Dejar la casa

Dejar una ciudad en la que has vivido largo tiempo, es además de dejar de ver a tantas personas, incluida tu familia, dejar de caminar las calles en la que quizás aprendiste a andar, (incluso haciendo eses), y también a tropezar, (incluso cuando hacía eses). Es también abandonar la seguridad de lo conocido, olvidar los mecanismos asimilados que nos permitían movernos sobre un plano inscrito en nuestra mente sin apenas pensarlo, sabiendo quien era quien en nuestras referencias habituales. Pero dejar una casa es definitivamente romper con un pasado al que no se puede volver. Sí, ya sé que el pasado nunca vuelve, y que nunca se retoma nada en el mismo punto que se dejó, aunque sí los olores, los calores y los fríos de los lugares vividos, aliados casi siempre a los recuerdos voluntarios o no. Puede incluso que siga existiendo aquel banco, aquella valla por donde no pasaba nadie por la noche, aquel bar alrededor del cual, ahora que lo pienso, tantas personas, tantas miradas, tantos lances y palabras, pasaron a formar parte de nuestra vida.

Dejar la casa, dada la imposibilidad de llevar contigo tantas cosas, a veces supone tirar parte de tus libros, deshacerte de la ropa vieja, de tus antiguas sábanas, de las camisas pasadas de moda, de aquellas botas que no sabes por qué guardas, de la enciclopedia de fotos en blanco y negro que nunca más abriste, de las cajitas llenas de pretendidos jalones de tu vida inservibles pues ya no recuerdas que te deberían recordar, de esos marcos que una vez contuvieron las fotos de tus exposiciones particulares. Y también de los viejos papeles formales, oficiales, creativos, recortados; de los trabajos universitarios de distinta índole guardados para un futuro posible que ya se adivinaba imposible aun ordenados en carpetas. De aquel ordenador blanco ahora obsoleto e increíble ahora, que tanta pena te dio abandonar. Tantas cosas, sí, y también tantos recuerdos unidos a ellas, pero sin embargo prescindibles dentro de la carga que en la vida uno va arrastrando, salvo aquel libro, aquel chupete de los niños, aquella casa de muñecas, aquella foto, aquella figurita que de vez en cuando miras, y que no sabes por qué, son especiales, aun sabiendo que en realidad les hemos concedido un nuevo plazo de existencia entre nosotros.

Pero sobre todo, en la casa de la que yo hablo se quedan los panoramas, las vistas. Aquellas que al amanecer cuando el sol que trepaba sobre los cerros iluminaba los libros entre ceniceros sucios y vasos de café fríos, un nuevo trayecto hacia la cocina a tirar los ceniceros o a por un café nuevo. Aquellas que al mediodía además dejaban pasar por la ventana abierta de la cocina el aire frío que neutralizaba el olor del sofrito. O aquellas otras que al atardecer, cuando los bloques de ladrillo ardían en el verano y los aviones de Barajas entraban o salían por encima de la creciente superficie de un Madrid a pesar de todo incompleto, feo bajo la boina negra de humo, pero clamorosamente hermoso bajo los cielos rojos, surcados de azules puros en la tarde de primavera. Madrid, siempre fue desde allí un respiro donde dejar deambular la mirada, algo que mostrar a otros, algo también prescindible, fuente inspiradora y, ahora que también lo pienso, -por encima de todas estas torres plagadas de cigüeñas-, una promesa de trascender la realidad inmediata, un lugar a donde ir y desde donde volver, treinta kilómetros más allá llenos de edificios de variados colores y alturas, de autopistas, de solares intercalados que iban del verde al amarillo a lo largo del año, treinta kilómetros a partir de esta ciudad que a los pies de este décimo piso estaba tan cerca que quería saltarla, traspasarla. Esta ciudad de la que me alejaba sin nostalgia y a la que volvía con placer de reencontrarla. Esta ciudad que añoraba sabiendo que antes la había aborrecido y ahora ni chicha ni limoná. Esta ciudad caliente, donde siempre es verano a pesar del frío de diciembre. Esta ciudad que observan mis hijos sorprendidos desde los mismos miradores a los que yo me asomaba cuando ellos no existían.

