Barça, no hay nada más

Crisis, acampadas, sol, frío de nuevo, lluvia, y de nuevo sol, y ahora nubes negras, pero fútbol, más fútbol, Barça, más Barça, brutalidad policial para dejar la plaza de Cataluña a los nuestros y echar a tanto guarro que nunca nos votará, pero eso son noticias pasadas, ahora lo son las banderas del fútbol en los balcones, y también las de la patria, la nostra claro, con estrella y sin ella, en los mismos balcones, como en el Corpus, pero en Barça, en Cataluña.

Los legionarios de la conquista balompédica hacen del autobús publicitario donde viajan, su arco de triunfo, y mientras, beben cerveza y cava. A su paso las masas gritan, se disfrazan, los padres llevan a sus hijos de la mano a bautizarlos en la nueva religión obligatoria, ¿cómo negarse?, compran camisetas, “compre, compre”, como decía Cucharada. Una vez la masa uniformada y perdido el decoro cualquier cosa es posible, la crisis dejó de existir y la felicidad inundó las almas. Los nuevos creyentes creyeron entonces sentirse iguales ante su gran manto: blancos (de piel), negros, cobrizos y amarillos, ricos, pobres, igualados por los colores de una misma camiseta. La democracia verdadera, no la que pregonan los de “Democracia real, ya”, no la que nos obliga a ir al colegio a votar. Ésta es la verdadera justicia, creyeron, el fin de las clases sociales bajo un manto azulgrana, como un nuevo cristianismo, ahora sí, el fin del marxismo y de la lucha de clases. Todos igualados por los cantos, tan diferentes sin embargo a los que en su error decidieron vestirse de blanco, como no podríamos serlo, ante semejantes horteras, nosotros, por Dios y por Messi, nosotros somos los elegidos, y vestimos la camiseta más bella del Emirato de Qatar. ¿Que se han creído?, ¿quiénes? Pues los que adoran al horrible monstruo a quien Dios guarde muchos años, Mou el necesario que acrecienta nuestros odios.

Este año también dormimos en el olimpo de los elegidos, y te obsequiamos, ¡Oh rey honorable de nuestra patria, príncipe de la nostra, conde del nostre, jefe de nosaltres, barbilla displicente, que en la noche oscura vistes corona y manto de armiño del color de las banderas de los balcones! A ti, el nuestro, digo, te obsequiamos este triunfo mientras te miras en el espejo y un tropel de castellers untados con pancontomate te rinden homenaje en ceremonia retransmitida por la televisión obligatoria para entrar en el reino cuatribarrado de los cielos. Y mientras la hortera marea que quisiera soñarse Dolcegabanna, por la calle se desparrama, la nación gana, y galopándola los nacionales de la cosa babean y se ciscan por lo bajo en esos súbditos allá abajo que tuercen el gesto pero poco, pues les han regalado un pack con dos banderas, una azulgrana y una señera, un bocadillo de butifarra en pan con tomate, y los nuevos mandamientos para ser un buen nativo aunque no lo seas ni nunca lo vayas a ser, ni falta que te va a hacer.

El sentido común se escondió bajo un banco de la plaza de Cataluña, primero dudó en hacerse como todos con una bufanda ganadora, pero luego optó por dormir con los acampados, pues al menos eran más reacios a manipular banderas.

El mundo va deprisa en las últimas fechas, por no haber no hay ni sol, y ahora hablamos de pepinos envenenados. Todo es cada vez más extraño, pero mientras sigamos triunfando en el césped el arrollador devenir de los tiempos nos respetará.

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¡Es que nosotros somos diferentes, oiga!

Que curioso es todo, que diferentes las cosas, las personas, pero que iguales los autobuses que nos llevan y los cuerpos blancos, morenos o negros. Que diferente la evolución y el desarrollo de las costumbres, de la solución de los problemas, pero que iguales las preocupaciones por el trabajo, el pan, los hijos, la dicha, la guerra o la violencia. Que diferentes las banderas, y sin embargo, que limitadas e iguales todas, siempre rectangulares, con colores elegidos de una dada gama que de forma distinta se combinan. Que diferentes los pueblos y ciudades, pero que iguales las ratas y las líneas del asfalto de las calles. Que diferentes los fríos y los calores secos o húmedos, pero que iguales las camisetas de manga corta y las pellizas. Que diferentes nuestros sufrimientos y placeres, pero que parecidos nuestros dolores de muelas, nuestras decepciones personales, nuestros enamoramientos. Que diferentes nuestros wáteres pero que iguales nuestros acuclillamientos en la taza o sin ella. Que diferentes nuestras salsas, pero que iguales nuestras formas de mojar el pan en los platos. Que diferentes nuestras patrias, pero que iguales nuestros líderes que nos engañan y nos distraen de nuestros dolores, de nuestros amores y de nuestras salsas.

