El carro

Las responsabilidades inherentes al cargo de presidente de la Generalitat de Cataluña se despegan de su piel azul brillante, que muta a gris después, como un camaleón que, ahora ya, invisible a los ciudadanos, evita cualquier cuestionamiento sobre sus actos que, en buen entendimiento, comporta decidir en qué gastar y no gastar el dinero del que dispone, y explicar por qué ha gastado mucho más de lo que tiene, o por qué en conceptos que van más allá de la necesidad pública, y por qué, dado los tiempos que han corrido y corren, no ha anulado aquellos que pudieran ser prescindibles, cuando aún estaba a tiempo de poder hacerlo. Cualquier padre o madre de familia responsable sabe amoldar sus gastos a lo los ingresos, sean magros o incontables.  Pero él y los suyos, no, pues piensan que “su país”, y ellos “, se lo merecen;  todo sea por la construcción nacional.

Mas y los suyos no sacrificarán las necesidades de su casta  (esa a la que pertenece y que se esconde dentro de tanta unanimidad “tranversal” en pos de la soberanía “nacional”, como si las clases sociales ya no existiesen). Sabe recurrir, como todos los acólitos de la catalanidad y la nación,  a las grandes palabras pronunciadas con exagerada seriedad,  y por supuesto a la incomprensión ya la maldad de la pérfida España, donde Madrid es su profeta,  y a la falta de amor del resto de los españoles (de España, según el canon nacionalista). Es verdad que no son argucias de persona honesta, pero su discurso es fácil y transitado, de garantizado aplauso, sobre todo si es convenientemente amplificado, pues nubla la consciencia y la inteligencia, y le garantiza llevar a los ciudadanos ciegos o tuertos, pero apelotonados en la golosa miel que suelda el “nosotros” al puerto adecuado, allí donde no hace frío, donde se reconoce “nuestro” esfuerzo…de decir lo que los “nuestros” dicen, de llevar también la misma bandera, de reconocerse ante el pérfido enemigo, de saber que digan lo que digan siempre estará bien dicho si está dentro de “nuestro” ideario tácitamente aceptado,  y que no podrá ser contestado, no sólo porque la fe no es discutible, sino porque a quien se atreva a disentir será porque se trata de un pepero, de un fascista, o mejor, de un español.

Estos nacionales han comenzado a asumir que van a pasar a los libros de historia, no importa a costa de qué o de quién, pues el ego humano no tiene límites, siempre ha sido así: un gran vigía guía al pueblo  y un grupo creciente  le arropa, en el mejor lugar para hacerlo, a la espera de poseer los cielos de la nación si el éxito les acompaña, tratando mientras de conseguir todos los méritos posibles, por encima de las frustraciones y otros dramas que puedan padecer sus ciudadanos, aun siendo evidente, a ojos claros de hoy, lo innecesario de su aventura.

Esta ha sido una exitosa y grosera campaña de muy largo recorrido animada, antes como el que no quiere la cosa, y ahora ya sin disimulos, por “tevetres”, y algunas asociaciones receptoras o candidatas a la Creu de Sant Jordi por su contribución a la Patria, que tuvo su jalón histórico en la gran manifestación, de la cual “la Vanguardia”, adherida al nuevo carro, vende un DVD, también tildado de histórico. Y es que el carro empieza a ser muy grande, tanto como para que pocos de los que son acarreados sean capaces de replantearse ya el destino del vehículo ni a quienes tiran del mismo, cogiendo velocidad calle abajo,  de tal manera que, cuando se les pregunta, la unanimidad de sus respuestas suenan a mensaje rancio,  casi militarizado: no se emiten dudas ante los tuyos, pues cualquier duda puede considerarse traición, sé no una contribución al desánimo.

