Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

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50 The Rolling Stones

50 años de la primera actuación de los Rolling Stones en el Marquee de Londres. ¡Cómo pasa el tiempo!  Tantos momentos:  alegría,  rabia, desesperación, amor,  soledad, camaraderia,deseo,

My back is broad but it’s a hurting

All I want is for you to make love to me

I’ll never be your beast of burden

I’ve walked for miles my feet are hurting

All I want is for you to make love to me

Beast of burden

 

efervescencia, superioridad, sinceridad, encuentro, recogimiento, reconocimiento, euforia, baile, teatro, cantar, compartir,  enseñar, aburrimiento, compañía, casualidad, búsqueda

So I called you on the phone and your friend said “she’s not home”

So I told her where I’d be at and that you should call me back

Then I looked at the morning mail, I was not even expecting a bill

Your letter a-started “Dear”, and it left me with these tears.

It was a sad day, bad day, sad day, bad day

Sad day

 

en mi habitación, en el metro, en el cine, en el estadio, en directo, en la radio, en la televisión, en el tocadiscos, en el CD, en el ordenador, en la voz de otros, en los altavoces de una fiesta, en los continentes  de la Tierra, en el recuerdo, en la imaginación, en la calle, en

2120 South Michigan Avenue

 

Tantas veces tantas canciones, tantas veces conmigo, mi propia banda sonora, compañeros desconocidos, y por eso mismo tan particulares. Sentimos cosas aparentemente iguales y sin embargo tan diferentes al escucharlos, adaptadas a nuestros deseos o a nuestras necesidades.

I come to you, so silent in the night

So stealthy, so animal quiet

I’ll be your savior, steadfast and true

I’ll come to your emotional rescue

I’ll come to your emotional rescue

Emotional Rescue
 

Tan diferente de lo que puede sentir mi prima al escuchar sus canciones, por mucho que entendamos la letra y sintamos el ritmo de la música y el timbre inconfundibles de Mick Jagger.

I was born in a cross-fire hurricane

And I howled at my ma in the driving rain,

But it’s all right now, in fact, it’s a gas!

But it’s all right.  I’m Jumpin’ Jack Flash,

It’s a Gas!  Gas!  Gas!

Jumpin’Jack Flash

 
Como a cualquiera, a los Rolling Stones puedes serles fiel de por vida, o los puedes abandonar a lo largo de ella, o pasar a tratarlos con indiferència; como la propia existència, pero muchos días, en los vaivenes del amor a tantes cosas que nos rodean, cuando sin quererlo, detecto los compases de una canción suya que al principio no se identificar, algo en mí se remueve de forma involuntaria,

When the train left the station

It had two lights on behind

Yeah, when the train left the station

It had two lights on behind

Whoa, the blue light was my baby

And the red light was my mind

All my love was in vain

All my love’s in vain

Love in vain

 
50 años no es tanto tiempo: tiempo cruel, sabio, perdido, gastado, adornado, sobrellevado, quemado, malgastado, sublime, inolvidable, alejado, presente a pesar de toda la niebla que nos va envolviendo, tiempo dorado:

Yes, star crossed in pleasure the stream flows on by

Yes, as we’re sated in leisure, we watch it fly

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

Time can tear down a building or destroy a woman’s face

Hours are like diamonds, don’t let them waste

Time waits for no one, no favours has he

Time waits for no one, and he won’t wait for me

Men, they build towers to their passing yes, to their fame everlasting

Here he comes chopping and reaping, hear him laugh at their cheating

And time waits for no man, and it won’t wait for me

Yes, time waits for no one, and it won’t wait for me

Drink in your summer, gather your corn

The dreams of the night time will vanish by dawn

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

No no no, not for me….

Time waits for no one
 

Dar gracias suena a agradecimiento a la divinidad cristina, pero ellos se merecen el sacrilegio por haber escrito, compuesto y actuado para nosotros,  más allà del valor de todos sus discos o de la entrada a sus conciertos.

Congratulations

Congratulations

Well done, my friend

You’ve done it again

You’ve gone and broken another heart

Yeah, you’ve torn it apart

Congratulations

 

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

No es fácil mantener una mirada atenta a la realidad que en verdad nos sirva para formarnos una opinión propia, y por tanto saber más y poder comunicarlo con la seguridad de entender de lo que hablamos. Ya lo se, demasiados neones y lucecitas nos rodean; infinitas clases de ruidos nos molestan; irritantes llamadas nos venden lo mejor de la Tierra que, además, ya nos habían vendido.