Las otras ventanas, la otra vertiente de la casa, me inclina hacia los cerros de pinos crecientes que motean las tierras marrones, iluminados por el sol después de la tormenta; lugar de tantas escapadas, tan lejanas ya en el tiempo: aquellas junto a una tropa de compañeros de instituto en busca de cuevas misteriosas que se escondían entre los cerros habitados por conejos y las balas clavadas en las paredes del río, excitados por la aventura de sus apenas 13 años, y que quemaba los cuadernos de clase para hacer antorchas y atreverse en la oscuridad amenazante de la cueva mítica (el Champiñón, un hito a medida de la ciudad de abajo). También otras aventuras, como aquella que se iniciaba ayudándola a cruzar el río que nos separaba del oriente cercano donde como una premonición se situaba el castillo árabe, para, desde el pie de su torre derruida contemplar la ciudad desde la oscuridad de una noche de verano, mientras las horas pasaban y pasaban.

En esta casa que se abre al amanecer por el Levante de sus ventanas y se despide por el Poniente ha ido quedando la huella del frío y el calor, de la lluvia y los truenos, bajo un techo que precipita los sentimientos que ha acogido (tantos) entre sus dos vertientes, por encima del mundo cercano, o lejano, según queramos mirarlo. Ya lo dije, son más las vistas que recordaré de esta casa que todo lo material que contenía.

Pero demos ahora la vuelta a la esquina y echemos un jarro de agua fría necesario a la melancolía que tanto nos conforta cuando no sabemos adónde mirar, ¡existen tantas miradas desde tantas atalayas! Siempre la nuestra tiende a ser la mejor, la insuperable, pues es, al fin y al cabo la que conocemos, casi siempre la única que conocemos, y sin embargo, cada uno tiende a pensar y a sentir lo mismo por la suya, a pesar de las diferentes expresiones poéticas que las retratan, lo mismo en esencia, aun aborreciéndola. ¡Tantas casas!

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Un salto a Madrid

Un día también saltamos a Madrid, un salto que siempre me gusta dar, que estira mis piernas y abre mis ojos. El nuevo reencuentro me llena de parsimonia observadora de los detalles que uno ama, ¡ay!, aquí uno no ve los errores, pues lo que se impone es disfrutar de un mañana envuelta en un sol de regalo perfectamente contrastado en sus sombras. Tenía ganas de estar hoy aquí.

Esta mañana la ciudad es sobrevolada por un gigantesco dirigible que ahora atraviesa el cielo del comienzo de la calle de Alcalá con sus cuadrigas, claraboyas, cúpulas y terrazas en lo alto, y los plásticos azules de los acampados del 15M abajo, en la ciudad soñada que despierta desde la Puerta del Sol. Cientos de jóvenes escenifican su buena disposición limpiando marquesinas y persianas. Son coloridos, risueños y, sobre todo, jóvenes en su gran mayoría. Viven en un pueblo ideal, y sin embargo real, tras un mes de historia. Se ve que pronto llorarán al separarse y destruir lo construido. Ésta es la fórmula de la convivencia perfecta. Un período prospero y feliz que dura poderoso bajo la presión de lo que no lo comprende o lo rechaza. Su fortaleza y entusiasmo lo mantiene durante un espacio de tiempo fecundo y hermoso, que se sabe finito, como el amor, como la amistad, como la vida…

Han establecido lazos, han hecho historia sin desearlo ni haberlo pensado. Sorprendentemente han demostrado capacidad para organizarse, para emitir esperanza, para influir en la opinión de toda España, imponiéndose la seriedad de sus propuestas, mostrando la humanidad de su impotencia a la hora de continuar su movimiento, su ingenuidad transgresora ocupando la calle que casi sin creerlo era también suya. Me gusta verlos, me emocionan, los envidio, hoy me gusta más Madrid por ellos. Son esta gente la que tapa el paisaje y lo construye de nuevo, sea aquel hermoso o feo, para convertirlo en algo inolvidable, un estreno. Sus colores tapan la calle y nos hacen apreciarla de nuevo. Las manos levantadas hacen un movimiento lateral continuo y rápido sobre su propio eje, derecha e izquierda, derecha e izquierda, para aprobar las propuestas y los discursos de los que hablan.

