este frio que nos libra del calor y esa bolsa de plástico que en su danza nos procura una diversión sofisticada y liviana que nos distrae de nuestras preocupaciones, tan alejadas de las que tienen que ver con la mera supervivencia y con el horror de vivir en tantos lugares de tantas ciudades, por ejemplo africanas.

El papel blanco

El sol ilumina un papel blanco ligeramente arrugado como si fuese una estrella de cine. Baja la calle a trompicones en la dirección correcta del tráfico sin desviarse del centro del carril de circulación en el que está situado. La calle está extrañamente vacía, el papel es el único objeto que recorre la calzada. Ahí va, desde la acera lo veo pasar entre coche y coche en su descenso; el semáforo se pone en rojo, se para, y espera.

Stoner

Acabo de terminar un libro, “Stoner”, de John Williams. Estaba tan absorto en sus páginas finales que casi me paso de estación al llegar al trabajo. Me ha dolido dejar a Stoner, aunque su vida se ha agotado en la última línea. Sus últimas sensaciones componen una fuerza redentora a partir de imágenes, recuerdos y libros que su mente mezcla y administra antes de disolverse para siempre en el ignoto universo de después de vivir.

Su manera de habitar en el mundo, de aceptar lo que le depara la vida, pero también de luchar por las pocas cosas que él encuentra que valen la pena: el amor y el estudio. Su estelar semana de amor y júbilo que parece justificar su vida entera, pero también los reveses y sufrimientos que soporta con la resignación de quien ha aprendido que tampoco eso es lo más importante, me han acercado al personaje de tal manera que ahora lo echo de menos.

Un libro nos puede divertir, nos puede admirar por su prosa, nos puede sorprender por los desconocidos lugares que transita. Stoner como personaje me gusta por la imperfección de su vida, me bambolea por su desesperante comportamiento, y me da ganas de empujarlo a que por fin sea feliz. En un libro podemos querer a un personaje hasta el punto de intentar ayudarlo o protegerlo, y también podemos odiarlo. Al final, lo que nos gusta de los libros es que hablen de nosotros, aunque no sean nunca del todo equiparables a nuestra propia vida; que en ellos encontremos parte de nuestros más profundos sentimientos, aquellos que nunca nos atreveremos a contar pues no podemos con palabras hacerlo, sólo vivirlos.

No se que libro comenzaré esta noche, pero se que hay muchos que me producirán tan variados sentimientos, pues hay tantos personajes que la literatura ha creado, como seres humanos han pasado por el mundo; así somos cada uno de nosotros de poliédricos.

En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.

Tantas cosas

Tantas cosas. Tantas cosas sobre la mesa, tantas carpetas e informes con tantos nombres, tantas notas escritas en variados colores, tantos cables a tantos enchufes conectados, tantos pañuelos que nos limpian de tantos líquidos sobrantes pero necesarios de nuestro cuerpo, los teléfonos que nos comunican con tanta gente, el monitor del ordenador que a tantos mundos planos nos abre, el calendario con tantos días por vivir y ya vividos, y algún bolígrafo arrinconado tan lleno de posibles palabras y de borrones.

Tantas cosas que se ven desde la ventana: tantas nubes que pasan, tantos tejados que cubren la vida de tantas personas, tantas ventanas donde se asoman estas y tantas otras para respirar, para mirar más allá de tantas habitaciones llenas de tantos muebles y recuerdos, de tantas paredes con fotos o sin nada, pintadas de tantos colores. Tantos árboles que jalonan las calles, tantos coches que nos transportan en tantos viajes vitales, tantos autobuses donde nos miramos mientras observamos, leemos o dormimos. Tantos aviones que por allá pasan camino del aeropuerto o saliendo hacia otros lejanos transportando tantas personas que llegan, que se van, que sueñan, que tiene prisa o que no querrían llegar y que por eso a veces les duele el estómago.