Opinar es pensar teniendo en cuenta todos los factores que intervienen en el asunto que nos ocupa, sin embargo, a menudo lo que hacemos es hablar por no mostrar nuestro silencio, no vaya a ser que piensen que no tenemos una opinión formada, o que simplemente no nos interesa el tema. Debemos hablar de todo, saber de todo, lo que nos lleva a decir barbaridades o insustancialidades que podrían recogerse en tomos y tomos de la famosa Historia aún no escrita de la Tontería Humana.

Hoy prima la opinión “googlewikibrazoenlabarra”. Todo sirve para alimentar este tipo de palabrería que da lustre a la ciudadanía que nos rodea. La fuentes son diversas: el avance de un telediario que oímos camino del water; el comienzo de un titular  de la portada del diario gratuito que alguien lleva abierto en el autobús. El discurso imparable de algún brillante parlanchín que busca deslumbrar con su originalidad bien elaborada pero vana y maloliente por lo sobada.

El bostezo es inevitable ante los tópicos continuamente renovados, los latiguillos llenos de moho, la originalidad recién comprada en Ikea a 199,99€.

A menudo llamamos conversar a lo que es endilgarnos nuestros respectivos relatos. Lo que nos cuenta el otro es un estorbo si no nos deja terminar de contar nuestro fin de semana.

No soy brillante exponiendo lo que pienso, pero siento que lo soy cuando me encuentro a  alguien que me tira de la  lengua con un discurso inteligente y bien compuesto que me ayuda a expresar lo que siento y pienso, y a quien noto que me escucha como yo a él lo escucho.

¡Reflexionemos!, que no lo hagan  sólo los que tienen mentes privilegiadas que persiguen nuestro bien, pues también lo hacen los que persiguen nuestro mal, ellos siempre están, algunos  alimentando la opinión generalizada que nos corroe y nos impide tener una opinión propia y por tanto cambiar las cosas.

No puedo escribir

No puedo escribir, y mira que hay motivos, pero es como si a medida que la tranquilidad me invadiese fuese desalojando el impulso que me empuja a construir párrafos. Al final va a ser verdad eso que alguno ha dicho de que cuando mejor se escribe es cuando uno está mal. Ya se que no es verdad, o al menos no del todo, pero en mi caso, estos días, coincide. No es que sea un tío feliz, no, no soy tan aburrido, es simplemente que no me encuentro mal, que estoy aquí mirando por la ventana sin que me duela la tripa y tema llegar a casa. En fin, ahora que releo esto, poca cosa, y solo por dejar fe de ello. Y eso que muchas mañana vengo deseoso de escribir algo, pero pronto la rutina, que se sienta en la mesa de al lado, me mira y cercena todas mis elucubraciones y pensamientos, entonces emito un bostezo de horas, como si fuese un enfermo imaginario. Una mierda, vamos. Y ahora voy a cortar, mi imaginación y mis ganas no pueden ir más allá de este treceno renglón.

En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

De la sonrisa

¿Cuánto dura una sonrisa en nuestra cara después de despedirnos de alguien por quién sentimos aprecio, cariño, amor, pasión o con quién hemos compartido algo: una conversación, un café, una película emocionante, un paseo, una cama? ¿Cuánto dura el reblandecimiento de nuestra carne una vez salidos del agua cálida de un rato, de un momento, de camaradería, de coincidencia, de amor? ¿Cuánto del efecto de esa sonrisa, de ese reblandecimiento de nuestra carne, cala en nosotros, nos cambia la forma de ser y de enfrentar la vida, aunque sea un poco, de ser los mismos, pero diferentes?

Ella se despidió de la otra mujer al salir del vagón del metro, todavía no se habían cerrado las puertas cuado se estaban dando dos besos y diciéndose adiós con un cariño que se manifestaba en la expresión de la cara de la mujer que yo veía de frente, y que siguió prendida en su sonrisa resplandeciente y sincera, todavía durante diez segundos más, lo que tardó en rebasarme, por lo que no pude ver cuando su rictus cambió para adoptar un semblante relajado. Si la vi mirando al suelo tres metros por delante de ella.

No se el tiempo que aquella sonrisa siguió en su cara, pero sobre todo no supe, y es imposible de saber, ni siquiera por ella, cuanto de aquella sonrisa que traslucía la felicidad que había vivido, cuanto quedaría en su recuerdo, en su manera de ver el mundo, se trasladaría a otros aspectos de su vida, se acumularía al fondo de su almacén de experiencias, acabadas, renovables. Ni tan siquiera se como se puede medir el combustible de una sonrisa, ni evidentemente su beneficio.

