Las erupciones solares y las nuevas monjas mártires

Lunes 20 de julio de 2015. El mundo sigue su viaje rotatorio y traslatorio mientras el Sol es pasto de exuberantes y temibles erupciones que sin embargo no deshacen al astro embolado. Nosotros, pasajeros involuntarios e imposibles desertores de esta esfera abrupta donde nos encontramos, húmeda y candente, adornada de hielo en sus extremos más evidentes, hoy tampoco hemos pensado en nuestro gigantesco vehículo, aquí donde comemos y nos desbebemos en el contexto de la galaxia. Por el contrario, nos sumergimos en los valores de nuestra tensión arterial; en nuestro libro de turno que a veces nos hace sentir orgullosos de la imaginación humana por lo que nos hace vivir y soñar; en nuestro penoso trayecto hasta y desde el trabajo -si es que lo tenemos- que nos procura el metálico sustento; y pensamos, si la cosa tuvo el suficiente peso, en la discusión de anoche, quizás en el amor que ayer vimos correspondido y con placer regalamos, o en nuestro comportamiento, que es siempre pasado y casi nunca ejemplar, o cuando menos olvidado en su intrascendencia.

Y por fin la página de ese periódico olvidado sobre el asiento que me aparta de las erupciones solares tan grandiosas que no podemos mirarlas de frente, y veo sus sonrisa sardónicas e irritantes: la de esos seres que nos invitan a perseguir sus propios deseos junto a los sacerdotes y monjas de su particular creencia, acólitos que también sonríen y acrecientan como sin quererlo sus famas y sus riquezas, adornados siempre claro de banderas y de palabras malolientes por el abuso en su uso.

Prometo que sólo quería hablar del Sol y de la Tierra, pero este asteroide en forma de periódico ha desviado mi trayectoria y me ha hecho caer a este valle de lágrimas para encontrarme con estos especímenes que se sueñan estatua y a nosotros cadáveres o zombis (según la moda cinematográfica) que depositaríamos ofrendas florales los onces de septiembre para su gloria, como esos grandes catalanes que ellos admiran y de los que se sirven para modelar su Historia oficial, que se sacrificaron y murieron por todos nosotros; a eso aspiran estas nuevas monjas mártires. Quizás deberíamos regalarles cilicios, en estuche de plástico cuatribarrado, claro, por ver si con eso se conformaban y nos dejaban en paz preocupándonos de nuestras propias vidas y de la justicia que ansiamos, contemplando el Sol y la Tierra mientras vamos al trabajo o aspiramos a tenerlo. Deberían saber que el sufrimiento puede ser libre y generoso si sólo se lo administra uno sin tangar a los demás convenciéndonos de que es la tarifa necesaria para lograr el paraiso en la Tierra, pero es que sufrimiento es ya este chunda chunda que nos infringen el gran President y sus adláteres, con sus coros y danzas y su NODO posmoderno, un poco ya trasnochado, pero que seguimos pagando todos.

Que el verdadero Dios Sol nos pille confesados, pues ellos no tendrán salvación ante la gran erupción solar que volatilizará su bandera. Déjennos a los demás pues, extasiarnos ante la luz del sol en las laderas de las montañas o las paredes ajadas de los edificios, pues esta belleza temporal adorna nuestro camino y con ella gozamos, y formen ustedes una comuna independiente en cualquier pueblo abandonado para dar rienda suelta a sus pasiones, pero por favor, déjennos en paz, líbrennos de esta matraca a los que no comulgamos con sus pasiones, evítennos más sufrimientos, que estos podría ser que fueran más en serio.

El carro

Las responsabilidades inherentes al cargo de presidente de la Generalitat de Cataluña se despegan de su piel azul brillante, que muta a gris después, como un camaleón que, ahora ya, invisible a los ciudadanos, evita cualquier cuestionamiento sobre sus actos que, en buen entendimiento, comporta decidir en qué gastar y no gastar el dinero del que dispone, y explicar por qué ha gastado mucho más de lo que tiene, o por qué en conceptos que van más allá de la necesidad pública, y por qué, dado los tiempos que han corrido y corren, no ha anulado aquellos que pudieran ser prescindibles, cuando aún estaba a tiempo de poder hacerlo. Cualquier padre o madre de familia responsable sabe amoldar sus gastos a lo los ingresos, sean magros o incontables.  Pero él y los suyos, no, pues piensan que “su país”, y ellos “, se lo merecen;  todo sea por la construcción nacional.