Tantas facetas de nuestra vida, tanto capítulos, tantos asuntos, tantos problemas, tantas mentiras, tantas sonrisas y miradas, tantos errores y alegrías, tantos frentes que se nos abren, tantas decisiones y dudas, tanta soluciones, tanto tiempo que se nos pasa, que llenamos como podemos. Tantas noches ausentes de consciencia, tantas vigilantes, tantos amaneceres ansiosos cuando desearíamos embridar el tiempo para que no crezca el día que se nos viene encima y en la tarde para que no nos envuelva la noche, siempre queriendo parar el tiempo entre tantas emociones y afectos.

Tantas camisas y pantalones, tantos calcetines, calzoncillos y bragas que hemos usado para vestirnos, tanta ropa en tantos armarios, tanto agua que nos ha lavado, tanto jabón que nos ha limpiado y perfumado, tanta leche y tanto café caliente, tantas galletas. Tantas aguas menores, tantas mayores. Tanto sudor, tanto amor encauzado o derramado, tantos sueños y deseos, tanta increíble dicha y tanta acostumbrada melancolía.

Tantas vidas de tantas y tantas personas que pueblan tantos países en lo que dicen un solo mundo aunque sean tantos. Tantos caminos hollados y pasos dados por tantos pies con tantos zapatos, y cuantas miradas y gestos entre tanto. Tantos libros leídos, escritos, por escribir, tantos recordados, tantas frases célebres. Tantas y tantas páginas, más que personas, en la misma gran complejidad de nuestras mentes y cuerpos. Tantas películas que nos emocionan, tantos cines, tantos actores y canciones que nos han hecho entrar en tantas atmósferas suplementarias en tantos momentos de nuestra vida, para curarnos, para entretenernos, también para preocuparnos.

Tantas vidas que multiplican tantas de todas estas cosas, y como resultado tantos números y, sin embargo, que superfluas son tantas de estas cosas. Que pocas las que verdaderamente nos mueven, remueven y conmueven, que pocos los sentimientos que tanto nos afectan para siempre y siempre. Que simple es sin embargo todo.

La creatividad

A veces la creatividad define un estado falso de nuestra actividad mental, parecería que en dicho estado seríamos capaces de componer algo medianamente original que transmita con fuerza y claridad nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, descubrimientos u obsesiones. A veces lo que deseamos es que nos invada para crear algo bello que se acomode a lo que disfrutamos, añoramos o sufrimos, pero no es algo que responda inmediatamente a la voluntad sino que es caprichosa en su aparición, y a menudo tiene que ver con el objeto indirecto de su motivación lo que refuerza el impulso creativo, a menudo de una forma imprescindible. Ahora  siento la necesidad de escribir, me gustaría mucho comenzar y seguir, y seguir, sin embargo es un empeño vano, puedo componer algo cortito, como mucho, aunque casi siempre lo borro, no me llegan las fuerzas, supongo que las tengo dispersas, faltas de una concentración que me tienen deshilachado. Me gustaría también poder componer una carta certera, sincera, vibrante, rica, y ésta si que se que sería capaz de hacerla, lo que no podría es enviarla. ¿Es esto creatividad? ¿No es más bien una prueba de que la creatividad y la inspiración son algo relativo y que deberíamos hablar mejor de necesidad, o también de necesidad? ¿No es la necesidad la que nos empuja a hablar como nunca antes hemos hablado cuando nos interesa convencer a alguien a quien nos interesa mucho hacerlo? ¿No es, junto a la inspiración, la necesidad de demostrar que nuestra obra es digna de admirar, la que nos empuja a escribir, a pintar, a fotografiar? Ahora ya son las tres menos cuarto de un viernes, es tarde par empezar, tarde para escribir, tarde para enviar éste u otro texto. Puede que además sea difícil crear algo extenso, y puede que en realidad quisiese escribir otra cosa y me ha salido esto. Bueno, por algo se empieza, pero ¡está tan lejos de lo que quisiera! Menos mal que ahora me voy al cine, que esto creo que no os lo había dicho. Es como si saliese al recreo, pero ya me gusta hacerlo.

Algunas preguntas y algunas de las respuestas

1. ¿Cual es el sentido de la vida?

No preguntarse nunca sobre el sentido de la vida.

