No es fácil mantener una mirada atenta a la realidad que en verdad nos sirva para formarnos una opinión propia, y por tanto saber más y poder comunicarlo con la seguridad de entender de lo que hablamos. Ya lo se, demasiados neones y lucecitas nos rodean; infinitas clases de ruidos nos molestan; irritantes llamadas nos venden lo mejor de la Tierra que, además, ya nos habían vendido.

Opinar es pensar teniendo en cuenta todos los factores que intervienen en el asunto que nos ocupa, sin embargo, a menudo lo que hacemos es hablar por no mostrar nuestro silencio, no vaya a ser que piensen que no tenemos una opinión formada, o que simplemente no nos interesa el tema. Debemos hablar de todo, saber de todo, lo que nos lleva a decir barbaridades o insustancialidades que podrían recogerse en tomos y tomos de la famosa Historia aún no escrita de la Tontería Humana.

Hoy prima la opinión “googlewikibrazoenlabarra”. Todo sirve para alimentar este tipo de palabrería que da lustre a la ciudadanía que nos rodea. La fuentes son diversas: el avance de un telediario que oímos camino del water; el comienzo de un titular  de la portada del diario gratuito que alguien lleva abierto en el autobús. El discurso imparable de algún brillante parlanchín que busca deslumbrar con su originalidad bien elaborada pero vana y maloliente por lo sobada.

El bostezo es inevitable ante los tópicos continuamente renovados, los latiguillos llenos de moho, la originalidad recién comprada en Ikea a 199,99€.

A menudo llamamos conversar a lo que es endilgarnos nuestros respectivos relatos. Lo que nos cuenta el otro es un estorbo si no nos deja terminar de contar nuestro fin de semana.

No soy brillante exponiendo lo que pienso, pero siento que lo soy cuando me encuentro a  alguien que me tira de la  lengua con un discurso inteligente y bien compuesto que me ayuda a expresar lo que siento y pienso, y a quien noto que me escucha como yo a él lo escucho.

¡Reflexionemos!, que no lo hagan  sólo los que tienen mentes privilegiadas que persiguen nuestro bien, pues también lo hacen los que persiguen nuestro mal, ellos siempre están, algunos  alimentando la opinión generalizada que nos corroe y nos impide tener una opinión propia y por tanto cambiar las cosas.

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Un salto a Madrid

Un día también saltamos a Madrid, un salto que siempre me gusta dar, que estira mis piernas y abre mis ojos. El nuevo reencuentro me llena de parsimonia observadora de los detalles que uno ama, ¡ay!, aquí uno no ve los errores, pues lo que se impone es disfrutar de un mañana envuelta en un sol de regalo perfectamente contrastado en sus sombras. Tenía ganas de estar hoy aquí.

Esta mañana la ciudad es sobrevolada por un gigantesco dirigible que ahora atraviesa el cielo del comienzo de la calle de Alcalá con sus cuadrigas, claraboyas, cúpulas y terrazas en lo alto, y los plásticos azules de los acampados del 15M abajo, en la ciudad soñada que despierta desde la Puerta del Sol. Cientos de jóvenes escenifican su buena disposición limpiando marquesinas y persianas. Son coloridos, risueños y, sobre todo, jóvenes en su gran mayoría. Viven en un pueblo ideal, y sin embargo real, tras un mes de historia. Se ve que pronto llorarán al separarse y destruir lo construido. Ésta es la fórmula de la convivencia perfecta. Un período prospero y feliz que dura poderoso bajo la presión de lo que no lo comprende o lo rechaza. Su fortaleza y entusiasmo lo mantiene durante un espacio de tiempo fecundo y hermoso, que se sabe finito, como el amor, como la amistad, como la vida…