Malditos aquellos que priman las diferencias para agrandarlas enterrando todo lo que nos iguala aún siendo tan distintos, sólo por avaricia, por ansias de poder y por demostrar que son los más patriotas luchadores de su diferente tierra que también forma barro cuando se moja, los odio.

Los papeles de Wikileaks

Estoy leyendo estos días todas estas nuevas noticias, ¿nuevas? Sobre los despachos, informes o cables de las embajadas de Estados Unidos repartidas por el mundo, a su Departamento de Estado. De repente me parecía como si estuviese asistiendo a la apertura del sobre con la carta donde se explicaba el tercer secreto que la Virgen de Fátima contó a las pastorcillas, o la prueba definitiva de que hay vida en Marte, e incluso discotecas subterráneas que algunos astronautas terráqueos ya han visitado.

Leyendo ese cúmulo de papeles hemos visto confirmada la existencia de un mundo subterráneo, pero bajo ésta nuestra Tierra, que el ciudadano no conoce más allá de los comunicados oficiales de los gobiernos, las fotografías de seres sonrientes que se dan la mano tras entrevistarse y que intentan plasmar en esa pose, la transmisión de una idea sobre por ejemplo la buena sintonía entre sus dos países, o bien los discursos siempre contenidos, bien trabados y plagados de tópicos y sobre todo tan aburridos, con los que nos obsequian nuestros representantes políticos habitantes ya de otra galaxia en la que se establecieron huyendo de nosotros, que nunca sabremos entender las supremas razones que explican sus actuaciones, que siempre son, claro, en pos de un interés superior a nuestras mezquinas exigencias de justicia básica, a nuestra fea costumbre de no entender la “complicada” realidad que ellos si entienden, porque el mundo es “complicado” y no tan “de cajón” como el que podemos ve en nuestros trayectos diarios de nuestra casa al trabajo.

Es éste un espectáculo esperanzador, pues al contrario de lo que se dice, creo que humaniza a políticos, embajadores, jueces, fiscales, guerrilleros, primeras damas, hombres fuertes en la sombra, ulemas, militares, presos, mafiosos, sacerdotes, etc. Todo lo que sospechábamos y que ya habíamos aceptado nos escondieran, aceptando nuestro papel de comparsas, pues bastante tenían con lo suyo, resulta que ahora podemos verlo, leerlo y escucharlo como aquel diablo cojuelo que levantaba los tejados de Madrid para mostrarnos lo que pasaba bajo ellos. Y ¿qué descubrimos?, pues que tienen opiniones como nosotros más allá de sus gobiernos, que nos son tan rectos y sin alma como parecen, que son mezquinos y también agudos, que no se dejan llevar por sentimentalismos cuando del prójimo se trata, que son egoístas y también ensimismados, que detectan las pasiones humanas y sus debilidades, también del prójimo. Que son envidiosos y exhaustivos, en fin, que se parecen mucho a nosotros, y que, en definitiva, son tan simples como nosotros, tanto, que también mienten, y mucho, como nosotros.

Pero si, somos muy iguales, nos escandaliza lo que descubrimos en ellos, tal vez porque en el fondo habíamos depositado en ellos nuestra confianza y queríamos que fuesen realmente distintos. Queríamos creernos sus discursos y el mensaje de sus fotografías, porque necesitábamos creer en un mundo mejor, y sin embargo, aun con la buena noticia de poder saber lo que pasaba, de sentirnos más libres por ello, en el fondo también nos apena que sean como nosotros, aunque tal vez, ahora que parecen descubiertos cabe la posibilidad de un mundo más sincero en el que desaparecieran los dobles raseros y el mensaje soterrado de los gobiernos, de los jueces, de los bandidos, de los religiosos y de sus embajadores, aunque ya sabemos que esto no va a ser así, pues derrumbada la antigua torre, ya estamos asistiendo a la construcción de una nueva donde todos quepan de nuevo, y ahora, no nos engañemos, sabrán que no se les debe escapar nada, pues peligra su distinción, y para eso si que no están entrenados, nosotros sí, y por eso no nos queda más remedio que aceptarlo, tal vez porque al final somos más sabios, pero también más confiados, y eso ellos si que lo saben.

Dachau – Alemania

Dos filas de grandes chopos se inclinan a la vez ante el viento. A ambos lados de ellos se alinean los cimientos de lo que fueron barracones ordenados en cuadrícula con un ancho espacio entre ellos. Caminamos fijándonos en los paneles que informan mediante textos y fotografías de lo que allí había, del horror que uno imagina. De la desesperación de estar allí sin saber al principio por qué, pero por haber nacido con unas determinadas características, por pertenecer a un determinado grupo humano, por oponerse. El horror de que nadie supiese al otro lado tu paradero, del horror de dejar de ver a tu familia, de repente separada al llegar al campo, a tus compañeros y amigos, de no verlos nunca más, del horror de ver el cielo y los árboles más allá de las valla y muros, de ver a niños que juegan ignorantes -o tal vez no tanto- de donde estaban, de saber que no podrás salir, que no hay pena que cumplir.