Y todos se miran y se reconocen, quieren creer, pero sobre todo hacer, y quieren convencer con su ejemplo. Quieren que los miremos, que les sigamos, quieren demostrarnos que ahora son ellos los protagonistas, y yo me inclino encantado de ver a dos chicas jóvenes hablando con una soltura que parece innata, desgranando sus reivindicaciones con la serenidad de su experiencia, corta o larga, pero evidentemente intensa, con la seguridad que da transmitir lo que se cree. Da gusto oírlas, y ver a la gente sentada bajo un sol de verano que hasta ha hecho abrir los paraguas, escuchándolas, aprobando su discurso con sus dos manos en movimiento, y con aplausos, como cuando hablan del dispendio que supondrá la próxima visita del Papa. Luego habla un chico con barba, bastante más mayor, de la vieja guardia, con la misma serenidad, aplomo y sensatez. Uno más de la gran asamblea. Sigo sorprendido por todo ello, me anima, me alegra ver a toda esta gente bajo este sol en Sol. Todo no está perdido en este mundo cada vez más injusto, y pienso que solo el avance lento pero seguro de las propuestas sensatas pueden ir calando en la gente para concienciarla y luchar, ahora sí, para hacer cambiar las cosas hacia mejor. También entiendo la desesperación que hace y hará a muchos no pararse en mientes y querer cambios radicales para mañana mismo. También existirán los desvíos a ninguna parte, el oportunismo, la salsa de los amantes del follón, que puede ser otra forma de divertimento, pero también el camino elegido por los creyentes en la revolución violenta, del caos que a la larga produciría un mundo justo soñado, lo que siempre, como ya sabemos, hará nacer una sociedad ya herida.

Pruebo a levantar las manos para aprobar las propuestas, me gustaría parecerme a ellos, estoy de acuerdo, y lo hago, pero no, no soy de ellos, soy otro, apenas un intruso, un simpatizante que podría apoyarlos. Un acto de mera solidaridad en esta Puerta del Sol que pese al sol que aplasta apabulla de vida, es decir que a uno le hace acordarse de la palabra, de vida, claro, y de un futuro en el que no podemos dejar de pensar mejor a pesar del pesimismo que las evidencias se empeñan en transmitirnos, pero mientras, la ciudad bulle, hermosa en la tarde. Y ahora me voy alejando poco a poco, el oso sigue de guardia, e impasible no deja de mirar la copa del madroño, para comérselo o para seguir viendo de reojo el paisaje que le rodea: los plásticos azules, las manos en alto que aplauden sordas… La Puerta del Sol ya a lo lejos.

Esta tarde, después de comer visitamos la exposición sobre los tesoros de Polonia en el Palacio Real. De repente me encontré delante de la “La dama del armiño”, un cuadro de Leonardo da Vinci que sorprende por su verosimilitud,  su gesto sugerente,  sus detalles, y su propia historia. Por un momento me parecía encontrarme delante de la capilla de una virgen milagrosa. En realidad fue la amante de Ludovico “El Moro”, duque de Milán. Yo fuí sólo -de nuevo también aquí- un fiel admirador de la imperfecta vida, de su belleza… No llegué a postrarme ante ella, solo la miré, y ella miraba por encima de mi hombro, y al cerrar la puerta sentí que se quedaba dentro, y no pareció importarle.

Salimos al sol de la plaza de la Armería solitaria, antes de ir a Sol por segunda vez en el día. La calles repletas de gente, paseando, bebiendo, jugando, a la sombra, al sol, caminando… el día seguía siendo hermoso.

15M

Mucha gente se pregunta dónde terminará el movimiento que se ha venido en llamar 15M, y que ha llevado a cientos de jóvenes a acampar en la Puerta del Sol de Madrid desde hace ya varios días, y que se ha extendido por plazas de toda España. Es difícil de saber, pero verlos me conmueve, primero porque va más allá de nuestras sesudas y tópicas conversaciones que a menudo mantenemos con amigos y familiares sobre como arreglar el mundo o sobre la actualidad política de España. Por primera vez no vemos a jóvenes uniformados para la revuelta que tan a menudo termina en una violencia difícil de comprender, más allá de una estética vacía e incongruente. En la Puerta del Sol hay, claro, jóvenes uniformados, como todos lo somos de una u otra tribu,  pero sobre todo vemos que se ha impuesto una organización autogestionada habitada por jóvenes, mayoritariamente de izquierdas, claro, pero que son, sobre todo, jóvenes, valga la redundancia. Tal vez lo que a mucha gente les hace desconfiar y mirarlos por encima del hombro es precisamente su juventud. Su pretendida inmadurez les iría aparejada, como si los que somos más mayores fuésemos por tanto maduros y ya nos hubiésemos planteado cambiar el mundo, aunque si no lo hemos hecho es porque nos estamos tomando tiempo reflexionando desde nuestras butacas recalentadas, tanto que al final nos hemos quedado dormidos y al final han venido estos y han ocupado nuestras plazas.