2. ¿Que hacer entonces con nuestra vida si no tenemos una guía que nos ayude?

Levantarse de la cama primero, por supuesto, mirar por la ventana por si llueve y salir, sonreírle a la vecina que nos guste y ser sinceros con ella y con nosotros mismos, entonces nos podemos mojar juntos bajo la lluvia porque no nos importará en absoluto que se nos noten los pezones duros bajo la camisa, y menos, claro, si es a ella a quien se los notan. La vida tendrá entonces un sentido claro y no nos importará que éste no dure a lo largo del tiempo, tendremos suficiente con obtener lo que deseamos con impaciencia en un día de lluvia, entonces podemos volver a la cama, ahora sí, con ella. Y que no se nos olvide llamar al trabajo para decir que estamos enfermos, la felicidad es corta y dura lo que un sueño, mañana será otro día.

3. Cuando nos invada la apatía ¿qué hacer con el jamón de York y el yogurt Activia que nos caducó ayer y que habíamos decidido comernos hoy?

Ser desprendidos, no nos debe importar perder algo si lo que ganamos es peor, igual o mejor que lo perdido. Un beso  que ganemos de ella nos aflojarà de la tensión que la materialidad nos provoca, y si notamos que el estómago nos ruge porque tenemos gazuza, siempre podemos dejar que nos moje una galletas Campurrianas en un café con leche caliente y nos las de ablandadas en nuestra boca, las risas por las gotas de café sobre nuestra piel desnuda nos hará sentirnos de nuevo vivos. Eso sí, no nos olvidaremos de tirar el jamón de York a la basura si se ha puesto tieso y de color marrón oscuro, pero el yogurt nos lo podemos comer con tranquilidad, a buen seguro no nos envenenaremos.

4. ¿Qué hacemos entonces?

 ¿Con qué?

 5. ¿Tienes idea de por qué vamos a trabajar todos los días?

Pues pensar y ansiar la hora de la salida, porque siempre esperamos que la tarde o el fin de semana serán distintos y que en esas horas por fin seremos felices, y así nos puede ocurrir, sí, a veces pasa, aunque tal vez debamos, si no lo hacemos ya, mirar más cerca, pues tal vez podamos disfrutar aquí igual que fuera, no digo con el trabajo, aunque también se pueda dar el caso, digo con lo que nos deparan estas horas aquí encerrados. No debemos perder de vista que la gente que nos rodea también se distrae con los ojos taladrando el techo y mirando más allá de los cielos buscando una redención que los eleve de la insulsa cotidianidad; que también se ríen y lloran, se excitan o se aplastan, que también tienen sus ratitos de debilidad y que a veces nos miran, algunas deseando besarnos, y otras denigrarnos, ¿o acaso no lo sabíamos?

6. ¿Por qué siempre piensas y hablas del deseo?

Es evidente que si no deseáramos, si nuestros ojos y nuestras mejores palabras no se perdieran por el cuerpo y la mente de nuestros prójimos más atrayentes, la jornada sería una plana sucesión de horas y conversaciones relacionadas con expedientes, sinergias, estrategias y presupuestos. Pero no es eso una alternativa, suceden al mismo tiempo, ya escribí una vez sobre lo que en realidad a veces pensamos e imaginamos cuando hablamos por ejemplo con una mujer sobre “posibles alternativas al Convenio de Kyoto”, más allá de nuestra educada respuesta, para nuestros adentros decimos: ¿Cómo sería bajarte la falda y tumbarte despacio sobre la cama de la habitación de un hotel escondido? Pero que quede claro, una cosa no tapa la otra, somos binarios y podemos hablar en dos planos a la vez, algunos incluso en tres, otros, es verdad, solamente en uno.

7. ¿Existe Dios?

Por supuesto, es nuestro guía perfecto, el de cada uno, al que podemos interpretar como nosotros queramos y que nos ayuda a sobrevivir y a encontrar fortaleza para continuar adelante. Ahora bien, para eso hay que creer en él, es como el sentido de la vida que aparece en la primera pregunta, no hay que plantearse nunca si existe o no existe, recémosle a nuestra imagen y semejanza y creemos nuestra propia conciencia y tabla de pecados. ¡Por un dios libre, seamos creativos!