Han establecido lazos, han hecho historia sin desearlo ni haberlo pensado. Sorprendentemente han demostrado capacidad para organizarse, para emitir esperanza, para influir en la opinión de toda España, imponiéndose la seriedad de sus propuestas, mostrando la humanidad de su impotencia a la hora de continuar su movimiento, su ingenuidad transgresora ocupando la calle que casi sin creerlo era también suya. Me gusta verlos, me emocionan, los envidio, hoy me gusta más Madrid por ellos. Son esta gente la que tapa el paisaje y lo construye de nuevo, sea aquel hermoso o feo, para convertirlo en algo inolvidable, un estreno. Sus colores tapan la calle y nos hacen apreciarla de nuevo. Las manos levantadas hacen un movimiento lateral continuo y rápido sobre su propio eje, derecha e izquierda, derecha e izquierda, para aprobar las propuestas y los discursos de los que hablan.

Y todos se miran y se reconocen, quieren creer, pero sobre todo hacer, y quieren convencer con su ejemplo. Quieren que los miremos, que les sigamos, quieren demostrarnos que ahora son ellos los protagonistas, y yo me inclino encantado de ver a dos chicas jóvenes hablando con una soltura que parece innata, desgranando sus reivindicaciones con la serenidad de su experiencia, corta o larga, pero evidentemente intensa, con la seguridad que da transmitir lo que se cree. Da gusto oírlas, y ver a la gente sentada bajo un sol de verano que hasta ha hecho abrir los paraguas, escuchándolas, aprobando su discurso con sus dos manos en movimiento, y con aplausos, como cuando hablan del dispendio que supondrá la próxima visita del Papa. Luego habla un chico con barba, bastante más mayor, de la vieja guardia, con la misma serenidad, aplomo y sensatez. Uno más de la gran asamblea. Sigo sorprendido por todo ello, me anima, me alegra ver a toda esta gente bajo este sol en Sol. Todo no está perdido en este mundo cada vez más injusto, y pienso que solo el avance lento pero seguro de las propuestas sensatas pueden ir calando en la gente para concienciarla y luchar, ahora sí, para hacer cambiar las cosas hacia mejor. También entiendo la desesperación que hace y hará a muchos no pararse en mientes y querer cambios radicales para mañana mismo. También existirán los desvíos a ninguna parte, el oportunismo, la salsa de los amantes del follón, que puede ser otra forma de divertimento, pero también el camino elegido por los creyentes en la revolución violenta, del caos que a la larga produciría un mundo justo soñado, lo que siempre, como ya sabemos, hará nacer una sociedad ya herida.

Pruebo a levantar las manos para aprobar las propuestas, me gustaría parecerme a ellos, estoy de acuerdo, y lo hago, pero no, no soy de ellos, soy otro, apenas un intruso, un simpatizante que podría apoyarlos. Un acto de mera solidaridad en esta Puerta del Sol que pese al sol que aplasta apabulla de vida, es decir que a uno le hace acordarse de la palabra, de vida, claro, y de un futuro en el que no podemos dejar de pensar mejor a pesar del pesimismo que las evidencias se empeñan en transmitirnos, pero mientras, la ciudad bulle, hermosa en la tarde. Y ahora me voy alejando poco a poco, el oso sigue de guardia, e impasible no deja de mirar la copa del madroño, para comérselo o para seguir viendo de reojo el paisaje que le rodea: los plásticos azules, las manos en alto que aplauden sordas… La Puerta del Sol ya a lo lejos.

Esta tarde, después de comer visitamos la exposición sobre los tesoros de Polonia en el Palacio Real. De repente me encontré delante de la “La dama del armiño”, un cuadro de Leonardo da Vinci que sorprende por su verosimilitud,  su gesto sugerente,  sus detalles, y su propia historia. Por un momento me parecía encontrarme delante de la capilla de una virgen milagrosa. En realidad fue la amante de Ludovico “El Moro”, duque de Milán. Yo fuí sólo -de nuevo también aquí- un fiel admirador de la imperfecta vida, de su belleza… No llegué a postrarme ante ella, solo la miré, y ella miraba por encima de mi hombro, y al cerrar la puerta sentí que se quedaba dentro, y no pareció importarle.

