Ejercicios de observación

Anoche la Luna estaba llena, luego, cuatro personas unidas por lazos familiares cenaron juntas y hablaron de las cosas del día que se iba: la Luna seguía fuera sin que pudiéramos verla.

Esta mañana, que como todas me había levantado demasiado pronto, he dado un rodeo por las calles desiertas para llegar a la estación y así no tener que esperar mucho tiempo en el andén la llegada del tren: viajar siempre es gratificante si lo hacemos con tiempo.

En el segundo tren que he abordado esta mañana una señora estaba sentada justo enfrente de mí;  observaba a las personas que salpicábamos el vagón, seguro que a mí también me ha mirado mientras yo escribía: somos siempre unos desconocidos para los demás.

El hombre que se acaba de sentar a mi lado huele a sudor reseco. Si deja de trastear con su teléfono y mira a su lado izquierdo, tal vez pique su curiosidad y acierte a leer estas palabras que se refieren a él; tal vez cuando llegue a casa se duche con dedicación y por fin se cambie la camiseta y el jersey oscuro bajo su anorak de plumas también oscura, pero lo dudo: no nos importan los otros, pero tampoco nosotros mismos.

Estoy llegando de nuevo al trabajo y tengo el mismo interés de siempre cuando acudo a esta dedicación necesaria y obligada que uno ha tenido durante casi toda su vida: ninguno.

Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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Los gatos negros no tienen teléfono

Algunas mañanas, al salir de casa camino del trabajo, el frío que viene de la noche me instala por unos momentos en la oportunidad de comenzar de nuevo, aunque no sepa el qué, quizás todo.

No se ve a nadie en el corto camino hasta la estación, hoy sólo un gato negro y cojo de una pata trasera, que se para y me contempla confiado mientras paso a su lado saludándolo. Nos miramos y él lo sigue haciendo mientras me alejo pensando en que piensa un gato cojo solitario en la noche viendo pasar a un humano solitario. Su mirada no es orgullosa, ni quejosa, ni es pedigüeña, ni extrañada, ni desesperada, ni desconfiada, ni busca dar pena; muestra la característica dedicación animal por vivir, es curiosa y amigable; y mudo cómo es este negro individuo, se comunica conmigo definitivamente con su mirada. Parece apreciar la casualidad de este encuentro inesperado en esta esquina alumbrada por una farola, por eso parece decirme: “No me olvides, tú y yo somos vecinos, aunque yo sea cojo y gato y tu legañoso y resignado, por muy esperanzado que te encuentres a estas horas de la mañana y me mires desde tan arriba, yo también lo estoy en encontrar un lugar tranquilo y a salvo donde dormitar”.

Mientras espero el tren echo un vistazo a mi teléfono: correo, noticias, mensajes. Otro día más la misma búsqueda de entretenimiento que en esencia es la propia acción repetitiva de la consulta: nos entretiene no en la acepción de divertimento, o al menos no siempre, sino en la otra que se explica porque no nos permite hacer o disfrutar de otras cosas (si es que lo quisiéramos); por ejemplo el silencio tan codiciado, o aquello de lo que cada vez somos más consciente hemos gozado pero hemos perdido, interrumpidos por nuestro uso de estas máquinas, y otras, que con ser útiles son cada vez más la cadena que nos ata a la bancada de la galera día a día y por los siglos de los siglos, sin destino fijo, sin posibilidad apenas de acercarnos siquiera al horizonte al que ya hemos renunciado a traspasar, que nos rodea y que ni siquiera podemos ver en el oscuro, húmedo y maloliente cubículo donde remamos atascados en la tierra seca.

Miro por la ventanilla y la luz del día ya se vislumbra. Puede que el gato cojo tema ya esta luz que augura el peligro de la actividad humana, agazapado bajo un coche que sabe que no se moverá en todo el día. Cierra los ojos, y en su trance recuerda al humano que le ha saludado esta mañana. Esta noche volverá a salir de nuevo, para comer, para encontrar quizás una hembra solitaria por la que no tenga que pelear; y se lame el muñón sin prisa, gozando de sus propias caricias.

Guardo mi teléfono, pero nada más bajar en la estación de destino lo saco para consultarlo. Sí, es un nuevo día, y por eso sonrío a la nueva oportunidad que se me brinda ahora que ya ha amanecido.

