Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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Escritos imprevisibles sin mensaje claro

Se acerca la primavera, ¿lo notáis? Hay más luz, más sinceridad en el aire, puta sinceridad que te restriega por la cara tus carencias, tus deseos, tus logros, y claro, también te mece en su dulce atmósfera del presente, en el futuro inexistente, en ese hilo invisible entre lo que un día fue y lo que pudiera ser, … aquellos días  no tan lejanos.

 Lo bueno de tener 50 tacos es que uno parece Clint Eastwood y ya no llora por casi nada, bueno miento, tengo muchos puntos flacos, pero algunas cosas que antes podían hacerme llorar  ahora las relativizo, me despisto y me salgo por la salida de emergencia del túnel, trucos de viejo, -bueno, no tanto-. Se va el invierno amigos, y con éste el impermeable que nos ha guarecido, ahora llega la manga corta, la falda corta –¡uf!, ahora iré a pelo sin remedio, notando en la piel ansiosa la excitación de mirar, pero también el frío primaveral de la piel intocada, –que le vamos a hacer- vosotros mirad a quien queráis, o miraros a vosotros.

 Mi sombra es negrísima en la pared anaranjada de ladrillos en la tarde, mis pasos  invariablemente soportan mis recuerdos, ya sufro la primavera pero deseo su aire, y me cago en el copón, pero deseo ver el mar y el color marrón de las montañas peladas, la noche tibia, la brisa oscura, escribir, leer, soñar, quizás besar, soñar de nuevo, la sonrisa ahora a mi ajena, y el mundo de ahí afuera, donde yo estaré dentro de un rato, porque esto amigos, esto que se va, esto es una parte muerta, como la caspa, células muertas prestas a desprenderse. Algo en mi late, vibra, y sin embargo, algo me dice que estoy equivocado, que nada es como parece ser, que aún habrá sorpresas, de momento a veces silbo por los pasillos, y no me sale mal, la música me mueve, mi cara sonríe, y le guiño un ojo, ¿a quién? A quien me devuelva un guiño y su sonrisa.

¡Joder, que tarde más bonita!