Sopla el viento en esta mañana gris como este campo de concentración nazi, en este gran descampado cuajado de rectángulos donde se alzaban los barracones donde vivió tanta gente hacinada esperando la muerte, muchos aletargados en la desesperación,  anestesiados por la desesperanza que el tiempo estira indolente, muchos deseando un final, el que fuese. Al cruzar un arroyo caudaloso bordeado por muros y fosos llegamos por fin a una de las entradas a ese final presidida por el engaño, por el eufemismo malvado, y un pavor que se retuerce y se adivina como una niebla sólida y transparente en la habitación de espera, no muy grande, y en la habitación con la palabra ducha sobre la puerta desde cuyo techo, una vez cerrada, se desprendía el gas mortal que pensaban agua los cientos de personas hacinadas y ya desnudas que en turnos esperaban un alivio de limpieza, tal vez algunos más tarde deseando que fuese gas para terminar de una vez. El horror de nuevo más allá, en los hornos donde quemaban tanta carne, donde hacer desaparecer tanto volumen humano para hacer sitio a más carne, y las pruebas de la ignominia de ese comportamiento humano que algunos hoy no quieren creer, como si no se hubiesen producido horrores parecidos desde entonces en el mundo, quizás, es verdad, no tan bien organizados, quizás no tan perfectamente planeados. Y uno imagina y se horroriza una vez más, y mira fuera de los muros para intentar comprender a los de fuera, al pueblo llano: ¿Sabían? ¿Desconocían? ¿Imaginaban? ¿Lo entendían? ¿Sufrían? ¿Temían? ¿Miraban hacia otro lado? Cómo si no se hubiesen repetido masacres, matanzas, encierros, exterminios, silencios culpables, complicidades desde entonces, como si los humanos no fuésemos también esto, el lado oscuro de todo esto. Estos lugares hay que verlos, tal vez para tenerlos presentes, tal vez para que muchos nos propongamos negarnos con nuestra vida a que se repitan. La cobardía es la culpable de todo ello, la cobardía y el lado oscuro del ser humano, la maldad, el orgulloso desdén hacia la complejidad del mundo de aquellos que tiene siempre una solución para todo, cuanto más drástica mejor para arrancar sus problemas de raíz, y para seguir atemorizando y que ese miedo sea su pedestal y su castillo inexpugnable.

Recorro este campo inmenso de Dachau donde los nazis encerraron, maltrataron y asesinaron organizadamente a tantos miles de judíos, gitanos y alemanes opositores o sospechosos de serlo a su régimen, y siento que después del horror tenemos que ser sobre todo valientes, como en cualquier actividad de nuestra vida, pero mientras, recordemos que nosotros mismos estamos manchados por ese lado oscuro, por el que algunos exhiben orgullosos y por el que a veces desconocemos o escondemos para que no nos lo descubran. Ese es el que tenemos que extirpar para siempre de cada uno de nosotros.

Creo que la dignidad del hombre se salva un poco siendo capaz de mostrar al mundo el horror que muchos hombres fueron capaces de concebir y llevar a cabo. Aun teniendo en cuenta los avatares históricos que llevaron a la conservación testimonial de los campos de concentración nazi, Alemania me parece ejemplar hoy por mostrarlos.

La sentencia del 11M y los que mintieron continuan mintiendo

14 de marzo de 2004 en la Puerta del Sol

Llama la atención como en los tres años largos desde los atentados en Madrid, los mismos que nos mintieron a todos los españoles y al mundo: el gobierno del Partido Popular,  insistiendo y presionando en que había sido ETA, para evitar así, según sus enfermizos cálculos, que el electorado pensase que la masacre se debía al apoyo del gobierno de Aznar a la invasión de Irak junto a Estados Unidos y el Reino Unido, hoy, y después de tres años de insidias, mentiras, utilización irresponsable y sin verguenza de la victimas del terrorismo, fabricación de teorías conspirativas ayudados por la terrible voz de Jiménez Losantos y su adláteres con el beneplácito de la Santa Madre Iglesia, sección Conferencia Episcopal Española, hoy, digo, que la Audiencia Nacional ha dictado sentencia que confirma la autoría de los islamistas radicales y que ETA no tuvo absolutamente nada que ver con aquello, ahora, el Partido Popular, en boca de Ángel Acebes, dice, que ellos siempre han créido en la autoria de Al Qaeda. Lo dicho, nos siguen mintiendo. Y es que no escarmientan, lo cual, según su aparentes creencias, les llevará directamente al infierno sin remisión, pues no han variado su comportamiento desde entoces y siguen pecando. Claro que, a lo mejor, su supuesta religiosidad no es más que de boquilla y de procesión con toquilla, y también aquí nos mienten. Allá ellos, mientras no nos olvidemos de su comportamiento antes y ahora. Ojala eso sirva para que nos libramos de tenerlos en el poder  para siempre.