Salimos al sol de la plaza de la Armería solitaria, antes de ir a Sol por segunda vez en el día. La calles repletas de gente, paseando, bebiendo, jugando, a la sombra, al sol, caminando… el día seguía siendo hermoso.

Barça, no hay nada más

Crisis, acampadas, sol, frío de nuevo, lluvia, y de nuevo sol, y ahora nubes negras, pero fútbol, más fútbol, Barça, más Barça, brutalidad policial para dejar la plaza de Cataluña a los nuestros y echar a tanto guarro que nunca nos votará, pero eso son noticias pasadas, ahora lo son las banderas del fútbol en los balcones, y también las de la patria, la nostra claro, con estrella y sin ella, en los mismos balcones, como en el Corpus, pero en Barça, en Cataluña.

Los legionarios de la conquista balompédica hacen del autobús publicitario donde viajan, su arco de triunfo, y mientras, beben cerveza y cava. A su paso las masas gritan, se disfrazan, los padres llevan a sus hijos de la mano a bautizarlos en la nueva religión obligatoria, ¿cómo negarse?, compran camisetas, “compre, compre”, como decía Cucharada. Una vez la masa uniformada y perdido el decoro cualquier cosa es posible, la crisis dejó de existir y la felicidad inundó las almas. Los nuevos creyentes creyeron entonces sentirse iguales ante su gran manto: blancos (de piel), negros, cobrizos y amarillos, ricos, pobres, igualados por los colores de una misma camiseta. La democracia verdadera, no la que pregonan los de “Democracia real, ya”, no la que nos obliga a ir al colegio a votar. Ésta es la verdadera justicia, creyeron, el fin de las clases sociales bajo un manto azulgrana, como un nuevo cristianismo, ahora sí, el fin del marxismo y de la lucha de clases. Todos igualados por los cantos, tan diferentes sin embargo a los que en su error decidieron vestirse de blanco, como no podríamos serlo, ante semejantes horteras, nosotros, por Dios y por Messi, nosotros somos los elegidos, y vestimos la camiseta más bella del Emirato de Qatar. ¿Que se han creído?, ¿quiénes? Pues los que adoran al horrible monstruo a quien Dios guarde muchos años, Mou el necesario que acrecienta nuestros odios.

Este año también dormimos en el olimpo de los elegidos, y te obsequiamos, ¡Oh rey honorable de nuestra patria, príncipe de la nostra, conde del nostre, jefe de nosaltres, barbilla displicente, que en la noche oscura vistes corona y manto de armiño del color de las banderas de los balcones! A ti, el nuestro, digo, te obsequiamos este triunfo mientras te miras en el espejo y un tropel de castellers untados con pancontomate te rinden homenaje en ceremonia retransmitida por la televisión obligatoria para entrar en el reino cuatribarrado de los cielos. Y mientras la hortera marea que quisiera soñarse Dolcegabanna, por la calle se desparrama, la nación gana, y galopándola los nacionales de la cosa babean y se ciscan por lo bajo en esos súbditos allá abajo que tuercen el gesto pero poco, pues les han regalado un pack con dos banderas, una azulgrana y una señera, un bocadillo de butifarra en pan con tomate, y los nuevos mandamientos para ser un buen nativo aunque no lo seas ni nunca lo vayas a ser, ni falta que te va a hacer.

El sentido común se escondió bajo un banco de la plaza de Cataluña, primero dudó en hacerse como todos con una bufanda ganadora, pero luego optó por dormir con los acampados, pues al menos eran más reacios a manipular banderas.

El mundo va deprisa en las últimas fechas, por no haber no hay ni sol, y ahora hablamos de pepinos envenenados. Todo es cada vez más extraño, pero mientras sigamos triunfando en el césped el arrollador devenir de los tiempos nos respetará.