8. ¿Quién es usted?

El enviado de Dios en la Tierra, como usted, como yo, lo acabo de descubrir ahora mismo, y eso me salva de posteriores preguntas, se acabó la entrevista. Buenos días.

9. Le deseo.

¿Perdón?

10. Ya me ha oído, estoy aburrida de esta papel que me ha tocado vivir, no entiendo nada de lo que me rodea, no se que hacer con mi vida, pero se que puedo pasar un buen rato con usted, por eso le estoy haciendo una proposición, ¿se quiere acostar conmigo y levantarse conmigo en la mañana y si le place volverse a acostar sin prisa hasta el mediodía?

No hay cosa que más desee, pero espere que me coma el yogur.

Un hombre sale del portal en la mañana

Había salido de casa como todos los días camino del metro por la acera derecha de la calle. Se daba cuenta de que el frío era entonces un aliado que disipaba los sueños y su ausencia vital de la noche, era como volver a la vida en el corto trayecto a pie hasta el calor enfermo de la estación que le envolvía ahora. En el vagón un primer vistazo a los zoombies y a los bañados en colonia, a los necesarios y a los sin rostro, a los figurantes y a los figurines, a los impolutos y a los legañosos, a las guapas que despiertan y a los enfadados aún durmiendo o defecando. Estaban todos, como cada día. Este grupo, que no sabía que lo era, viajaba en el vagón agusanado y blanco como un racimo amañado e inconsciente de que en aquel momento se tenían sólo a ellos por los túneles oscuros que horadan la ciudad. Tras tres estaciones nuestro hombre dejó de formar parte de aquella representación de la humanidad. Sus pensamientos iban adquiriendo poco a poco un tono de normalidad más allá del pesimista análisis interno que inconsciente el mismo se había administrado al dejar atrás el portal de su casa. Seguía sin ser un individuo pleno y feliz de su existencia, pero ya no le dolía el hígado rutinario, ni los riñones de la paciencia, ni le lloraban los ojos por descubrir de nuevo la realidad del día, la del siguiente, la del otro y el otro, la de la semana que viene y la otra, la que tuvo a veces y la que de nuevo tendrá; tampoco le dolía el pulmón del amor, ya no fumaba pero si que amaba, o ¿no amaba? ¿a quién amaba? ¿le amaban? ¿quién le amaba? Abrió abrumado su libro después de desabrochar su abrigo y sentarse en el asiento del vagón del siguiente trayecto, se caló las gafas y se puso a leer como un drogadicto que se mete un chute para ser otro y ser él también. En media hora estará en el trabajo y tendrá también tiempo de escribir, de hablar con los otros para disipar su despertar y su noche, de mirar, de reír, de soñar de nuevo, de imaginar y desear, y luego vuelta a empezar, un camino largo para caer de nuevo en su cama, aunque quien sabe que puede depararle hoy el día, no lo pensará, se limitará a desearlo, al menos por hoy. Buenos días.

La gente que pasea perritos es muy rara

Aquella noche llevaba prisa, tenía ganas de llegar a casa, eran más de las once y eso era tarde para mí. Normalmente llego a casa antes de que anochezca. Vivir la noche, como dicen algunos cursis, es un concepto extraño para mi en los último tiempos, incluso llego a dudar de que haya gente por la calle más allá de las diez. De hecho, muchos días antes de las once ya estoy en la cama.

 

