El papel blanco

El sol ilumina un papel blanco ligeramente arrugado como si fuese una estrella de cine. Baja la calle a trompicones en la dirección correcta del tráfico sin desviarse del centro del carril de circulación en el que está situado. La calle está extrañamente vacía, el papel es el único objeto que recorre la calzada. Ahí va, desde la acera lo veo pasar entre coche y coche en su descenso; el semáforo se pone en rojo, se para, y espera.

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Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

Un rinconcito al lado del mar / Un petit coin à côté de la mer

El viento leve, un padre con sus dos hijas vuelven colina arriba hacia la palmera  que tapa el sol último de la tarde. De repente estoy sólo. El mar viene y se va, viene y se va, como siempre hizo. Este pequeño rincón del mundo me hace fuerte. Nunca se puede morir en un lugar así, mientras abrazo mis piernas que se enfrían. Tengo la carne de gallina y noto que vivo, aunque me doy cuenta que no estoy sólo, las presencia aceptadas siempre pugnan por su sitio. Me siento en la hierba mientras el viento enfría mi piel y mece los juncos, y en ese mismo momento, alguien ve como la tarde se va por la menguante luz que entra por la puerta de la terraza, y también como un ligero viento mueve las cortinas de su habitación; su mirada se mece en ellas, como yo miro el mar…

Tantas ventanas, tantas puertas

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Tantas ventanas

Tantas puertas

tantos edificios

bloques y casas

 

Tantas vallas

Tantas señales

Tantas gasolineras

y líneas pintadas en la carretera

 

Tantas farolas

tantos contenedores

tantos centros comerciales

y puentes que sujetan el aire

 

Tantos ríos y lagos

tantos árboles y plantas

tantas ciudades en lontananza

y pueblos sobre montañas

 

Tantas perdidas miradas

tantas figuras que atienden llamadas

tantos caminantes que pasan

y que tuercen una esquina en una avenida lejana

 

Tantas personas que nunca conoceré

tantos recuerdos mientras muevo suave el volante

tantas canciones que acompañan la vida

y evidencias de que allí continua quien partió

 

Tantas sombras

tantas nubes blancas

tantos horizontes

y en el cielo de las noches la luna

 

Tanta miseria

tanta opulencia

ambas demostradas

tantos escombros entre matas

y campos de golf de islas calvas

 

Tanta hostilidad en los inabarcables mares

tanta en los desiertos deseada

tantos cielos que nos cubren

y delante nuestro

nuestra mano izquierda sujetando el volante

 

Tantas maneras de seguir

Tantas de no parar

de no volver

de estar moviéndose

de sentarse a comer

tantos restaurantes y bares

 

Tantos coches

que van y vienen que vuelven

perdidos sin saber donde

guiados por sus conductores

perpetuo movimiento de los que vivimos en esta Tierra

tantas esperanzas sin embargo

 

Tantas ventanas

tantas puertas

tantas vidas

a medida que el coche pasa

y sobre los cristales la lluvia,

el limpiaparabrisas ahora

aclara mi propia vida

que sobre ruedas

esta máquina lleva

hacia el futuro

que en cada kilómetro

se muestra.

La poesía

A veces la poesía es una realidad odiosa,

en su propia existencia

un lujo hiriente

como la luz blanca de un mediodía sahariano

a veces es un mamotreto inexplicable

remoto como un recuerdo

en nuestra mente apenas esbozado.

 

Entonces reposa escondida

en un cajón inencontrable

obligada por la ineludible realidad

del mundo obligatorio

el que nos marca, hiere y la condena.

 

Pero donde queda entonces

la completa vida

si unos versos

que trataron de aprehender el mundo

no la explican.

 

Donde quedan entonces los besos

si no pueden iluminarnos

más allá de su sabor,

de nuestras palabras

o nuestra imagen en el espejo

a lo largo del tiempo modelados,

por ejemplo en un poema.

 

No se puede viajar

ni avizorar el mundo

sin  recordar después

aquel mar de amarillo trigo

o aquel otro de azul  océano

que por siempre nos acompañará

tal vez dibujado

o por ejemplo en una poesía.

