Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

No puedo escribir

No puedo escribir, y mira que hay motivos, pero es como si a medida que la tranquilidad me invadiese fuese desalojando el impulso que me empuja a construir párrafos. Al final va a ser verdad eso que alguno ha dicho de que cuando mejor se escribe es cuando uno está mal. Ya se que no es verdad, o al menos no del todo, pero en mi caso, estos días, coincide. No es que sea un tío feliz, no, no soy tan aburrido, es simplemente que no me encuentro mal, que estoy aquí mirando por la ventana sin que me duela la tripa y tema llegar a casa. En fin, ahora que releo esto, poca cosa, y solo por dejar fe de ello. Y eso que muchas mañana vengo deseoso de escribir algo, pero pronto la rutina, que se sienta en la mesa de al lado, me mira y cercena todas mis elucubraciones y pensamientos, entonces emito un bostezo de horas, como si fuese un enfermo imaginario. Una mierda, vamos. Y ahora voy a cortar, mi imaginación y mis ganas no pueden ir más allá de este treceno renglón.

Pensamientos forzados y estirados

Jueves 29 de julio de 2010, como pasa el tiempo.

 Improvisando frases brillantes, o mejor, pensamientos forzados, cinco minutos antes de salir:

 -Tengo un grano en el pecho que me está jodiendo.

 -He estrenado zapatos que me resultan muy cómodos.

 -No tengo ganas de irme a casa pero sí de salir de aquí.

 -La vida es rara cuando te escondes en sus pliegues, y aquí estoy.

  

Viernes 30 de julio de 2010, el final del mes se acerca

 Continuación de los pensamientos forzados, ahora ya por la mañana temprano, de nuevo incorporado al trabajo, con más tiempo:

 -Hoy en la ducha el famoso gran grano del pecho se ha vaciado, el calor y la fuerza del agua lo ha arrasado.

 -Me he puesto zapatos que no se calan, la lluvia me ha despertado, debe ser una señal, no se si buena o mala, pero olía bien, hacía fresco, eso siempre es un buen comienzo para un día de verano.

 -Buenos días, ¿por qué los días son plurales en castellano? No lo se, pero me parece una invitación al optimismo, como si dijéramos al otro: bueno tu día y el mío.

-Después de la lluvia el sol se asoma ahora, es viernes. Nos despertaríamos a las diez, buena hora, las risas al estirarnos y tocarnos de nuevo. Un día de fiesta civil instaurada por el deseo, sin tener que marcarlo en el calendario zaragozano, solo en el nuestro, en ese interno de la propia existencia.

-Empieza a llegar gente a este lugar donde me encuentro, otros no están, viven en otros lugares, provisionales en sus nuevas costumbres, tal vez temiendo que se les termine el tiempo de ausencia, tal vez también algunos deseando la vuelta para encontrarse con alguien, tal vez hartos de la gran convivencia.

-Que raro es el mundo, y tan hermoso. Sí, es un tópico manido aunque todos los tópicos guarden una osamenta incontestable, (como el propio tópico manido). El mundo es hermoso, quizás porque en algunas o en muchas partes es horrible, como un videoclip en el que van pasando imágenes de gentes, de paisajes, la gran bola azul rulando en medio del éter y una música heroica que nos enaltece y nos permite volar sin mancharnos evitando el sufrimiento. Somos capaces de recrear el mundo que se nos escapa en una pantalla y hasta de enamorarnos de una realidad que somos incapaces de ver en su conjunto por la imposibilidad de sobrevolarla, en un viaje concentrado que no sustituye al real, pero que no deja de ser hermoso. Otro tópico al final del párrafo. Que suerte de vivir a pesar de todo.

Angie era una canción que me hubiera gustado haber compuesto, y como ya estaba inventada pues la tomaba prestada, te permitía apretarte a ellas y se las cantaba al oído en un inglés aproximado, si bien más a la oreja que a la literalidad del texto, pero nunca ninguna se quejó, o al menos yo no quise verlo, pues Angie era una canción restregona, todos hacíamos lo mismo mientras sonaba, aunque yo siempre se la cantaba, bueno, no siempre. Ahora que lo pienso, también disfrutaba con la música.

-Son las nueve, se está bien aquí, un lugar como otro. Podría cambiar el decorado, subir el que presenta una oficina pintada con varios figurantes en, por ejemplo, una quinta planta de un edificio de oficinas, y bajar otro más luminoso con varias palmeras y un mar azulado donde la brisa me acaricia ahora que levanto la cabeza para mirar al mar cercano. Me estoy meando y voy detrás de la palmera derribada, vuelvo y me siento de nuevo y le doy un sorbo al café caliente, sigo escribiendo, estoy contento, doy rienda suelta a lo que se me va ocurriendo. Ahora sale una mujer en bikini de la casa más cercana, me saluda con la mano y se va corriendo hasta el agua, nada diez metros, se vuelve y se mete de nuevo a la casa. Las grandes nubes del trópico construyen un cielo grandioso y pasan despacio, son de una tela muy blanca y redondeada.  Lo miro por un largo rato con la cabeza apoyada en las manos, acodado sobre la mesa. Una furgoneta abierta cargada de plátanos pasa haciendo sonar el claxon y yo me acerco, descalzo y con los pantalones remangados, al agua que va y viene, que va y viene. Detrás de mi, la puerta de la casa de madera está abierta y la persianas bajadas. Voy a  entrar a despertarte muy despacio.