Proliferan las banderas independentistas en los balcones y el sentimiento desbordado de que se vive una nueva época se advierte en algunas personas. El rigor histórico pasa a un segundo, tercero o cuarto plano, se va derritiendo como el hielo de los Polos, o se sustituye por el pretendido rigor de las palabras manidas que se quieren científicas y contribuyen a la extensión de la fe antes descrita,  desaparece poco a poco la libertad de disentir, de momento no por presiones directas sino por miedo a ser malinterpretado. Pero la realidad es que hay mucha gente que cada vez pronuncia con mayor desparpajo la palabra independencia, y esta ligereza inexplicable es preocupante, pero más la inexistencia de discursos  que se opongan de forma correcta y bien argumentada a esta corriente y que sea capaz de romper el cerco, los prejuicios y el miedo a quedar marginado. Parece como si la oposición al nacionalismo desbordado sólo fuese la de las palabras trilladas y malintencionadas que al final sólo provocan el aumento de los que, sin escuchar otra cosa, se apuntan a ese carro acelerado; la labor debe ser paciente, firme, pero clara, instructiva y desenmascaradora. Hay que evitar que el odio y la ignorancia se desaten, (todavía estamos aquí)  tampoco en el campo de los que ahora en el resto de España no entienden muy bien lo que aquí pasa, pues si no, el problema será serio. Sólo la razón y el sosiego puede evitar tamaño desvarío.

¿Por qué me duele tanto este asunto? Quizás porque observo, los mismos signos de la intransigencia en Cataluña que a veces he observado en ciertos ambientes madrileños,  de distinto signo, aunque aquí ahora  in crescendo.  Pero quizás sobre todo por la propia Historia de España, donde vuelven a resucitar problemas que no parecen nunca poder resolverse de manera adecuada. Y en las consecuencias personales, claro.

Debemos pararnos a pensar y ser  nosotros,(aquí los individuos  libres). No nos resignemos  a formar parte de un grupo acarreado dentro del cual creemos ser libres sólo porque sonreímos a los que dicen lo mismo que nosotros al mismo tiempo que nos sonríen, haciéndonos creer muy importantes. Esto no es un desfogue como cuando uno va a un concierto de rock y se desfonda bailando escuchando la música que más le gusta para volver a casa después y dormir agotado. Las consecuencias y la realidad son otras, y los timoneles  lo saben, por eso nos engañan para que no les veamos las entrañas.

Hagamos un esfuerzo, ¡Desenmascaremos a los que se aprovechan del “Nosotros”!

El Roto, en El País, 2-9-2012

Barça, no hay nada más

Crisis, acampadas, sol, frío de nuevo, lluvia, y de nuevo sol, y ahora nubes negras, pero fútbol, más fútbol, Barça, más Barça, brutalidad policial para dejar la plaza de Cataluña a los nuestros y echar a tanto guarro que nunca nos votará, pero eso son noticias pasadas, ahora lo son las banderas del fútbol en los balcones, y también las de la patria, la nostra claro, con estrella y sin ella, en los mismos balcones, como en el Corpus, pero en Barça, en Cataluña.

Los legionarios de la conquista balompédica hacen del autobús publicitario donde viajan, su arco de triunfo, y mientras, beben cerveza y cava. A su paso las masas gritan, se disfrazan, los padres llevan a sus hijos de la mano a bautizarlos en la nueva religión obligatoria, ¿cómo negarse?, compran camisetas, “compre, compre”, como decía Cucharada. Una vez la masa uniformada y perdido el decoro cualquier cosa es posible, la crisis dejó de existir y la felicidad inundó las almas. Los nuevos creyentes creyeron entonces sentirse iguales ante su gran manto: blancos (de piel), negros, cobrizos y amarillos, ricos, pobres, igualados por los colores de una misma camiseta. La democracia verdadera, no la que pregonan los de “Democracia real, ya”, no la que nos obliga a ir al colegio a votar. Ésta es la verdadera justicia, creyeron, el fin de las clases sociales bajo un manto azulgrana, como un nuevo cristianismo, ahora sí, el fin del marxismo y de la lucha de clases. Todos igualados por los cantos, tan diferentes sin embargo a los que en su error decidieron vestirse de blanco, como no podríamos serlo, ante semejantes horteras, nosotros, por Dios y por Messi, nosotros somos los elegidos, y vestimos la camiseta más bella del Emirato de Qatar. ¿Que se han creído?, ¿quiénes? Pues los que adoran al horrible monstruo a quien Dios guarde muchos años, Mou el necesario que acrecienta nuestros odios.