La laguna negra del pesimismo no es hermosa como la de los Picos de Urbión

Los datos y las noticias  sobre la actualidad internacional, nacional, autonómica o local forman una masa que se amontona y se apreta sobre el embudo de nuestro entendimiento hasta el punto de pudrirse y destilar las gotas que alimentan nuestro ánimo, siempre, salvo algunas que nos reconcilian con el individuo, van a parar a la laguna de negro pesimismo que se aloja en el fondo de nuestro estómago, donde con el bamboleo de nuestros pasos nos recuerda con dolores su existencia.

El mundo sigue igual que siempre, si a comportamientos humanos se refiere, somos esclavos de las mismas miserias, de los mismos errores, también de las mismas grandezas.

Haré, sin pensarlo mucho, porque no es necesario bucear mucho en la laguna para encontrarlos, una pequeña lista de hechos que corroboran mi percepción:

1. El mundo está tan superpoblado que además del agobio de encontrarnos con tanta gente por nuestras aceras, es difícil no pensar en que dentro de no muy poco tiempo no habrá suficiente especio ni recursos para que estemos, nos desplacemos y nos alimentemos todos en la Tierra.

2. La injusticia sigue vigente, aunque quizás nunca ha sido tan evidente si miramos la diferencia que existe entre la magnitud de lo que posee un sector muy pequeño de la sociedad mundial y lo poco que posee la inmensa mayoría de los habitantes de un mundo nunca tan poblado.

3. No se si volverá a haber guerras como las de antaño, no lo creo, pero la desesperación de miles de individuos por si solos u organizados bajo las siglas más interesadas, hostigará de mil maneras a aquellos que envidian y a todos lo que les rechazan, y con ellos iremos el resto, pues sin duda seremos todos quienes lo paguemos.

4. Los bancos amenazan que si no aumentan o mantienen sus ganancias arrastraran a la economía y por tanto al mundo en su caída. Los parados se quejan pero no pueden amenazar más que a unos pocos, casi siempre a sus más cercanos. Los estados no muestran su impotencia a las claras, si no que se dejan llevar y hacen caso a los bancos y a las grandes empresas, y sobre todo a otros estados más poderosos.

5. Los particularismos y las mentiras se extienden por la vida política, y en el caso de la española, nacional o autonómica, con excepcional dedicación. Ya nunca viviremos en un país donde lo importante sea vivir, sino discutir sobre como queremos vivir y algunos sobre lo diferentes que son a sus vecinos autonómicos, lo cual es evidentemente materia celestial y cuestión de fe, y que nos resta todo el tiempo necesario para la vida normal, para disfrute de los teóricos que construyen naciones y basan en esto la felicidad soñada que tan ciegos, sin saberlo o interesadamente, no ven que ya la tiene delante. Los españolitos, o perdón, los ciudadanos autonómicos, perplejos, o no avisados, o se dedican a cultivar tomates o se lo creen tanto como los embusteros que los jalean para participar en sus quimeras, y así estamos, sumergiéndonos en el disparate en el que muchos preclaros con gusto bucean.

6. Y finalmente una de grandeza. María es una chica sincera que de chiripa ha sorteado los cantos de sirena y las zancadillas de los bocazas en su caminar diario. Es una chica normal que no destaca especialmente, pero que sonríe como a lo largo de toda su vida ha hecho, y esa sonrisa que es su fuerza es la que me hace tener esperanza de que a pesar de todo hay personas  de naturaleza optimistas que pueden empujarnos al resto y nos hace olvidar a los memos y a sus razones embusteras. Por que algo me dice que cuando su sonrisa se extiende por las habitaciones de las casas y por las calles, que ni los políticos ladrones, ni los banqueros en su blindada nube, ni los gobernantes inútiles, ni las naciones sin estado que se inventen mañana, ni los bobos que se creen lo mejor del mundo, ni Al-Queda o  sus compañeros de métodos defensores de otras etnias o religiones podrán con esta sonrisa ni con mujeres como ella, pues aunque aquellos ganen, nos maten o nos hieran, siempre habrá una sonrisa como la de ella para mostrarnos que sigue habiendo personas que sin saberlo diariamente nos redimen y que, a la vez, engrandecen la especie humana, aunque sean sólo momentos.