A menudo, hablando sobre este asunto, sale a relucir el latiguillo, “Está bien, pero son unos happyflowers que no presentan ninguna alternativa consistente”. “Muy bien”, yo contesto, “pero de momento se han plantado en la calle para  hacerse visibles y dejar en evidencia algunas de las fallas de nuestra democracia, entre ellas la falta de perspectivas  de ese misma juventud,  y además han conseguido que los medios de comunicación se hagan eco de su presencia”. El movimiento ha pillado por sorpresa a los partidos políticos, y muchos de sus dirigentes, -oportunistas como son-, se han apresurado a decir que les comprenden, que los apoyan, y ya está. Ni una autocrítica, ninguna reflexión sobre el futuro cercano, siguen pidiéndonos el voto para las próximas municipales y autonómicas. La calle comienza a hervir y ellos miran para otro lado, los que más, claro, los del PP, que añaden una sonrisa sardónica. Y es que estos tienen poco de preocuparse, -al fin y al cabo sus votantes no pasarán la noche encima de un cartón en la Puerta del Sol o en otros lugares de España-. Tampoco CiU tiene mucho de que preocuparse, -sus votantes tienen sociológicamente mucho en común con los del PP-, pero si en cambio el PSOE, y en menor medida IU, que ven como esta revuelta inesperada les arrebata la bandera del cambio y de su presunta vanguardia social que deberían liderar. Es evidente que para el PSOE esto supone un nuevo golpe que creo le vendrá a dar la puntilla en muchas urnas.

Son evidentes los deseos de cambio real para nuestra democracia  en muchas personas, jóvenes o no, de toda España.  Si todo esto no se apaga de una forma inesperada, es posible que esté en ciernes el nacimiento de una renovación profunda de nuestro sistema político que ójala desarbole las estructuras de poder y de partido hasta ahora conocidas.

En estas próximas elecciones parece casi seguro que el PP ganará muchas alcaldías y algunas comunidades autónomas que no gobernaba. No será por culpa de los indignados que acampan por nuestras plazas, pues no son ellos los que votan al PP. Tal vez lo que debamos preguntarnos es como entre todos hemos sido capaces de dejarnos adormecer hasta el punto de que haya mucha gente que será capaz de votar a políticos corruptos, mentirosos y poco evolucionados ideológica y socialmente, en su mayoría en las filas del Partido Popular. Pero no olvidemos las carencias de una izquierda que ahuyenta a sus desorientados posibles votantes con comportamientos incompatibles con su ideología, por ejemplo en su aproximación ideológica a los nacionalismos, en su falta de entereza en aplicar el programa presentado y por el que se les había votado, o en su excesiva condescendencia con la derecha retrógrada, eclesiástica, económica y política.

Me ha sorprendidoy me alegra la movilización de Sol, yo también tengo esperanzas.

En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.

Desde el balcón donde atardece

Desde el balcón donde atardece

He recuperado este texto que es de febrero de 2002, que modifiqué en 2005 y que he vuelto a modificar ahora. Me he acordado de aquella tarde de agosto, cuando mi hija era más pequeña, y juntos mirábamos un atardecer de los que suelen darse sobre Madrid en verano y que te dejan fijado al sitio. En aquel balcón del décimo piso de la casa de Alcalá yo la miraba sorprendida por el espectáculo.

 

Sobre la bruma de la gran llanura,

de edificios erizada,

cosen tus ojos candentes

con las cien agujas de iglesias

la provisionalidad del mundo aparente

 

 

Abajo cuatro niños corren

entre sonidos de coches que pasan

a la hora en que todo despierta

tras el sopor paciente

 

En la hermosa  tarde 

apareces suspendida

aprendiendo sin saberlo

que este mundo te pertenece

 

Me gusta verte extasiada

sobre la plaza de bancos de sol calientes

tu boca abierta me imanta

de tu suave cara iluminada y ausente.