Hacía frío, pasaban ya pocos coches y menos personas por las aceras, sólo se veía a una señora cruzando aprisa un paso de cebra a doscientos metros de mi con un perro blanco atado, y pensé que iba camino del parque cuyos árboles comenzaba a ver a mi derecha. Seguí andando, un portal se abrió y salió un señor alto y serio con un pastor alemán ya viejo, también atado. El hombre se abrochó el abrigo y comenzó a caminar deprisa también hacia el parque. Cuando llegué a los primeros  árboles, comencé a oír ladridos, muchos,  lo que me hizo pensar que había muchos perros allí. Y efectivamente, decenas de perros de diferentes razas y tamaños corrían, se perseguían, peleaban o simplemente miraban en la gran plazoleta que se abría en el centro del pequeño parque. Un poco más allá, quietos, y de pie, decenas de personas, de todos los tamaños y edades, no se si de razas, parecían hablar, alguna tenían correas de perro en la mano, otras las manos cruzadas por detrás de ellos. No pensé en nada raro, si bien ya de por sí siempre me han parecido raras las personas que sacan a sus perros por la noche para pasearlos y que hagan sus necesidades y después recogerlas aún calientes, y eso si son cívicas, con un plástico o papel; aunque también he pensado que eso les permitía darse una vuelta tras la cena y de paso fumarse un pitillo, o bien escaquearse para no estar con su mujer o con sus hijos, es decir, una corta liberación de la obligada convivencia marital.

 

El caso es que seguí mi camino después de un vistazo reflejo a la plazoleta, es decir, reconociendo lo que había visto como lo que sabía me iba a encontrar al mirar, sin embargo, apenas un segundo de volver mi vista hacia el frente, comprendí que había algo fuera de lo común en mi visión, y volví a mirar, ahora ya un poco cubierto por los primeros setos que cerraban la plazoleta. Era eso, mientras los treinta o cuarenta perros que, calculo habría en la plaza, corrían y jugaban, los dueños permanecían quietos y todos parecían mirar hacia el centro del círculo que formaban con sus cuerpos. No se movían, era extraño, porque normalmente entre la gente que puede coincidir en un parque con sus perros algunos se conocen pero otros no, y normalmente habla en grupitos, por eso era raro que treinta o cuarenta dueños de perros estuvieran juntos, y menos que no se moviesen como si estuviesen escuchando algo o a alguien.

 

No había nadie cerca de mi, así que me puse a mirar sin reparos, ellos seguían sin moverse, los perros corriendo y ladrando. No se por qué, en vez de acercarme por la plazoleta a la vista de todos, y sentarme en uno de los bancos o pasar cerca de donde estaban, no me atreví y  me metí entre los arbustos y árboles de los jardines que rodeaban el gran espacio exento de la plaza. Tuve, eso sí, que sortear deposiciones de variada procedencia,  botellas rotas y bolsas pegajosas. Me acerqué todo lo que pude y descubrí que en el centro del grupo había una extraña luz, y que aunque no veía de donde venía observé que todas las personas estaban iluminadas frontalmente. Había más de cincuenta personas, y no se oía nada, nadie hablaba. Me dio un escalofrío, entre aquella gente descubrí una figura que me sonaba, estaba situada en la capa exterior del círculo, reconocía su postura y el perfil de su cabeza, era Josep, un compañero de trabajo que tenía un perro pequeño y al que a menudo gasto bromas cuando se pone a hablar con Jorge, otro compañero que también tiene un perro para hablar de cómo están sus respectivos, si comen, si está malos, si cagan, en fin. Entonces, más sorpresas, me di cuenta de que Jorge también estaba allí, sin lugar a dudas, su altura le delataba, estaba muy cerca de Josep, la cara levemente iluminada. Él también tenía un perro pequeño y por tanto era posible que estuviese paseándolo, ¿pero allí?, por lo que sabía vivía al menos a 20 kilómetros, muy lejos para pasear al perro a las diez de la noche. Los dos estaban serios y con los brazos caídos, como toda aquella gente. En el grupo nadie miraba hacia fuera del círculo, todos parecían mirar hacia un hipotético centro. No parecían temer nada, -ni tenían por qué, suponía- si bien a esa hora nadie pasaba ya por allí, incluso las farolas estaban apagadas, un detalle en el que no había caído hasta entonces, bien es verdad que las farolas de las calles próximas daban luz suficiente para poder andar por allí sin tropezar o caerse.