Pensión completa

El hotel es grande, aparentemente moderno y la piscina uno de sus centros, el otro es el gran comedor con dos autoservicios que ocupa buena parte de los sótanos. Vamos a dormir aquí dos noches. Pieles de variadas nacionalidades se dejan quemar por el sol de la tarde, o de la mañana, aunque mejor sería decir que de la mañana, el mediodía y la tarde. Las tumbonas y las sillas son a menudo territorios privados mientras dura el sol, a veces adornadas con una toalla durante todo el día. Son toallas sufrientes bajo el sol que las calienta hasta secar sus fibras ya cercanas al incendio. Y mientras, sus dueños se bañan, o también pasean, o vegetan lejos de su colorida tela. Cuando llega la hora de la comida la piscina comienza a despejarse y entonces es posible bañarse con una cierta holgura. Nosotros esperamos hasta las dos y cuarto pues a las dos y media ya no se puede entrar. La comida es abundante, y el paladar debe ser de goma para limitarse a tragar y a guardar energía para resistir el sol, pues todo rastro de deleite debe ser desterrado. Comer se convierte entonces en un apreciado entretenimiento entre chapuzón y chapuzón, una apoteosis del divertimento, donde todos vamos y venimos al y del autoservicio a coger platos constantemente, para amontonarlos, casi nunca vacíos, en una pila sobre la propia mesa, e iniciar después un nuevo viaje al escaparate de libre acceso con la esperanza de encontrar alguna cosa que nos satisfaga más después del habitual chasco.

El desayuno en nuestra primera mañana se inicia con la búsqueda de un sitio donde instalarnos, búsqueda que se convierte en sorda lucha con otros individuos de piel roja o blanca -dependiendo ésta de su antigüedad en el establecimiento- para encontrar donde depositar la bandeja con los distintos trofeos recién cobrados en el muestrario de comidas. Cuando vuelvo de mi primera incursión de ponerme mi primer café  casi choco con una mujer con los ojos como platos que lleva en la mano un plato con un churro gordo y una salchicha camino de su mesa, y en el fondo celebro esta fusión que destruye cualquier orden a la hora de engullir y que resume perfectamente la esencia de las costumbres ajenas, de las costumbres adoptadas: el churro y la salchicha como seña de identidad, me entusiasmo, estoy por apuntarme e incluso de dibujar los dos alimentos y enarbolarlos cruzados como escudo de una hipotética bandera que tape las que yo se me: reino de la ciencia-ficción, no habría manera de construir un nacionalismo con semejante escudo. Mientras pienso en que orden se habrá comido la mujer el churro y la salchicha, engullo, acuciado, por la posibilidad de hacerlo, tres croissants, dos cafés con leche, una magdalena, un café con leche, un croissant, un bocadillo de salchichón y un café con leche, por este orden. Estoy satisfecho y listo para lo que me echen en el recinto carcelario pero sin rejas de la piscina.

Esta piscina con forma de ocho sin agujeros en el centro es con diferencia el lugar donde más tiempo hemos pasado, al margen de las horas de sueño que en este caso no cuentan. Todos realizamos aquí un baile ordenado con los mismo pasos, que van y vienen entre la piscina, las hamacas y el perímetro del ocho, con sonrisas a los niños y amable comprensión ante el vecino. Muchos al mirarnos parecemos decirnos con los ojos que nosotros en realidad preferiríamos estar en otro lado, pero que estamos aquí por los niños. Y es verdad, pero aquí estamos, celebrando, penando.