Atocha→Alcalá – 33 minutos

Atocha 23:25

Madrid noche marrón

de farolas de luz difuminada

la gran estación casi vacía

 

ya partieron  los trenes repletos de esperanzas,

despacio, bajo un tupido techo de cables

rodamos sobre raíles que alguien nos abre

para encontrar el rumbo cierto

cruzando sobre mil destinos en la noche española

 

rechinando pesado y blanco

el tren cruza sobre la ciudad latente

que ansiosamente miro

salpicada de oscuridades.

 

El Pozo del Tío Raimundo

recién pasada Entrevías

es la noche de viejos barrios nuevos

que cruza la M40 de aguas oscuras

alguna luz cansina la navega.

 

Y el ruido del viaje

en las ruedas de hierro se depura

bajo el vagón blanco

que de nuevo frena

 

Vallecas ahora

más allá de los áridos descampados

es Lola con  su bata blanca

y su risa ambulatoria

en su inmersión diaria de vida

 

en este barrio afamado

de mala fama antigua

hay mil luces encendidas,

por la puerta que se abre

a la noche azul cielo

un frío cortante

que querría acompañarme.

 

Pasa repentino un tren inacabable

veloz y pesado de coches cargado

en vagones de amarillo intenso

por el ancho río de raíles brillantes.

 

Se cruzan, intuyo,

las almas que perdidas vagan

algunas certeras acuden

al brillo de unos labios

o atrapadas por una misteriosa mirada.

 

La inexistente mole negra de la fábrica de cemento

la traspasan hoy largos bloques

de iluminadas ventanas

el tren corre tras Vicálvaro

por los intersticios negros

de un Madrid que se escapa

y que ilumina el cielo.

 

Las antiguas estepas,

donde antes verdeaban los juncos

son hoy dóciles parques,

junto a casas nuevas.

 

Pasamos Coslada

más allá camiones que son cajas

naves que son más cajas,

una gasolinera en la colina

y por encima, como soles,

las potentes luces de Barajas.

 

Ya se ve la doble fila de aviones

que aterrizarán gemelos

sus blancas luces suspendidas

se aproximan por mi derecha,

por mi izquierda sus luces rojas

casi tocan ya el suelo.

 

Los viajeros que aquí suben llevan el cuello subido,

incluso alguno bufanda

en San Fernando, el ruido de los aviones

es una sintonía en punto

que suena cadenciosa

cada medio minuto,

cada minuto.

 

¡BRUAAAAAaaasscheeeEEEeee!

sobre nosotros,

¡Otro!

 

Tras la estación,

el río Jarama

oscuro de noche y de  chopos

resguardando patos blancos

escondidos en sus orillas.

 

Las luces de la M45 pespuntean el horizonte

de kilómetros de almacenes, fábricas y  talleres

Torrejón, el pueblo más feo del mundo

y probablemente no es así.

 

La Base de Torrejón dieciocho meses de azul

en la helada pista de la noche de la gran meseta

ahora ya no hay americanos,

no hay zippos, ni hamburguesas.

 

El destino se acerca,

en la ladera oscura del  Viso

las antenas de luces rojas,

tras el Torote La Garena

esta nueva Alcalá con el Corte Ingles su nuevo templo.

 

Llega la hora

en este cruce

en la mitad justa del universo

termina este viaje en la noche

 

Siento que no existe el tiempo

aquí están mis amigos

en la estación roja

junto a la pared me esperan

aquí estoy de nuevo,

 

se abren las puertas

al fin sus graves caras

alguien nuestro que no está

está con ellos, conmigo

abrazos, besos

pasos lentos.

 

Estoy en Alcalá de Henares, 23: 58

hace unas horas que Lola ha muerto

 

29 de octubre y 4 de noviembre de 2008

 

 

 