Este año también dormimos en el olimpo de los elegidos, y te obsequiamos, ¡Oh rey honorable de nuestra patria, príncipe de la nostra, conde del nostre, jefe de nosaltres, barbilla displicente, que en la noche oscura vistes corona y manto de armiño del color de las banderas de los balcones! A ti, el nuestro, digo, te obsequiamos este triunfo mientras te miras en el espejo y un tropel de castellers untados con pancontomate te rinden homenaje en ceremonia retransmitida por la televisión obligatoria para entrar en el reino cuatribarrado de los cielos. Y mientras la hortera marea que quisiera soñarse Dolcegabanna, por la calle se desparrama, la nación gana, y galopándola los nacionales de la cosa babean y se ciscan por lo bajo en esos súbditos allá abajo que tuercen el gesto pero poco, pues les han regalado un pack con dos banderas, una azulgrana y una señera, un bocadillo de butifarra en pan con tomate, y los nuevos mandamientos para ser un buen nativo aunque no lo seas ni nunca lo vayas a ser, ni falta que te va a hacer.

El sentido común se escondió bajo un banco de la plaza de Cataluña, primero dudó en hacerse como todos con una bufanda ganadora, pero luego optó por dormir con los acampados, pues al menos eran más reacios a manipular banderas.

El mundo va deprisa en las últimas fechas, por no haber no hay ni sol, y ahora hablamos de pepinos envenenados. Todo es cada vez más extraño, pero mientras sigamos triunfando en el césped el arrollador devenir de los tiempos nos respetará.

¡Es que nosotros somos diferentes, oiga!

Que curioso es todo, que diferentes las cosas, las personas, pero que iguales los autobuses que nos llevan y los cuerpos blancos, morenos o negros. Que diferente la evolución y el desarrollo de las costumbres, de la solución de los problemas, pero que iguales las preocupaciones por el trabajo, el pan, los hijos, la dicha, la guerra o la violencia. Que diferentes las banderas, y sin embargo, que limitadas e iguales todas, siempre rectangulares, con colores elegidos de una dada gama que de forma distinta se combinan. Que diferentes los pueblos y ciudades, pero que iguales las ratas y las líneas del asfalto de las calles. Que diferentes los fríos y los calores secos o húmedos, pero que iguales las camisetas de manga corta y las pellizas. Que diferentes nuestros sufrimientos y placeres, pero que parecidos nuestros dolores de muelas, nuestras decepciones personales, nuestros enamoramientos. Que diferentes nuestros wáteres pero que iguales nuestros acuclillamientos en la taza o sin ella. Que diferentes nuestras salsas, pero que iguales nuestras formas de mojar el pan en los platos. Que diferentes nuestras patrias, pero que iguales nuestros líderes que nos engañan y nos distraen de nuestros dolores, de nuestros amores y de nuestras salsas.

Malditos aquellos que priman las diferencias para agrandarlas enterrando todo lo que nos iguala aún siendo tan distintos, sólo por avaricia, por ansias de poder y por demostrar que son los más patriotas luchadores de su diferente tierra que también forma barro cuando se moja, los odio.

Los papeles de Wikileaks

Estoy leyendo estos días todas estas nuevas noticias, ¿nuevas? Sobre los despachos, informes o cables de las embajadas de Estados Unidos repartidas por el mundo, a su Departamento de Estado. De repente me parecía como si estuviese asistiendo a la apertura del sobre con la carta donde se explicaba el tercer secreto que la Virgen de Fátima contó a las pastorcillas, o la prueba definitiva de que hay vida en Marte, e incluso discotecas subterráneas que algunos astronautas terráqueos ya han visitado.

Leyendo ese cúmulo de papeles hemos visto confirmada la existencia de un mundo subterráneo, pero bajo ésta nuestra Tierra, que el ciudadano no conoce más allá de los comunicados oficiales de los gobiernos, las fotografías de seres sonrientes que se dan la mano tras entrevistarse y que intentan plasmar en esa pose, la transmisión de una idea sobre por ejemplo la buena sintonía entre sus dos países, o bien los discursos siempre contenidos, bien trabados y plagados de tópicos y sobre todo tan aburridos, con los que nos obsequian nuestros representantes políticos habitantes ya de otra galaxia en la que se establecieron huyendo de nosotros, que nunca sabremos entender las supremas razones que explican sus actuaciones, que siempre son, claro, en pos de un interés superior a nuestras mezquinas exigencias de justicia básica, a nuestra fea costumbre de no entender la “complicada” realidad que ellos si entienden, porque el mundo es “complicado” y no tan “de cajón” como el que podemos ve en nuestros trayectos diarios de nuestra casa al trabajo.