Dejar la casa

Dejar una ciudad en la que has vivido largo tiempo, es además de dejar de ver a tantas personas, incluida tu familia, dejar de caminar las calles en la que quizás aprendiste a andar, (incluso haciendo eses), y también a tropezar, (incluso cuando hacía eses). Es también abandonar la seguridad de lo conocido, olvidar los mecanismos asimilados que nos permitían movernos sobre un plano inscrito en nuestra mente sin apenas pensarlo, sabiendo quien era quien en nuestras referencias habituales. Pero dejar una casa es definitivamente romper con un pasado al que no se puede volver. Sí, ya sé que el pasado nunca vuelve, y que nunca se retoma nada en el mismo punto que se dejó, aunque sí los olores, los calores y los fríos de los lugares vividos, aliados casi siempre a los recuerdos voluntarios o no. Puede incluso que siga existiendo aquel banco, aquella valla por donde no pasaba nadie por la noche, aquel bar alrededor del cual, ahora que lo pienso, tantas personas, tantas miradas, tantos lances y palabras, pasaron a formar parte de nuestra vida.

Dejar la casa, dada la imposibilidad de llevar contigo tantas cosas, a veces supone tirar parte de tus libros, deshacerte de la ropa vieja, de tus antiguas sábanas, de las camisas pasadas de moda, de aquellas botas que no sabes por qué guardas, de la enciclopedia de fotos en blanco y negro que nunca más abriste, de las cajitas llenas de pretendidos jalones de tu vida inservibles pues ya no recuerdas que te deberían recordar, de esos marcos que una vez contuvieron las fotos de tus exposiciones particulares. Y también de los viejos papeles formales, oficiales, creativos, recortados; de los trabajos universitarios de distinta índole guardados para un futuro posible que ya se adivinaba imposible aun ordenados en carpetas. De aquel ordenador blanco ahora obsoleto e increíble ahora, que tanta pena te dio abandonar. Tantas cosas, sí, y también tantos recuerdos unidos a ellas, pero sin embargo prescindibles dentro de la carga que en la vida uno va arrastrando, salvo aquel libro, aquel chupete de los niños, aquella casa de muñecas, aquella foto, aquella figurita que de vez en cuando miras, y que no sabes por qué, son especiales, aun sabiendo que en realidad les hemos concedido un nuevo plazo de existencia entre nosotros.

Pero sobre todo, en la casa de la que yo hablo se quedan los panoramas, las vistas. Aquellas que al amanecer cuando el sol que trepaba sobre los cerros iluminaba los libros entre ceniceros sucios y vasos de café fríos, un nuevo trayecto hacia la cocina a tirar los ceniceros o a por un café nuevo. Aquellas que al mediodía además dejaban pasar por la ventana abierta de la cocina el aire frío que neutralizaba el olor del sofrito. O aquellas otras que al atardecer, cuando los bloques de ladrillo ardían en el verano y los aviones de Barajas entraban o salían por encima de la creciente superficie de un Madrid a pesar de todo incompleto, feo bajo la boina negra de humo, pero clamorosamente hermoso bajo los cielos rojos, surcados de azules puros en la tarde de primavera. Madrid, siempre fue desde allí un respiro donde dejar deambular la mirada, algo que mostrar a otros, algo también prescindible, fuente inspiradora y, ahora que también lo pienso, -por encima de todas estas torres plagadas de cigüeñas-, una promesa de trascender la realidad inmediata, un lugar a donde ir y desde donde volver, treinta kilómetros más allá llenos de edificios de variados colores y alturas, de autopistas, de solares intercalados que iban del verde al amarillo a lo largo del año, treinta kilómetros a partir de esta ciudad que a los pies de este décimo piso estaba tan cerca que quería saltarla, traspasarla. Esta ciudad de la que me alejaba sin nostalgia y a la que volvía con placer de reencontrarla. Esta ciudad que añoraba sabiendo que antes la había aborrecido y ahora ni chicha ni limoná. Esta ciudad caliente, donde siempre es verano a pesar del frío de diciembre. Esta ciudad que observan mis hijos sorprendidos desde los mismos miradores a los que yo me asomaba cuando ellos no existían.