No, no eres valiente

Nieve

blanca nieve

que hiela y hiere

la piel vieja

que al fin

cae.

 

Nieve

blanca nieve

que me cubre

para despejar el miedo

y dejar ya de soñar

 

Blanca nieve

que me empuja

a calentar mis manos

en las tuyas.

 

Y no me las sueltes más

 

Atocha→Alcalá – 33 minutos

Atocha 23:25

Madrid noche marrón

de farolas de luz difuminada

la gran estación casi vacía

 

ya partieron  los trenes repletos de esperanzas,

despacio, bajo un tupido techo de cables

rodamos sobre raíles que alguien nos abre

para encontrar el rumbo cierto

cruzando sobre mil destinos en la noche española

 

rechinando pesado y blanco

el tren cruza sobre la ciudad latente

que ansiosamente miro

salpicada de oscuridades.

 

El Pozo del Tío Raimundo

recién pasada Entrevías

es la noche de viejos barrios nuevos

que cruza la M40 de aguas oscuras

alguna luz cansina la navega.

 

Y el ruido del viaje

en las ruedas de hierro se depura

bajo el vagón blanco

que de nuevo frena

 

Vallecas ahora

más allá de los áridos descampados

es Lola con  su bata blanca

y su risa ambulatoria

en su inmersión diaria de vida

 

en este barrio afamado

de mala fama antigua

hay mil luces encendidas,

por la puerta que se abre

a la noche azul cielo

un frío cortante

que querría acompañarme.

 

Pasa repentino un tren inacabable

veloz y pesado de coches cargado

en vagones de amarillo intenso

por el ancho río de raíles brillantes.

 

Se cruzan, intuyo,

las almas que perdidas vagan

algunas certeras acuden

al brillo de unos labios

o atrapadas por una misteriosa mirada.

 

La inexistente mole negra de la fábrica de cemento

la traspasan hoy largos bloques

de iluminadas ventanas

el tren corre tras Vicálvaro

por los intersticios negros

de un Madrid que se escapa

y que ilumina el cielo.

 

Las antiguas estepas,

donde antes verdeaban los juncos

son hoy dóciles parques,

junto a casas nuevas.

 

Pasamos Coslada

más allá camiones que son cajas

naves que son más cajas,

una gasolinera en la colina

y por encima, como soles,

las potentes luces de Barajas.

 

Ya se ve la doble fila de aviones

que aterrizarán gemelos

sus blancas luces suspendidas

se aproximan por mi derecha,

por mi izquierda sus luces rojas

casi tocan ya el suelo.

 

Los viajeros que aquí suben llevan el cuello subido,

incluso alguno bufanda

en San Fernando, el ruido de los aviones

es una sintonía en punto

que suena cadenciosa

cada medio minuto,

cada minuto.

 

¡BRUAAAAAaaasscheeeEEEeee!

sobre nosotros,

¡Otro!

 

Tras la estación,

el río Jarama

oscuro de noche y de  chopos

resguardando patos blancos

escondidos en sus orillas.

 

Las luces de la M45 pespuntean el horizonte

de kilómetros de almacenes, fábricas y  talleres

Torrejón, el pueblo más feo del mundo

y probablemente no es así.

 

La Base de Torrejón dieciocho meses de azul

en la helada pista de la noche de la gran meseta

ahora ya no hay americanos,

no hay zippos, ni hamburguesas.

 

El destino se acerca,

en la ladera oscura del  Viso

las antenas de luces rojas,

tras el Torote La Garena

esta nueva Alcalá con el Corte Ingles su nuevo templo.

 

Llega la hora

en este cruce

en la mitad justa del universo

termina este viaje en la noche

 

Siento que no existe el tiempo

aquí están mis amigos

en la estación roja

junto a la pared me esperan

aquí estoy de nuevo,

 

se abren las puertas

al fin sus graves caras

alguien nuestro que no está

está con ellos, conmigo

abrazos, besos

pasos lentos.