¿Y qué más? “Veneno y sombra y adiós” de Javier Marías

Regalo de cumpleaños 

Estoy acabando de leer el último libro de Javier Marías “Veneno y sombra y adiós”. Es el último de la trilogía “Tu rostro mañana”, y aunque deseo llegar al final también lo temo. Pocas veces pasa que uno disfrute leyendo un libro sin comerse algunas palabras que cree prescindibles para la trama con el afán de conocer el final. En este libro de Marías tan deseable es conocer el final como disfrutar y masticar el texto. ¿Y qué más?, se pregunta a menudo el protagonista en el libro recordando lo que su padre le preguntaba cuando era niño y él le explicaba alguna cosa, ¿y qué más? Tantas cosas, tantos pensamientos, y la familiaridad que establecemos con los autores que nos gustan, es como si volviésemos a nuestra propia casa al iniciar un nuevo libro de ellos. Javier Marías me resulta muy cercano, me siento bien leyéndolo y estoy contento de que exista porque se así que le leeré de nuevo, ¿no es eso como si fuera de mi propia familia? O aún más, ¿no deseo más sus palabras que las de muchos miembros de mi propia familia? ¿No es ese el lugar que ocupan algunos escritores en la vida de sus lectores que le aman? Como Marías escribe en su libro aplicándolo a la ciudad de Madrid, para mi mismo tan cercana, tan mía en mis recuerdos, pero a la que vuelvo y deseo volver a menudo, y que también se podía aplicar –forzando la comparación- a la lectura de un autor admirado cuando hace tiempo que no se le lee: Cuando uno lleva tiempo sin volver a un sitio bien conocido, aunque sea la ciudad en la que nació y a la que está más acostumbrado, en la que he vivido más largamente y en la que aún están sus hijos y su padre y hermanos y hasta el amor que tuvo firme durante muchos años (aunque ese lugar sea par él como el aire), llega un momento en que se le difumina y el recuerdo se le enturbia, como si la memoria se le viera aquejada de miopía y –como decirlo- de  cinematografía…(…)Así había llegado a ver Madrid durante mi ya prolongada ausencia: difuminada y turbia, acumulativa, oscilante, …  Ahora que llevo días leyéndolo y poniéndome por tanto en la imaginación y el pensamiento del autor, su presencia y su mundo es nítida en mi, me acompaña, y por eso no tengo más que agradecérselo, cómo no voy a hacerlo si tanto disfruto con sus palabras, sus frases, si tanto y tan bien me hace pensar, si tantos pensamientos que hubiera creído míos cuando en realidad no eran más que suyos, o puede que esbozados alguna vez en mi mente pero yo los he aceptado por su sensatez y profundidad en mi manera de ver algunas cosas de la  vida: La ciudad que un día antes estaba difuminada y turbia se hace nítida al instante e n cuanto uno vuelve a pisarla; el tiempo se comprime, desaparece el ayer –o es intermedio-, y es como si no hubiera salido uno nunca. De pronto sabe otra vez que calles tomar, y en qué orden, para ir de un lugar a otro, … Madrid, el autor, su escritura, todo se hace nítido, hasta la propia vida a veces cuando leemos algo que además nos gusta. Sí, pero ¿y qué más?

La sentencia del 11M y los que mintieron continuan mintiendo

14 de marzo de 2004 en la Puerta del Sol

Llama la atención como en los tres años largos desde los atentados en Madrid, los mismos que nos mintieron a todos los españoles y al mundo: el gobierno del Partido Popular,  insistiendo y presionando en que había sido ETA, para evitar así, según sus enfermizos cálculos, que el electorado pensase que la masacre se debía al apoyo del gobierno de Aznar a la invasión de Irak junto a Estados Unidos y el Reino Unido, hoy, y después de tres años de insidias, mentiras, utilización irresponsable y sin verguenza de la victimas del terrorismo, fabricación de teorías conspirativas ayudados por la terrible voz de Jiménez Losantos y su adláteres con el beneplácito de la Santa Madre Iglesia, sección Conferencia Episcopal Española, hoy, digo, que la Audiencia Nacional ha dictado sentencia que confirma la autoría de los islamistas radicales y que ETA no tuvo absolutamente nada que ver con aquello, ahora, el Partido Popular, en boca de Ángel Acebes, dice, que ellos siempre han créido en la autoria de Al Qaeda. Lo dicho, nos siguen mintiendo. Y es que no escarmientan, lo cual, según su aparentes creencias, les llevará directamente al infierno sin remisión, pues no han variado su comportamiento desde entoces y siguen pecando. Claro que, a lo mejor, su supuesta religiosidad no es más que de boquilla y de procesión con toquilla, y también aquí nos mienten. Allá ellos, mientras no nos olvidemos de su comportamiento antes y ahora. Ojala eso sirva para que nos libramos de tenerlos en el poder  para siempre.