Las otras ventanas, la otra vertiente de la casa, me inclina hacia los cerros de pinos crecientes que motean las tierras marrones, iluminados por el sol después de la tormenta; lugar de tantas escapadas, tan lejanas ya en el tiempo: aquellas junto a una tropa de compañeros de instituto en busca de cuevas misteriosas que se escondían entre los cerros habitados por conejos y las balas clavadas en las paredes del río, excitados por la aventura de sus apenas 13 años, y que quemaba los cuadernos de clase para hacer antorchas y atreverse en la oscuridad amenazante de la cueva mítica (el Champiñón, un hito a medida de la ciudad de abajo). También otras aventuras, como aquella que se iniciaba ayudándola a cruzar el río que nos separaba del oriente cercano donde como una premonición se situaba el castillo árabe, para, desde el pie de su torre derruida contemplar la ciudad desde la oscuridad de una noche de verano, mientras las horas pasaban y pasaban.

En esta casa que se abre al amanecer por el Levante de sus ventanas y se despide por el Poniente ha ido quedando la huella del frío y el calor, de la lluvia y los truenos, bajo un techo que precipita los sentimientos que ha acogido (tantos) entre sus dos vertientes, por encima del mundo cercano, o lejano, según queramos mirarlo. Ya lo dije, son más las vistas que recordaré de esta casa que todo lo material que contenía.

Pero demos ahora la vuelta a la esquina y echemos un jarro de agua fría necesario a la melancolía que tanto nos conforta cuando no sabemos adónde mirar, ¡existen tantas miradas desde tantas atalayas! Siempre la nuestra tiende a ser la mejor, la insuperable, pues es, al fin y al cabo la que conocemos, casi siempre la única que conocemos, y sin embargo, cada uno tiende a pensar y a sentir lo mismo por la suya, a pesar de las diferentes expresiones poéticas que las retratan, lo mismo en esencia, aun aborreciéndola. ¡Tantas casas!

La mano

Cómo todos los días de diario voy al trabajo en tren, lo que me permite leer  y olvidarme de dónde voy o de dónde vengo (buen sistema).  A veces alguien llama mi atención, como la chica de esta mañana, mirada altiva y largas piernas desnudas y cruzadas que todavía no tiene frío a estas horas de la mañana. A veces, si las preocupaciones maceradas en la noche han rebasado el recipiente de lo soportable y necesito recapacitar o sumirme en la melancolía de lo irresoluble, mi mirada vaga entre los pasillos y las caras de la gente que en silencio lee, mira o  también recapacita sobre su vida.

En una de las estaciones intermedias del recorrido se puso a mi lado, de pie, una mujer vestida con pantalones negros, tan cerca que levanté la cabeza para tratar de ver su cara en un ángulo difícil de mantener por mi cuello. Era alta, rubia  y llevaba una chaqueta roja que le hacía parecer muy elegante. Fue un repaso muy breve. En todo el trayecto no se movió de mi lado, de repente me di cuenta de que su mano izquierda estaba muy cerca de mi cara, ya no puede dejar de mirarla, me atrajo su extraña tersura, entonces volví a forzar mi cuello para ver su cara. Efectivamente era muy alta, pero por lo poco que podía ver de ella, no parecía joven, o al menos no muy joven. Volví  a mirar su mano, y primero me pareció que estaba empastada en crema, luego pensé en una momia, en un maniquí, y luego, al ver que no se movía a pesar de tener un leve encogimiento y los dedos naturalmente extendidos sin estarlo del todo, me di cuenta de que en realidad era una mano de plástico con un color de piel muy bien logrado, y que formaba parte de un antebrazo acoplado a un muñón que me pareció estaría por debajo del codo. Se apeó en la misma estación que yo. La seguí con la mirada, su brazo componía un ángulo bastante abierto en relación a la vertical de su cuerpo. Pensé que quizás podría chocar con el cuerpo de otra persona, teniendo en cuenta la cantidad de gente que había en el andén, y que quizás podía desprendérsele y caérsele al suelo, pero no parecía preocupada por ello en su andar elegante; supongo que estos brazos van muy bien sujetos con vete a saber qué sistema. Ella se perdió entre la gente que subía las escaleras pero me prometí buscarla al día siguiente para contemplar de nuevo su mano inmóvil y buscar otros rastros en su cuerpo visible: de una enfermedad, tal vez de un accidente.