 

Entonces, de repente, se oyó un sonido agudo que podía ser el inicio de una música conocida pero que no lo era, y tras algunos segundos, y sin ningún grito o voz de los allí presentes, todas los congregados elevaron su brazo izquierdo hacia el cielo con el dedo meñique elevado y los otros cuatro dedos de esa mano cerrados Fueron apenas cinco segundos, entonces bajaron el brazo y comenzaron a moverse cada uno buscando su perro. El grupo se desbordó por la plaza cada uno por su lado cruzando las calles adyacentes. En pocos minutos no quedó nadie. Yo salí de mi escondite y volví a mi camino totalmente trastocado. Cuando llegué mi mujer estaba ya durmiendo, yo tardé en hacerlo.

 

 Al otro día, cuando llegue al trabajo, estaba aún anodado por la visión de la noche. A la hora del desayuno, como siempre Josep, Jorge y otra compañera, Mari Luz Filtry, así la nombramos, con apellido y todo, bajamos al bar.

Después de comentar los temas del día, la crisis económica, los piratas del Índico, el tiempo y un programa de televisión raro, o no tan raro, que yo nunca veo, y de comentar que nuestra compañera Bella iba esa mañana explosiva, un día más, pero más incluso que ayer, saqué el tema de sus perros para ver si decían algo de la noche anterior. Como siempre ellos dos comenzaron a contarse el estado de sus respectivos y yo a hacerles broma, y luego, como el que no quiere la cosa, les pregunté si también eran de los que los paseaban después de cenar. Los dos dijeron que sí, Josep dijo que a él  le sirve para pasearse después de cenar, y a Jorge para echar un pitillo.

 

             ¿Pero los lleváis a un parque cada noche?

             Depende -dijeron los dos-.

             Es curioso, es que yo a veces veo a grupo de gente que se junta por  

               la noche mientras pasean a sus perros. Se debe hasta ligar, -añadí-.

    No creas, yo voy a un parquecito cerca de casa pero solo conozco a la  gente de vista.

    Yo –dijo Jorge- suelo ir a una avenida cerca de casa que tiene un gran paseo en medio con

     árboles y  bancos, pero nunca he ligado, eh.

    No, yo tampoco, y ya me gustaría.

 

Cuando volvimos de desayunar llamé a Mari Luz Filtry  y le conté lo que había visto la noche anterior. Se quedo con la boca abierta.

 

     Que cosa más rara. ¿Estás seguro que eran ellos?

     Sí, sí, estoy seguro. Si quieres podemos ir esta noche a ver si vuelven.

     Pero que cosa tan rara, ah mira, como si fuésemos espías. Me da un poco de cosa, y además

     no sé si podré, luego te lo digo.

 

Sí pudo. Esa noche, a las diez y media ya estábamos apostados en una calle cercana al parque. Poco a poco comenzaron a pasar con cuentagotas hombres y mujeres con perros atados. A las once, el centro de la plazoleta estaba lleno y a oscuras. Nos acercamos y nos escondimos entre dos arbustos desde donde teníamos una visión perfecta del lugar. No veíamos a nuestros compañeros, pero cuando se juntaron y formaron un círculo como el de la noche anterior, los vimos, ocupaban exactamente el mismo lugar. Mari Luz Filtry estaba con la boca abierta, le dije que la cerrara. Me dio un golpecito en el brazo con la sonrisa en la boca. Pero entre el frío y el misterio los dos estábamos temblando. Al poco rato, oímos la misma música aguda, y entonces levantaron el brazo izquierdo con el dedo meñique rígido señalando al cielo y menos de un minuto después se dispersaron. Justo cuando tenían el brazo levantando les hice una foto con una cámara digital de bolsillo con el flash quitado. No había mucha luz, pero se veía, puse el diafragma más abierto de la cámara y saque cuatro fotos, no pude hacer más porque de repente noté un pastor alemán oliéndome la pierna y con cara de pocos amigos, menos mal que su amo comenzó a llamarlo y se fue corriendo. En pocos minutos, como la noche anterior, la plaza quedo vacía. Nosotros nos fuimos a tomar un café a un bar que encontramos en una calle cercana. Nos costó comenzar a hablar. No sabíamos que habíamos visto ni el por qué de aquella extraña reunión. Tras dar el primer sorbo le dije que tal vez debíamos decirles que les habíamos visto. Éramos compañeros de trabajo pero también habíamos desarrollado con los años una amistad sincera, no en vano allí pasábamos muchas horas juntos y a veces habíamos salido a cenar o de copas. No creía que fueran a matarnos por descubrirles lo que sabíamos. Encendí la cámara para ver las fotos pero estaban negras, como cuando se empleaban carretes y el negativo aparecía en velado. Mala suerte, la verdad es que la cámara no era muy buena, tenía que haberme traído la reflex, -dije-.