Mas y los suyos no sacrificarán las necesidades de su casta  (esa a la que pertenece y que se esconde dentro de tanta unanimidad “tranversal” en pos de la soberanía “nacional”, como si las clases sociales ya no existiesen). Sabe recurrir, como todos los acólitos de la catalanidad y la nación,  a las grandes palabras pronunciadas con exagerada seriedad,  y por supuesto a la incomprensión ya la maldad de la pérfida España, donde Madrid es su profeta,  y a la falta de amor del resto de los españoles (de España, según el canon nacionalista). Es verdad que no son argucias de persona honesta, pero su discurso es fácil y transitado, de garantizado aplauso, sobre todo si es convenientemente amplificado, pues nubla la consciencia y la inteligencia, y le garantiza llevar a los ciudadanos ciegos o tuertos, pero apelotonados en la golosa miel que suelda el “nosotros” al puerto adecuado, allí donde no hace frío, donde se reconoce “nuestro” esfuerzo…de decir lo que los “nuestros” dicen, de llevar también la misma bandera, de reconocerse ante el pérfido enemigo, de saber que digan lo que digan siempre estará bien dicho si está dentro de “nuestro” ideario tácitamente aceptado,  y que no podrá ser contestado, no sólo porque la fe no es discutible, sino porque a quien se atreva a disentir será porque se trata de un pepero, de un fascista, o mejor, de un español.

Estos nacionales han comenzado a asumir que van a pasar a los libros de historia, no importa a costa de qué o de quién, pues el ego humano no tiene límites, siempre ha sido así: un gran vigía guía al pueblo  y un grupo creciente  le arropa, en el mejor lugar para hacerlo, a la espera de poseer los cielos de la nación si el éxito les acompaña, tratando mientras de conseguir todos los méritos posibles, por encima de las frustraciones y otros dramas que puedan padecer sus ciudadanos, aun siendo evidente, a ojos claros de hoy, lo innecesario de su aventura.

Esta ha sido una exitosa y grosera campaña de muy largo recorrido animada, antes como el que no quiere la cosa, y ahora ya sin disimulos, por “tevetres”, y algunas asociaciones receptoras o candidatas a la Creu de Sant Jordi por su contribución a la Patria, que tuvo su jalón histórico en la gran manifestación, de la cual “la Vanguardia”, adherida al nuevo carro, vende un DVD, también tildado de histórico. Y es que el carro empieza a ser muy grande, tanto como para que pocos de los que son acarreados sean capaces de replantearse ya el destino del vehículo ni a quienes tiran del mismo, cogiendo velocidad calle abajo,  de tal manera que, cuando se les pregunta, la unanimidad de sus respuestas suenan a mensaje rancio,  casi militarizado: no se emiten dudas ante los tuyos, pues cualquier duda puede considerarse traición, sé no una contribución al desánimo.

Proliferan las banderas independentistas en los balcones y el sentimiento desbordado de que se vive una nueva época se advierte en algunas personas. El rigor histórico pasa a un segundo, tercero o cuarto plano, se va derritiendo como el hielo de los Polos, o se sustituye por el pretendido rigor de las palabras manidas que se quieren científicas y contribuyen a la extensión de la fe antes descrita,  desaparece poco a poco la libertad de disentir, de momento no por presiones directas sino por miedo a ser malinterpretado. Pero la realidad es que hay mucha gente que cada vez pronuncia con mayor desparpajo la palabra independencia, y esta ligereza inexplicable es preocupante, pero más la inexistencia de discursos  que se opongan de forma correcta y bien argumentada a esta corriente y que sea capaz de romper el cerco, los prejuicios y el miedo a quedar marginado. Parece como si la oposición al nacionalismo desbordado sólo fuese la de las palabras trilladas y malintencionadas que al final sólo provocan el aumento de los que, sin escuchar otra cosa, se apuntan a ese carro acelerado; la labor debe ser paciente, firme, pero clara, instructiva y desenmascaradora. Hay que evitar que el odio y la ignorancia se desaten, (todavía estamos aquí)  tampoco en el campo de los que ahora en el resto de España no entienden muy bien lo que aquí pasa, pues si no, el problema será serio. Sólo la razón y el sosiego puede evitar tamaño desvarío.

¿Por qué me duele tanto este asunto? Quizás porque observo, los mismos signos de la intransigencia en Cataluña que a veces he observado en ciertos ambientes madrileños,  de distinto signo, aunque aquí ahora  in crescendo.  Pero quizás sobre todo por la propia Historia de España, donde vuelven a resucitar problemas que no parecen nunca poder resolverse de manera adecuada. Y en las consecuencias personales, claro.

Debemos pararnos a pensar y ser  nosotros,(aquí los individuos  libres). No nos resignemos  a formar parte de un grupo acarreado dentro del cual creemos ser libres sólo porque sonreímos a los que dicen lo mismo que nosotros al mismo tiempo que nos sonríen, haciéndonos creer muy importantes. Esto no es un desfogue como cuando uno va a un concierto de rock y se desfonda bailando escuchando la música que más le gusta para volver a casa después y dormir agotado. Las consecuencias y la realidad son otras, y los timoneles  lo saben, por eso nos engañan para que no les veamos las entrañas.

Hagamos un esfuerzo, ¡Desenmascaremos a los que se aprovechan del “Nosotros”!

El Roto, en El País, 2-9-2012