-Son las nueve y media, la mañana esta encauzada, como el día, imparable carrera, o ¿acaso lo dudabas?

-El tiempo inexplicable en el que nos vamos moviendo fotografía a fotografía como en una película, plano a plano, para darnos consistencia y poder explicarnos ante los demás y a nosotros mismos. Nuestros actos son el paso del tiempo segundo a segundo, pararlo es la muerte. No podemos retenerlo, a pesar de que siempre se nos escapa y quisiéramos que algunas veces corriese lento, muy lento.

-El misterioso sugerir, el mensaje cifrado sin una clave universal o restringida establecida con antelación. Interpretar lo que creemos ver nos lleva a contestar de forma correcta, aproximada o decididamente extraviada de lo de nosotros esperado. En fin, el misterio de las relaciones humanas.

-Son las diez y todo el mundo se ha ido con un bocadillo en la mano a los bares cercanos. Que negro está fuera, tal vez llueva de nuevo. Esto podría ser la redacción de un periódico americano, -¿por qué americano? La influencia del cine, ya se sabe- en la que yo estoy trabajando un viernes de madrugada escribiendo una noticia en la gran oficina solitaria. Creo que me gustaría, tal vez redactando y puliendo el titular que aparecería a la mañana siguiente:

“The times, like the world are changing, like always it was”. Como yo, como todos, pero esto no lo escribo. Salgo de la redacción, quiero coger un taxi en la noche fría pero no pasa ninguno, así que camino por la avenida de Pensilvania camino del café de Harry Todd que abre toda la noche. Una mujer mayor y despeinada se acoda en la barra leyendo un libro de autoayuda, dos hombres conversan, evidentemente borrachos y ausentes del mundo que les rodea, les oigo varias veces pronunciar el nombre de Amanda. Pido un café con leche muy caliente y un donuts doble. La calle está desfigurada por el cristal empañado, es una imagen certera de la realidad de esta ciudad y del mundo. Pasa un coche de policía a gran velocidad con sus luces azules sobre el techo. Washington es una capital en calma cuyos tejados aquel diablo quisiera destapar para descubrir todas las preguntas y algunas de las respuestas. Doy un sorbo el café, siento una extraña alegría por estar aquí, que duda cabe que la borrachera del sueño ayuda a ello. Ahora es una mujer la que entra acompañada del frío, deduzco que es Amanda, entonces uno de los hombres se levanta y se cae al suelo, la que debe ser Amanda le ayuda a levantarse y a sentarse de nuevo en su silla blanca. Ella se sienta con los dos hombres, el que se ha caído coge su mano y la besa, pero yo salgo y me abrocho al abrigo. Un taxi para por fin en la puerta.

-Me voy a tomar un café y a terminar esto.

Una nave va

Un día las potentes antenas del mundo descubrieron un objeto que pasaba a unos 230.000 km/h y a unos 5.000 Km de altura. No era un asteroide, no se trataba de ningún cohete u objeto proveniente de la Tierra.  Justo en el momento de llegar a la vertical ecuatorial de nuestro planeta emitió una señal de radio todavía indescifrada que volvió a repetir justo un minuto después. Era un objeto que no era ni metálico ni plástico, no se correpondía con ningún material conocido en la Tierra. Por fin había constancia de la existencia de vida extraterreste, ¿qué podía ser si no? La nave pasó, tan deprisa lo hizo que enseguida se perdió contacto co ella. De esto hace cuatro años, recuerdo los titulares de los períodicos, y como hoy nadie lo parece recordar. ¿Podemos esperar aún su vuelta? ¿Podemos tener la seguridad de que aquello verdaderament ocurrió? ¿O empezamos a rezar en los nuevos santuarios que dispersos por la Tierra algunos trastocados comenzaron a erigir a la “Nave rauda” que vino del más allá y al más allá se fue?  Creo que ya no, necesitamos seguir viviendo, leyendo libros que en una escena incluyen el universo, yendo el domingo de nuevo al futbol, esperando el resultado de las elecciones estadounidenses el primer martes de noviembre, haciendo cuentas para saber cuanto dinero nos quedará después de pagar la cuotua mensual de la hipoteca creciente.