La laguna negra del pesimismo no es hermosa como la de los Picos de Urbión

Los datos y las noticias  sobre la actualidad internacional, nacional, autonómica o local forman una masa que se amontona y se apreta sobre el embudo de nuestro entendimiento hasta el punto de pudrirse y destilar las gotas que alimentan nuestro ánimo, siempre, salvo algunas que nos reconcilian con el individuo, van a parar a la laguna de negro pesimismo que se aloja en el fondo de nuestro estómago, donde con el bamboleo de nuestros pasos nos recuerda con dolores su existencia.

El mundo sigue igual que siempre, si a comportamientos humanos se refiere, somos esclavos de las mismas miserias, de los mismos errores, también de las mismas grandezas.

Haré, sin pensarlo mucho, porque no es necesario bucear mucho en la laguna para encontrarlos, una pequeña lista de hechos que corroboran mi percepción:

1. El mundo está tan superpoblado que además del agobio de encontrarnos con tanta gente por nuestras aceras, es difícil no pensar en que dentro de no muy poco tiempo no habrá suficiente especio ni recursos para que estemos, nos desplacemos y nos alimentemos todos en la Tierra.

2. La injusticia sigue vigente, aunque quizás nunca ha sido tan evidente si miramos la diferencia que existe entre la magnitud de lo que posee un sector muy pequeño de la sociedad mundial y lo poco que posee la inmensa mayoría de los habitantes de un mundo nunca tan poblado.

3. No se si volverá a haber guerras como las de antaño, no lo creo, pero la desesperación de miles de individuos por si solos u organizados bajo las siglas más interesadas, hostigará de mil maneras a aquellos que envidian y a todos lo que les rechazan, y con ellos iremos el resto, pues sin duda seremos todos quienes lo paguemos.

4. Los bancos amenazan que si no aumentan o mantienen sus ganancias arrastraran a la economía y por tanto al mundo en su caída. Los parados se quejan pero no pueden amenazar más que a unos pocos, casi siempre a sus más cercanos. Los estados no muestran su impotencia a las claras, si no que se dejan llevar y hacen caso a los bancos y a las grandes empresas, y sobre todo a otros estados más poderosos.

5. Los particularismos y las mentiras se extienden por la vida política, y en el caso de la española, nacional o autonómica, con excepcional dedicación. Ya nunca viviremos en un país donde lo importante sea vivir, sino discutir sobre como queremos vivir y algunos sobre lo diferentes que son a sus vecinos autonómicos, lo cual es evidentemente materia celestial y cuestión de fe, y que nos resta todo el tiempo necesario para la vida normal, para disfrute de los teóricos que construyen naciones y basan en esto la felicidad soñada que tan ciegos, sin saberlo o interesadamente, no ven que ya la tiene delante. Los españolitos, o perdón, los ciudadanos autonómicos, perplejos, o no avisados, o se dedican a cultivar tomates o se lo creen tanto como los embusteros que los jalean para participar en sus quimeras, y así estamos, sumergiéndonos en el disparate en el que muchos preclaros con gusto bucean.

6. Y finalmente una de grandeza. María es una chica sincera que de chiripa ha sorteado los cantos de sirena y las zancadillas de los bocazas en su caminar diario. Es una chica normal que no destaca especialmente, pero que sonríe como a lo largo de toda su vida ha hecho, y esa sonrisa que es su fuerza es la que me hace tener esperanza de que a pesar de todo hay personas  de naturaleza optimistas que pueden empujarnos al resto y nos hace olvidar a los memos y a sus razones embusteras. Por que algo me dice que cuando su sonrisa se extiende por las habitaciones de las casas y por las calles, que ni los políticos ladrones, ni los banqueros en su blindada nube, ni los gobernantes inútiles, ni las naciones sin estado que se inventen mañana, ni los bobos que se creen lo mejor del mundo, ni Al-Queda o  sus compañeros de métodos defensores de otras etnias o religiones podrán con esta sonrisa ni con mujeres como ella, pues aunque aquellos ganen, nos maten o nos hieran, siempre habrá una sonrisa como la de ella para mostrarnos que sigue habiendo personas que sin saberlo diariamente nos redimen y que, a la vez, engrandecen la especie humana, aunque sean sólo momentos.