Una nave va

Un día las potentes antenas del mundo descubrieron un objeto que pasaba a unos 230.000 km/h y a unos 5.000 Km de altura. No era un asteroide, no se trataba de ningún cohete u objeto proveniente de la Tierra.  Justo en el momento de llegar a la vertical ecuatorial de nuestro planeta emitió una señal de radio todavía indescifrada que volvió a repetir justo un minuto después. Era un objeto que no era ni metálico ni plástico, no se correpondía con ningún material conocido en la Tierra. Por fin había constancia de la existencia de vida extraterreste, ¿qué podía ser si no? La nave pasó, tan deprisa lo hizo que enseguida se perdió contacto co ella. De esto hace cuatro años, recuerdo los titulares de los períodicos, y como hoy nadie lo parece recordar. ¿Podemos esperar aún su vuelta? ¿Podemos tener la seguridad de que aquello verdaderament ocurrió? ¿O empezamos a rezar en los nuevos santuarios que dispersos por la Tierra algunos trastocados comenzaron a erigir a la “Nave rauda” que vino del más allá y al más allá se fue?  Creo que ya no, necesitamos seguir viviendo, leyendo libros que en una escena incluyen el universo, yendo el domingo de nuevo al futbol, esperando el resultado de las elecciones estadounidenses el primer martes de noviembre, haciendo cuentas para saber cuanto dinero nos quedará después de pagar la cuotua mensual de la hipoteca creciente.

Una nave sigue cruzando la incomensurable oscuridad y yo he prendido en ella mi esperanza, pues en su incierto y eterno viaje solitario que la alejá imposible en la distancia está lo que fue, lo que pudo ser y lo que probablemente será, por mucho que nos empeñemos en olvidar.

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Soria, Machado, recuerdos

Estoy leyendo una biografía de Antonio Machado escrita por Ian Gibson, acabo de llegar al capítulo donde el poeta se traslada a Soria y no he podido por menos que recordar mis visitas a aquella ciudad escondida a la que guardo mucho cariño, no por nada en especial o quizás por eso. Su tamaño, su hechura, su gente y su belleza parca lavada por el frío que al visitante envuelve y empuja a los cafés donde guarecerse, y al final del día a algún restaurante cálido donde recobrarse y regocijarse de las caminatas, del frío revitalizador a pesar de todo.

En Soria parece uno encontrarse con lo esencial de la vida, no hay sitio para adornos superfluos, el frío es sincero, hay que saber estar en aquella ciudad, por otro lado tan agradecida. Y recuerdo el Duero escondido, su respetuosa presencia apartada en los arcos de San Juan de Duero; las ermitas de San Polo y San Saturio asomadas solitarias y escondidas en el paseo paralelo al silencioso río que uno imagina, en estos días de frío, al atardecer desierto. Y siempre Machado, ya por siempre a la ciudad ligado. Pienso todo esto porque todavía, y no sé por cuanto tiempo, esta ciudad se conserva bien, y es necesario que así sea, sin que se note ni se propague el esfuerzo. Soria es aún un tesoro que no se molesta en relucir, tampoco puede, ni debe, que cada uno lo sepa encontrar. Pasear, comer, amar y dormir en ella es un premio olvidado, es un lugar al que acudir con plena conciencia, pues por Soria no se está de paso. Y ahora recordémosla.

Pienso de nuevo en el poeta y en sus paseos, y creo, que ningún lugar mejor pudo encontrar para escribir. Me lo imagino con la chaqueta blanca de ceniza calentándose encerrado en su habitación soriana, en la noche oliendo a leña, con los cristales empañados y una calle desierta y helada tras los cristales de la puerta del balcón. Y qué mejor lugar para preguntarse por la vida y pasear por sus extremos hasta la orilla del Duero, al sol que toma vigor en la mañana y calienta nuestra cara mientras nos regocijamos de vivirla y por estar allí.

¿Y qué más? “Veneno y sombra y adiós” de Javier Marías

Regalo de cumpleaños 

Estoy acabando de leer el último libro de Javier Marías “Veneno y sombra y adiós”. Es el último de la trilogía “Tu rostro mañana”, y aunque deseo llegar al final también lo temo. Pocas veces pasa que uno disfrute leyendo un libro sin comerse algunas palabras que cree prescindibles para la trama con el afán de conocer el final. En este libro de Marías tan deseable es conocer el final como disfrutar y masticar el texto. ¿Y qué más?, se pregunta a menudo el protagonista en el libro recordando lo que su padre le preguntaba cuando era niño y él le explicaba alguna cosa, ¿y qué más? Tantas cosas, tantos pensamientos, y la familiaridad que establecemos con los autores que nos gustan, es como si volviésemos a nuestra propia casa al iniciar un nuevo libro de ellos. Javier Marías me resulta muy cercano, me siento bien leyéndolo y estoy contento de que exista porque se así que le leeré de nuevo, ¿no es eso como si fuera de mi propia familia? O aún más, ¿no deseo más sus palabras que las de muchos miembros de mi propia familia? ¿No es ese el lugar que ocupan algunos escritores en la vida de sus lectores que le aman? Como Marías escribe en su libro aplicándolo a la ciudad de Madrid, para mi mismo tan cercana, tan mía en mis recuerdos, pero a la que vuelvo y deseo volver a menudo, y que también se podía aplicar –forzando la comparación- a la lectura de un autor admirado cuando hace tiempo que no se le lee: Cuando uno lleva tiempo sin volver a un sitio bien conocido, aunque sea la ciudad en la que nació y a la que está más acostumbrado, en la que he vivido más largamente y en la que aún están sus hijos y su padre y hermanos y hasta el amor que tuvo firme durante muchos años (aunque ese lugar sea par él como el aire), llega un momento en que se le difumina y el recuerdo se le enturbia, como si la memoria se le viera aquejada de miopía y –como decirlo- de  cinematografía…(…)Así había llegado a ver Madrid durante mi ya prolongada ausencia: difuminada y turbia, acumulativa, oscilante, …  Ahora que llevo días leyéndolo y poniéndome por tanto en la imaginación y el pensamiento del autor, su presencia y su mundo es nítida en mi, me acompaña, y por eso no tengo más que agradecérselo, cómo no voy a hacerlo si tanto disfruto con sus palabras, sus frases, si tanto y tan bien me hace pensar, si tantos pensamientos que hubiera creído míos cuando en realidad no eran más que suyos, o puede que esbozados alguna vez en mi mente pero yo los he aceptado por su sensatez y profundidad en mi manera de ver algunas cosas de la  vida: La ciudad que un día antes estaba difuminada y turbia se hace nítida al instante e n cuanto uno vuelve a pisarla; el tiempo se comprime, desaparece el ayer –o es intermedio-, y es como si no hubiera salido uno nunca. De pronto sabe otra vez que calles tomar, y en qué orden, para ir de un lugar a otro, … Madrid, el autor, su escritura, todo se hace nítido, hasta la propia vida a veces cuando leemos algo que además nos gusta. Sí, pero ¿y qué más?