Una nave sigue cruzando la incomensurable oscuridad y yo he prendido en ella mi esperanza, pues en su incierto y eterno viaje solitario que la alejá imposible en la distancia está lo que fue, lo que pudo ser y lo que probablemente será, por mucho que nos empeñemos en olvidar.

Una mañana de invierno de frío ausente

Era una mañana de invierno de frío ausente, soleada y brillante, la gente en la calle parecía estrenarla, tal era el lujo de los limpios perfiles que provocaba en edificios, en árboles, en coches y también en las figuras humanas. En aquella mañana casual ella salió de casa dispuesta a ser digna de todo lo que le rodeaba, no quería ser emperatriz absoluta del universo, -no era eso- , ni tampoco displicente demostrar que sus sentimientos nadie antes en toda la historia humana los había sentido, solo se proponía atacar humilde el mundo, comenzar con una sonrisa leve y limpia, dispuesta, eso sí, a llegar a la carcajada, pero sobre todo a sentir sobre ella la admiración y las caricias entregadas de los que quería conquistar a golpe de su simple presencia, de su entrega, de su exhibición de palabras que salieran solas de su alma que hoy, no sé  porque, sabía que fluirían fácilmente sin necesidad de adornos superfluos, con la más amplia gama de tonos, de acentos, subiendo y bajando el volumen de sus frases a conciencia. Esa sonrisa, aquellas palabras, se entrenaron con Paco, el dueño del bar donde se tomaba su primer café de la mañana siempre comentaban las noticias del día anterior, que si el agua, que si Zapatero, que si el Tibet, que si Obama, que si el Atleti, que si el Madrid, que si el alcalde, que si el chino de la tienda de al lado, que si el quiosquero. Tan amplia gama de temas que cada mañana le costaba irse a trabajar, unos días porque la conversación del camarero inteligente era tan interesante que hubiera seguido de cháchara horas, y otros porque no tenía muchas ganas de hablar pero le era difícil despedirse sin desairar a Paco.

 

Salio del bar y enfiló hacia el banco  con ganas de quitarse el abrigo y pegar la hebra con cualquiera, quería contar, no sabía bien el qué, pero poseía las claves del mundo resumidas en su cabeza, en su corazón vivo, y entró, y lo vio después de tanto tiempo. Clavada, extraña, preguntándose que le pasaba, era otra de repente. Y así el día se deslizo entre un quiero y no puedo, llegó la noche, y el día de nuevo, y allí estaba Paco también, poniéndole su café con leche ardiendo mientras le  hablaba de la crisis, de los ahorros que el gobierno aseguraba, del Paul Newman con lo buen actor que era. Ella le contestaba con monosílabos, aunque menos mal que el portero del edificio de al lado que se tomaba un sol y sombra a su lado con medio Farias en la mano izquierda, estuvo al quite para cagase en el gobierno, en Bush, en los banqueros, esos ladrones, y en la Esperanza Aguirre que aunque la había votado se gastaba millones en inaugurar un Teatro pero se olvidaba de los hospitales y los colegios. Pensaba en llegar de nuevo al banco, en volver a verlo. Su vida basculaba de la despreocupada rutina a la absorbente llamada del deseo, de la atracción por otra persona,  Bush y Paul Newman tenían poco que hacer entonces, incluso el café sabía menos a café y pasaba a ser un líquido más.

 

Al llegar él parecía esperarla, ella aguardo el encuentro que se avecinaba como un choque inevitable, se abandonó, y él le preguntó con una voz meliflua con apariencia de interesante:

-¿Te acuerdas de mi?

Ella de repente echo de menos los ojos de Paul, la conversación de Paco, e incluso la peligrosa in competencia de George hijo. Y ahora, extrañamente tranquila y  eufórica le contestó:

– No, no te he visto nunca.

Él, cortado, confuso, solo supo decirle mientras ella se alejaba:

– Te pareces mucho a una chica que…..

 

Bendita decepción llegada a tiempo, -pensó ella- quitándose el abrigo. Así terminó el cuento que había comenzado a crecer en su cabeza con un final imprevisible. Era indudable que aquel personaje era difícil que creciese para dar entidad a una narración que tan bien había empezado en su imaginación.

Rompió el papel y mirando al techo con las manos encima de las teclas, quiso dar ala a sus dedos reuniendo a los personajes que se le agolpaban, pero entonces se acordó de él. Él nunca le preguntaría tamaña gilipollez, sabía que nunca la había olvidado, ella tampoco, por eso escribía en círculos que no lo abarcaban, pero ahora sintió un pulso de verdad que aun sin saberlo, o sin notarlo, siempre estuvo acompañándola, y ahí sí se sintió segura, arropada. Allí por fin estaba. Se levantó y se fue a la cama, durmió y soñó, a la espera de un nuevo día de invierno de frío ausente.