Es éste un espectáculo esperanzador, pues al contrario de lo que se dice, creo que humaniza a políticos, embajadores, jueces, fiscales, guerrilleros, primeras damas, hombres fuertes en la sombra, ulemas, militares, presos, mafiosos, sacerdotes, etc. Todo lo que sospechábamos y que ya habíamos aceptado nos escondieran, aceptando nuestro papel de comparsas, pues bastante tenían con lo suyo, resulta que ahora podemos verlo, leerlo y escucharlo como aquel diablo cojuelo que levantaba los tejados de Madrid para mostrarnos lo que pasaba bajo ellos. Y ¿qué descubrimos?, pues que tienen opiniones como nosotros más allá de sus gobiernos, que nos son tan rectos y sin alma como parecen, que son mezquinos y también agudos, que no se dejan llevar por sentimentalismos cuando del prójimo se trata, que son egoístas y también ensimismados, que detectan las pasiones humanas y sus debilidades, también del prójimo. Que son envidiosos y exhaustivos, en fin, que se parecen mucho a nosotros, y que, en definitiva, son tan simples como nosotros, tanto, que también mienten, y mucho, como nosotros.

Pero si, somos muy iguales, nos escandaliza lo que descubrimos en ellos, tal vez porque en el fondo habíamos depositado en ellos nuestra confianza y queríamos que fuesen realmente distintos. Queríamos creernos sus discursos y el mensaje de sus fotografías, porque necesitábamos creer en un mundo mejor, y sin embargo, aun con la buena noticia de poder saber lo que pasaba, de sentirnos más libres por ello, en el fondo también nos apena que sean como nosotros, aunque tal vez, ahora que parecen descubiertos cabe la posibilidad de un mundo más sincero en el que desaparecieran los dobles raseros y el mensaje soterrado de los gobiernos, de los jueces, de los bandidos, de los religiosos y de sus embajadores, aunque ya sabemos que esto no va a ser así, pues derrumbada la antigua torre, ya estamos asistiendo a la construcción de una nueva donde todos quepan de nuevo, y ahora, no nos engañemos, sabrán que no se les debe escapar nada, pues peligra su distinción, y para eso si que no están entrenados, nosotros sí, y por eso no nos queda más remedio que aceptarlo, tal vez porque al final somos más sabios, pero también más confiados, y eso ellos si que lo saben.

La sentencia del 11M y los que mintieron continuan mintiendo

14 de marzo de 2004 en la Puerta del Sol

Llama la atención como en los tres años largos desde los atentados en Madrid, los mismos que nos mintieron a todos los españoles y al mundo: el gobierno del Partido Popular,  insistiendo y presionando en que había sido ETA, para evitar así, según sus enfermizos cálculos, que el electorado pensase que la masacre se debía al apoyo del gobierno de Aznar a la invasión de Irak junto a Estados Unidos y el Reino Unido, hoy, y después de tres años de insidias, mentiras, utilización irresponsable y sin verguenza de la victimas del terrorismo, fabricación de teorías conspirativas ayudados por la terrible voz de Jiménez Losantos y su adláteres con el beneplácito de la Santa Madre Iglesia, sección Conferencia Episcopal Española, hoy, digo, que la Audiencia Nacional ha dictado sentencia que confirma la autoría de los islamistas radicales y que ETA no tuvo absolutamente nada que ver con aquello, ahora, el Partido Popular, en boca de Ángel Acebes, dice, que ellos siempre han créido en la autoria de Al Qaeda. Lo dicho, nos siguen mintiendo. Y es que no escarmientan, lo cual, según su aparentes creencias, les llevará directamente al infierno sin remisión, pues no han variado su comportamiento desde entoces y siguen pecando. Claro que, a lo mejor, su supuesta religiosidad no es más que de boquilla y de procesión con toquilla, y también aquí nos mienten. Allá ellos, mientras no nos olvidemos de su comportamiento antes y ahora. Ojala eso sirva para que nos libramos de tenerlos en el poder  para siempre.