Entre pelotas azules de Nivea, chapuzones que desalojan agua y salpican en cantidad inversamente proporcional al peso del individuo bomba que se arroja, manguitos y flotadores varios, los niños mandan y vaya si mandan, sobre todo los nuestros. Somos esclavos y mi espalda ha reposado sobre las tumbonas escasamente cinco minutos entre los dos días, pero lo he hecho con gusto, que remedio, yo en realidad hubiera querido estar en una habitación sombreada, eso como mínimo, mientras el sol se aprovechaba de los habitantes de las tumbonas, de los bañistas.

Los tatuajes abundan entre hombres y mujeres, entre los nacionales como en los foráneos, en las piernas, en los brazos, en la espalda y en el torso, y más ya no pude ver, aunque ni siquiera trato de imaginármelo. Oigo hablar en holandés, en francés, en italiano, en ruso, en ucraniano (supongo), en inglés, y en español, no tan claro, también en catalán, poc, es clar. La playa está a dos pasos pero aquí las bebidas son baratas, y más si las compras en el súper que hay cerca de la entrada en el que solo venden bebidas y algún ligero tentempié.

Por la noche, cuando llegamos de pasear entre puestos y atracciones como si de una verdadera Feria se tratara, actúa el dúo Jazmín, y una tropa de jubilados de Santander baila acompasada música country, salsa, disco y folklórica demostrando que no es la primera vez, ni siquiera la décima que lo hacen. Tomamos un café en la terraza del bar que da a la piscina antes de subir a la habitación y en los balcones las toallas de playa colgadas de las barandillas doradas prácticamente cubren la fachada, son las verdaderas banderas de éste y de todos estos establecimientos.

Al siguiente día, una masa sin forma ni orden tiene tomada la recepción. Son gente que llega y gente que se va. Nosotros nos vamos hoy, dejamos nuestra habitación non stop a nuevas pieles blancas mañana acangrejadas, las barandillas doradas del balcón a otros colores de toallas de playa y nuestro sitio en el comedor a merced de nuevos devoradores de comida en su más alimenticio y exuberante término.

Me voy y ya se me ha olvidado de donde acabo de salir. Hoy lo recuerdo porque me pregunto donde he estado este fin de semana. Y ya pasado me doy cuenta de que no necesito volver, aunque el lugar cumpla a la perfección lo que antes de ir le pedí: piscina y aqeuímelasdentodas. Por tanto, perfecto. ¡Hasta nunca!, o puede que, ¡hasta la próxima! Llegada una determinada edad, uno no pude asegurar taxativamente lo que hará o lo que no hará.

Iba a escribir de futbol

Iba a escribir sobre las celebraciones futbolísticas de estos días en los que,  mira tu por donde, el Barça ha ganado tres copas, o así. Iba a hablar de la épica, de las masas, de su utilización política, de su utilización mediática, de la omnipresencia del fútbol, de la adscripción obligatoria por omisión a un equipo o pensamiento si no te manifiestas a favor del que te pregunta, es decir:
– ¿Eres del Barça?
– No.
– O sea que eres del Madrid.
– No yo soy de Marte, me repelen las neuronas que producen en ti esas preguntas y no hablaré un segundo más de tamaño despropósito.
– ¿Entonces eres del Español?
– …
– ¿Del Valencia?
– …tengo caca.

Es algo así como cuando un nacionalista te dice que si no eres nacionalista catalán, por defecto eres nacionalista español, como diciendo:

– Si me jodo yo nos jodemos todos, listillo.

Y ante tamaño desparpajo a ver quien es el guapo que le dice:

– No, yo soy de Marte, me repelen tus neuronas cuatribarradas y además no seguiré hablando ni un segundo más de tamaño despropósito.
– ¿O sea que eres nacionalista marciano?
– …
– Ya se, eres del PP.
– … límpiate el culo tu solo, rico. (Por decir algo).
– Lo sabía, eres del PP.
– ¡…gensanta! (como diría Forges). Tengo caca.

Sobre esto iba a escribir pero he renunciado a ello, odio caer en tópicos fáciles o generalizaciones mentirosas. Creo que me falta la bacteria, perdón, la neurona del entusiasmo colectivo, que lo vamos a hacer, pero además es que no me apetece ahora devanarme los sesos para explicar los sentimientos y las sensaciones que me produce todo este fenómeno colectivo.

