La lagartija

La tierra se había endurecido tras las grandes lluvias que lo cambiaron todo. Al secarse, los charcos habían formado un relieve nuevo. La humedad y la tierra arrastrada lamían las casas. En su discreción, el silencio cubría las calles, y todo era feo.

Aquel hombre parecía ausente. Tan sólo le irritaba no tener café por las mañanas, pues la tienda y el bar habían cerrado. Caminó hasta el lugar donde vio a su hija por última vez, y recordó de nuevo el barro paralizante bajo el diluvio que le impidió llegar hasta ella; vio su mirada y sus brazos esperando que él la agarrara, después, jamás volvió a verla. La buscó sin parar durante días. Ahora volvía cada mañana al mismo lugar donde dejó de verla. ¿Qué le importaba no tener futuro en el que pensar?

Una lagartija asomó por el agujero de un ladrillo roto y se detuvo complacida bajo el sol ardiente. Los dos se miraron. La lagartija se alejó confiada y él la siguió con la mirada hasta donde la niña había abandonado su lugar en la Tierra. Se paró y le miró antes de desaparecer en el hueco de la huella de una sandalia.

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