La lagartija

La tierra se había endurecido tras las grandes lluvias que lo cambiaron todo. Al secarse, los charcos habían formado un relieve nuevo. La humedad y la tierra arrastrada lamían las casas. En su discreción, el silencio cubría las calles, y todo era feo.

Aquel hombre parecía ausente. Tan sólo le irritaba no tener café por las mañanas, pues la tienda y el bar habían cerrado. Caminó hasta el lugar donde vio a su hija por última vez, y recordó de nuevo el barro paralizante bajo el diluvio que le impidió llegar hasta ella; vio su mirada y sus brazos esperando que él la agarrara, después, jamás volvió a verla. La buscó sin parar durante días. Ahora volvía cada mañana al mismo lugar donde dejó de verla. ¿Qué le importaba no tener futuro en el que pensar?

Una lagartija asomó por el agujero de un ladrillo roto y se detuvo complacida bajo el sol ardiente. Los dos se miraron. La lagartija se alejó confiada y él la siguió con la mirada hasta donde la niña había abandonado su lugar en la Tierra. Se paró y le miró antes de desaparecer en el hueco de la huella de una sandalia.

No podremos seguir en el cielo

Si estás arriba la muerte se aleja, como tu cuerpo de la Tierra. Por eso creemos en el cielo, a salvo del suelo. El cielo es la salvación, allá donde algunos nos dicen que vamos tras rebotar sobre la superficie donde se nos entierra. En el cielo aún nos mantenemos vivos diez segundos, sabiendo, agonizando, mientras vamos cayendo hacia la muerte cierta. Segundos ya para el final. La mente sigue funcionando o tal vez desenganchándose rápidamente para no sentir nada, sabedora ya de su parálisis próxima y fatal: la tragedia que nunca se desarrollará en la conciencia de un protagonista que sera ya inexistente, y el suelo se acerca. Ahí lle…

(Tras ver el video y escuchar la conversación entre dos pilotos de un F5 español, minutos antes de chocar con la Tierra. El País 19 de mayo de 2014)

Atocha→Alcalá – 33 minutos

Atocha 23:25

Madrid noche marrón

de farolas de luz difuminada

la gran estación casi vacía

 

ya partieron  los trenes repletos de esperanzas,

despacio, bajo un tupido techo de cables

rodamos sobre raíles que alguien nos abre

para encontrar el rumbo cierto

cruzando sobre mil destinos en la noche española

 

rechinando pesado y blanco

el tren cruza sobre la ciudad latente

que ansiosamente miro

salpicada de oscuridades.

 

El Pozo del Tío Raimundo

recién pasada Entrevías

es la noche de viejos barrios nuevos

que cruza la M40 de aguas oscuras

alguna luz cansina la navega.

 

Y el ruido del viaje

en las ruedas de hierro se depura

bajo el vagón blanco

que de nuevo frena

 

Vallecas ahora

más allá de los áridos descampados

es Lola con  su bata blanca

y su risa ambulatoria

en su inmersión diaria de vida

 

en este barrio afamado

de mala fama antigua

hay mil luces encendidas,

por la puerta que se abre

a la noche azul cielo

un frío cortante

que querría acompañarme.

 

Pasa repentino un tren inacabable

veloz y pesado de coches cargado

en vagones de amarillo intenso

por el ancho río de raíles brillantes.

 

Se cruzan, intuyo,

las almas que perdidas vagan

algunas certeras acuden

al brillo de unos labios

o atrapadas por una misteriosa mirada.

 

La inexistente mole negra de la fábrica de cemento

la traspasan hoy largos bloques

de iluminadas ventanas

el tren corre tras Vicálvaro

por los intersticios negros

de un Madrid que se escapa

y que ilumina el cielo.

 

Las antiguas estepas,

donde antes verdeaban los juncos

son hoy dóciles parques,

junto a casas nuevas.

 

Pasamos Coslada

más allá camiones que son cajas

naves que son más cajas,

una gasolinera en la colina

y por encima, como soles,

las potentes luces de Barajas.

 

Ya se ve la doble fila de aviones

que aterrizarán gemelos

sus blancas luces suspendidas

se aproximan por mi derecha,

por mi izquierda sus luces rojas

casi tocan ya el suelo.