¿Qué hacer entonces? Pues hablar de amor, de sexo y de rock’n roll.
Y eso es lo que voy a hacer. ¿Lo voy a hacer? ¿No es todo lo mismo? Bueno, trataré de hablar de esto, veré hasta donde llego.

Si escucho determinadas canciones mi cabeza se completa con una espuma suave, medio oscura y medio blanca, medio caliente y medio fría que después envuelve mi cuerpo, nuestros cuerpos. La penumbra, siempre la penumbra donde la visito, donde la luz mate de su cuerpo se muestra como una constelación lejana y cercana al mismo tiempo que me captura en su campo gravitatorio y me condena a navegar por la eternidad de su cuerpo.

¿Y el rock’n roll? “Time waits for no one”. La escucho y me hace pensar, no por nada en concreto, es lo inexplicable de la música, tal vez porque también es un refugio que nos acoge, que nos enaltece, que nos excita, que nos tranquiliza, que nos acaricia, ¿no es eso amor en el recuerdo y en el deseo que provoca?, ¿no es eso sexo a la espera? ¿no le ponemos a las canciones que nos golpean un sujeto que se parece a quien queremos? Bien, es una forma de enriquecer nuestro tiempo, de estar cuando no se puede estar, de recorrer los misteriosos caminos no trillados que la vida nos regala, o para ser modesto, con los que nos encontramos, en los que creemos descubrir algo ignoto, nuestro, tan personal que nos creemos los únicos en llegar a este paraje inexplicable de lo sensorial. Y sin embargo, se que esto es un consuelo, bello pero un consuelo que no puede extenderse por mucho tiempo. La escritura se alimenta de miradas, carne, palabras, sudor, caminos, lunas, ríos, sonrisas, soles, lágrimas y pelos entre millones de cosas más, y eso son los elementos de la vida que nos hieren y acarician, así de tópico, también así de cierto, aunque solo existirán algunos que volverán blanco celestial el interior de nosotros por minutos, con suerte por horas, y muy excepcionalmente por días, y eso son muy pocos, escasos, como Odiseas que justifican nuestra paso por la vida.

Ante las vacaciones

Ante las vacaciones todos nos pertrechamos, estrenamos vigor, creemos emprender un viaje sin retorno aun sabiendo la falsedades que se esconden tras los grillos diletantes y el sol cegador del mediodía, pues al final siempre se nubla y los grillos se acuestan con la mañana, pero nosotros, ahítos de esperanzas infundadas nos ponemos nuestras bermudas abolsilladas cual fusil en un viaje de exploración por el África Oriental a mediados del siglo XIX, y allá vamos, frustrados ante la primera parada del atasco que nos lleva a todos fuera de la ciudad. Pero sabemos que más allá, por encima de las miles de capotas brillantes de los coches y los cristales ahumados de los mil autobuses enfilados está el paraíso, incluso vemos el ramaje grueso de un arboleda, ¡ay, de un verde desvaído!. No lloramos, sería desolador para nuestro ánimo emprendedor reconocer tal error repetitivo también de este año, la ratonera de la que al final escaparemos para volver, y seguimos, ponemos música, vamos a por nuevos recuerdos, vamos a pasarlo bien, vamos a hacer nuevas fotos de los nuevos paisajes, vamos, vamos, ¡todavía no paramos niños!, ¡esperad un poco!, ¡y pensar que ahora hay gente trabajando mientras yo conduzco dueño del mundo!. Benditas vacaciones, quiero volver ya, pero ahora irme de nuevo, con un nuevo cuerpo, un nuevo cuaderno, ahora ya sin prisa, vagabundo incrédulo ya de todo, por fin libre, ahora ya en la más absoluta de las miserias, ésta sí, auténticamente infeliz, pero ya no me exijan nada.