 

Estoy en Alcalá de Henares, 23: 58

hace unas horas que Lola ha muerto

 

29 de octubre y 4 de noviembre de 2008

 

 

 

El próximo invierno será naranja y azul

 

A Lupe i Pipe que ellos lo saben

Días de nuestra vida

días de espera,

de antipático sol

al que a veces quisiéramos preguntar,

o empujar hacia el negrisimo inconmensurable espacio,

por qué se atreve a lucir

 

La primavera feroz y puntual

se despliega

y poco podemos hacer

más que dejar que nos acaricie

que refresque y caliente nuestra piel

recién salida del otoño sucio

aquel en que, además,

también era acariciada

 

Hoy la mirada ausente

se anega entre el presente y el pasado

y solo un hipotético porvenir

sinónimo de esperanza

aparece resplandeciente

pero frío, naranja y azul

 

Valga un escalofrío que nos sacuda

esta escarcha de arena que tapa aquella nuestra piel

pues saldremos de este manido agujero sin paredes

que nos impide mirar,

recordar,

que sigue existiendo

aquel bosque de gigantes de la lejana California

con el que siempre soñaste

y también aquel territorio

donde sentirse,

al menos serena

con los ojos cerrados

en una tumbona fresca,

sintiendo el calor de la tarde en la cara

 

en ese próximo invierno naranja y azul,

      y para vosotros cálido,

de nuevo.                      

 

     7.04.2008

Soria, Machado, recuerdos

Estoy leyendo una biografía de Antonio Machado escrita por Ian Gibson, acabo de llegar al capítulo donde el poeta se traslada a Soria y no he podido por menos que recordar mis visitas a aquella ciudad escondida a la que guardo mucho cariño, no por nada en especial o quizás por eso. Su tamaño, su hechura, su gente y su belleza parca lavada por el frío que al visitante envuelve y empuja a los cafés donde guarecerse, y al final del día a algún restaurante cálido donde recobrarse y regocijarse de las caminatas, del frío revitalizador a pesar de todo.

En Soria parece uno encontrarse con lo esencial de la vida, no hay sitio para adornos superfluos, el frío es sincero, hay que saber estar en aquella ciudad, por otro lado tan agradecida. Y recuerdo el Duero escondido, su respetuosa presencia apartada en los arcos de San Juan de Duero; las ermitas de San Polo y San Saturio asomadas solitarias y escondidas en el paseo paralelo al silencioso río que uno imagina, en estos días de frío, al atardecer desierto. Y siempre Machado, ya por siempre a la ciudad ligado. Pienso todo esto porque todavía, y no sé por cuanto tiempo, esta ciudad se conserva bien, y es necesario que así sea, sin que se note ni se propague el esfuerzo. Soria es aún un tesoro que no se molesta en relucir, tampoco puede, ni debe, que cada uno lo sepa encontrar. Pasear, comer, amar y dormir en ella es un premio olvidado, es un lugar al que acudir con plena conciencia, pues por Soria no se está de paso. Y ahora recordémosla.

Pienso de nuevo en el poeta y en sus paseos, y creo, que ningún lugar mejor pudo encontrar para escribir. Me lo imagino con la chaqueta blanca de ceniza calentándose encerrado en su habitación soriana, en la noche oliendo a leña, con los cristales empañados y una calle desierta y helada tras los cristales de la puerta del balcón. Y qué mejor lugar para preguntarse por la vida y pasear por sus extremos hasta la orilla del Duero, al sol que toma vigor en la mañana y calienta nuestra cara mientras nos regocijamos de vivirla y por estar allí.

Rastros horizontales a baja velocidad tomados

Miramos sin ver,

sombras que dejan rastros horizontales a baja velocidad tomados

cuando pasan sin mirar

se alejan se pierden los recuerdos

los buenos, también los malos

y un día de sol, con la mirada descuidada

aparecen de nuevo y nos paramos

en que ya no son nostalgia

son latigazos, sí,

o besos, sí,

todos están muertos,

o puede que hibernados

pero son inservibles

y luego, sin parar, vuelven a sus cajas

porque nada es si no se sufre o se goza

nada es para siempre -era verdad-

tan solo un bagaje de noches amargas que ya no atacan el sueño

de deslumbrantes oscuras tardes que ya no  alimentan sus dueños,

arrugas pues.