 

Los viajeros que aquí suben llevan el cuello subido,

incluso alguno bufanda

en San Fernando, el ruido de los aviones

es una sintonía en punto

que suena cadenciosa

cada medio minuto,

cada minuto.

 

¡BRUAAAAAaaasscheeeEEEeee!

sobre nosotros,

¡Otro!

 

Tras la estación,

el río Jarama

oscuro de noche y de  chopos

resguardando patos blancos

escondidos en sus orillas.

 

Las luces de la M45 pespuntean el horizonte

de kilómetros de almacenes, fábricas y  talleres

Torrejón, el pueblo más feo del mundo

y probablemente no es así.

 

La Base de Torrejón dieciocho meses de azul

en la helada pista de la noche de la gran meseta

ahora ya no hay americanos,

no hay zippos, ni hamburguesas.

 

El destino se acerca,

en la ladera oscura del  Viso

las antenas de luces rojas,

tras el Torote La Garena

esta nueva Alcalá con el Corte Ingles su nuevo templo.

 

Llega la hora

en este cruce

en la mitad justa del universo

termina este viaje en la noche

 

Siento que no existe el tiempo

aquí están mis amigos

en la estación roja

junto a la pared me esperan

aquí estoy de nuevo,

 

se abren las puertas

al fin sus graves caras

alguien nuestro que no está

está con ellos, conmigo

abrazos, besos

pasos lentos.

 

Estoy en Alcalá de Henares, 23: 58

hace unas horas que Lola ha muerto

 

29 de octubre y 4 de noviembre de 2008

 

 

 

Ella que debía reinar

Voy camino de Madrid en este tren al que mueve la gran prisa. Es un inesperado e indeseado viaje. Delante de mi un grupo de chicas que vienen de un cursillo, pongamos que en Mango, hablan de ventas y motivación. La gente, poca en este miércoles mojado y definitivamente trastocado por la muerte que todo lo para, habla por teléfono, lee o ve la película. Fuera, la oscuridad, el paisaje inexistente, solo la vista interior de este vagón neutro blanco y azul donde escribo tratando de entender lo incomprensible y las ventanas que me devuelven mi imagen sin posibilidad de escape. No puedo pensar con agilidad aturdido por la extrañeza de la muerte y las imágenes de su vida que recreo. Es como estar suspendido del aire aun rodando por los brillantes raíles en la noche fría iluminados por la luna.

 

Nos creemos jóvenes y probablemente lo somos, así lo sentimos, yo lo siento, y de repente parecen comenzar a morirse los que, por edad, deberíamos ser los responsables del mundo, ya no son sólo los abuelos o los vecinos viejos, ahora también los que nos acompañaban desde que iniciamos imparable la conquista de ese mundo con toda la energía, entonces plena, de nuestra juventud sin arrugas, orgullosos de nuestro humor derrochado a conciencia, buscando el goce tan poco gozado, exhibiendo ideas revolucionarias recién descubiertas y en tantos lugares ya obsoletas, desprendiendo ilusión, y a veces también sinsabores y creyendo saberlo todo, sin saber que era imposible no comenzar a olvidarlo antes de conseguirlo. Y ahora se nos mueren los mejores, se nos muere ella, la que merecería reinar, la única que de buen grado aceptaríamos en este reino.

 

Mientras, este tren corre hacia “Madrid, que bien tu nombre suena”, -como diría Antonio Machado y  Lola corroboraría-  y me acerca raudo a trozos de mi vida que dejé atrás, si es que alguna vez se deja algo atrás, y no, como creo, al lado mismo de nosotros como en un gran bolsillo de donde sacamos lo que necesitamos e incluso lo que no buscamos, para nuestro deleite y nuestro pesar. Vislumbro y deseo el encuentro con mis  amigos, compañeros del viejo camino -Machado de nuevo-,  de millones de palabras, de miles de reflexiones, de conocidas risas y de alguna que otra miseria, y aquí estamos de nuevo, reencontrándonos, también ahora tras la muerte nueva.

 

No nos queda más que decir que ésta es la vida amigos, pero es que así es. Hay algo de alegría también hoy en mi, alegría del mañana, del camino recobrado, de recordar tu sonrisa amiga mía, que nunca olvidaré, hoy también, en este día de sol, algunos días después de que partieras, Lola.

 

29 de octubre  y 3 de noviembre de 2008