 

Al día siguiente fuimos a desayunar, no sabía como entrarles y decírselo, finalmente Mari Luz Filtry, que tiene más cara que yo, entró en materia.

 

     Anoche os vimos.

     ¿Que nos viste? ¿dónde?

     Paseando a vuestros perritos.

     ¿Qué dices?

     Pues eso, que os vimos en el parque de la Fraternidad junto a cuarenta o cincuenta

     personas más paseando a vuestros perros, bueno, mejor dicho, ellos se paseaban y vosotros

     parecía que escuchabais  a alguien con mucha atención pues no movíais ni un músculo. ¿Qué

     hacíais? Parecía una asamblea de paseantes de perros.

 

No rieron, no contestaron. De repente, el frío cayó sobre el bar, heló nuestras sonrisas y cara, congeló la mesa, los bocadillos y el café que sorbíamos, todo se tornó de hielo. Los dos se pusieron serios, no indignados, serios como nunca los había visto, como si no existiéramos. Yo comencé a sentirme como sí me hubiesen dado un bofetón y Mari Luz Filtry, de nuevo con la boca abierta, apenas pudo balbucear, ¿qué pasa? Yo también me lo preguntaba, me empezó a doler la tripa. Y pasaba, los dos se levantaron dejando los bocadillos y los cafés. Salieron sin decir absolutamente nada, sin decirse tampoco nada. Cuando volvimos a la oficina no estaban, sus ordenadores estaban encendidos, también sus abrigos sobre las sillas. Tampoco volvieron en el resto de la mañana. Era como si un terremoto nos hubiese desplazado a todos, no sabíamos que hacer, de hecho no podíamos trabajar, llamamos a sus teléfonos móviles y daban comunicando, luego ya no dieron señal. Solo podíamos hacer una cosa, volver aquella noche y buscar una explicación a su reacción, era increíble, era como si los Jorge y Josep que conocíamos hubiesen dejado de ser ellos.

 

     Joder con los de los perritos, ya creía que eran raros, pero no sospechaba que hasta ese punto

     -dije, y nos reímos por fin-.

 

Esa vez me llevé mi cámara reflex con flash y todo, estaba dispuesto a saber porque se juntaba aquella gente en aquel lugar. A las diez y media ya estábamos dentro del parque y camuflados entre los arbustos. Planté el trípode, coloqué la cámara y el disparador y nos dispusimos a esperar. Esa anoche no hacía tanto frío. De repente vino un perro blanco mirando hacia todos los lados, luego otro, y otro, y así hasta más de cuarenta, solos sin sus amos, corrieron e hicieron sus necesidades como las otras noches, y así estuvieron hasta que en un momento dado se empezaron a dispersar y cada uno por su lado, se fueron. Ninguna persona apareció, ninguna, ni con perro ni sin perro. Nosotros nos quedamos mirando y mirándonos de nuevo sorprendidos por lo que veíamos, Mari Luz Filtry seguí con la boca abierta, y entonces al ver que yo la miraba se rió nerviosa al darse cuenta. Por supuesto ni rastro de Josep o Jorge. Recogí la cámara y salimos a la plazoleta del parque, de repente, una extraña luz azul nos iluminó desde lo alto, no se veía nada que la sujetara ni desde donde, tampoco había farolas ni edificios pegados al parque. Solo un helicóptero podía mantener una luz así por encima de nosotros, pero no oíamos el ruido de las aspas. La luz no cegaba, era incluso acogedora, de repente, sonó la música que habíamos oído las dos noches anteriores y la luz se apagó, se encendieron las farolas. Entonces sonaron nuestros teléfonos móviles a la vez, contestamos y nadie respondió, luego se cortó.  Volvimos al bar de la otra noche, extraños, sin hablar, tampoco dijimos palabra tras acariciar y beber despacio un vaso de café con leche muy caliente. Nos despedimos y volvimos a nuestras casas.

 

Quizás habíamos caído en que habíamos perdido dos amigos y no sabíamos que hacer ni a quien preguntar. Sólo podíamos esperar que nos llamasen, pero sabíamos que no lo iban a hacer. ¿Podía seguir siendo aquello un secreto?

Y entonces fue Mari Luz Filtry la que tuvo una idea, como siempre:

 

     Compremos un perro cada uno, pequeños, eso sí, y paseémoslos por la noche, tal vez así

     podamos averiguar algo.

 

Me negué, pensar en que eso me obligaría a recoger mierda de perro caliente con un papel o bolsa de plástico.  Yo no valía para tener y cuidar un perro.

 

          Yo quiero encontrarlos –dijo Mari Luz Filtry-.

          Mejor dirás que sobre todo quieres encontrar a uno.

          Bueno, esta bien, encontrarlo, pero de eso no te voy a hablar ahora.

          De acuerdo,  te ayudaré a escoger la raza.

          Gracias Juan Luís.

 

Ella que debía reinar

Voy camino de Madrid en este tren al que mueve la gran prisa. Es un inesperado e indeseado viaje. Delante de mi un grupo de chicas que vienen de un cursillo, pongamos que en Mango, hablan de ventas y motivación. La gente, poca en este miércoles mojado y definitivamente trastocado por la muerte que todo lo para, habla por teléfono, lee o ve la película. Fuera, la oscuridad, el paisaje inexistente, solo la vista interior de este vagón neutro blanco y azul donde escribo tratando de entender lo incomprensible y las ventanas que me devuelven mi imagen sin posibilidad de escape. No puedo pensar con agilidad aturdido por la extrañeza de la muerte y las imágenes de su vida que recreo. Es como estar suspendido del aire aun rodando por los brillantes raíles en la noche fría iluminados por la luna.

 

Nos creemos jóvenes y probablemente lo somos, así lo sentimos, yo lo siento, y de repente parecen comenzar a morirse los que, por edad, deberíamos ser los responsables del mundo, ya no son sólo los abuelos o los vecinos viejos, ahora también los que nos acompañaban desde que iniciamos imparable la conquista de ese mundo con toda la energía, entonces plena, de nuestra juventud sin arrugas, orgullosos de nuestro humor derrochado a conciencia, buscando el goce tan poco gozado, exhibiendo ideas revolucionarias recién descubiertas y en tantos lugares ya obsoletas, desprendiendo ilusión, y a veces también sinsabores y creyendo saberlo todo, sin saber que era imposible no comenzar a olvidarlo antes de conseguirlo. Y ahora se nos mueren los mejores, se nos muere ella, la que merecería reinar, la única que de buen grado aceptaríamos en este reino.

 

Mientras, este tren corre hacia “Madrid, que bien tu nombre suena”, -como diría Antonio Machado y  Lola corroboraría-  y me acerca raudo a trozos de mi vida que dejé atrás, si es que alguna vez se deja algo atrás, y no, como creo, al lado mismo de nosotros como en un gran bolsillo de donde sacamos lo que necesitamos e incluso lo que no buscamos, para nuestro deleite y nuestro pesar. Vislumbro y deseo el encuentro con mis  amigos, compañeros del viejo camino -Machado de nuevo-,  de millones de palabras, de miles de reflexiones, de conocidas risas y de alguna que otra miseria, y aquí estamos de nuevo, reencontrándonos, también ahora tras la muerte nueva.

 

No nos queda más que decir que ésta es la vida amigos, pero es que así es. Hay algo de alegría también hoy en mi, alegría del mañana, del camino recobrado, de recordar tu sonrisa amiga mía, que nunca olvidaré, hoy también, en este día de sol, algunos días después de que partieras, Lola.

 

29 de octubre  y 3 de noviembre de 2008