Camino de la calle, mis pensamientos se ordenaron elucubrando primero sobre cómo haría para desnudarse con una sola mano esta mujer de antebrazo de plástico. O cómo haría para ducharse, o comer. O para abrazar a quien ama. ¿Cómo y cada cuanto tiempo lavará su mano? ¿Qué siente por ella? ¿La quiere cómo a su otra mano? Y quien la ama, ¿le coge su mano izquierda como hace con la derecha? ¿La acaricia igual?

50 The Rolling Stones

50 años de la primera actuación de los Rolling Stones en el Marquee de Londres. ¡Cómo pasa el tiempo!  Tantos momentos:  alegría,  rabia, desesperación, amor,  soledad, camaraderia,deseo,

My back is broad but it’s a hurting

All I want is for you to make love to me

I’ll never be your beast of burden

I’ve walked for miles my feet are hurting

All I want is for you to make love to me

Beast of burden

 

efervescencia, superioridad, sinceridad, encuentro, recogimiento, reconocimiento, euforia, baile, teatro, cantar, compartir,  enseñar, aburrimiento, compañía, casualidad, búsqueda

So I called you on the phone and your friend said “she’s not home”

So I told her where I’d be at and that you should call me back

Then I looked at the morning mail, I was not even expecting a bill

Your letter a-started “Dear”, and it left me with these tears.

It was a sad day, bad day, sad day, bad day

Sad day

 

en mi habitación, en el metro, en el cine, en el estadio, en directo, en la radio, en la televisión, en el tocadiscos, en el CD, en el ordenador, en la voz de otros, en los altavoces de una fiesta, en los continentes  de la Tierra, en el recuerdo, en la imaginación, en la calle, en

2120 South Michigan Avenue

 

Tantas veces tantas canciones, tantas veces conmigo, mi propia banda sonora, compañeros desconocidos, y por eso mismo tan particulares. Sentimos cosas aparentemente iguales y sin embargo tan diferentes al escucharlos, adaptadas a nuestros deseos o a nuestras necesidades.

I come to you, so silent in the night

So stealthy, so animal quiet

I’ll be your savior, steadfast and true

I’ll come to your emotional rescue

I’ll come to your emotional rescue

Emotional Rescue
 

Tan diferente de lo que puede sentir mi prima al escuchar sus canciones, por mucho que entendamos la letra y sintamos el ritmo de la música y el timbre inconfundibles de Mick Jagger.

I was born in a cross-fire hurricane

And I howled at my ma in the driving rain,

But it’s all right now, in fact, it’s a gas!

But it’s all right.  I’m Jumpin’ Jack Flash,

It’s a Gas!  Gas!  Gas!

Jumpin’Jack Flash

 
Como a cualquiera, a los Rolling Stones puedes serles fiel de por vida, o los puedes abandonar a lo largo de ella, o pasar a tratarlos con indiferència; como la propia existència, pero muchos días, en los vaivenes del amor a tantes cosas que nos rodean, cuando sin quererlo, detecto los compases de una canción suya que al principio no se identificar, algo en mí se remueve de forma involuntaria,

When the train left the station

It had two lights on behind

Yeah, when the train left the station

It had two lights on behind

Whoa, the blue light was my baby

And the red light was my mind

All my love was in vain

All my love’s in vain

Love in vain

 
50 años no es tanto tiempo: tiempo cruel, sabio, perdido, gastado, adornado, sobrellevado, quemado, malgastado, sublime, inolvidable, alejado, presente a pesar de toda la niebla que nos va envolviendo, tiempo dorado:

Yes, star crossed in pleasure the stream flows on by

Yes, as we’re sated in leisure, we watch it fly

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

Time can tear down a building or destroy a woman’s face

Hours are like diamonds, don’t let them waste

Time waits for no one, no favours has he

Time waits for no one, and he won’t wait for me

Men, they build towers to their passing yes, to their fame everlasting

Here he comes chopping and reaping, hear him laugh at their cheating

And time waits for no man, and it won’t wait for me

Yes, time waits for no one, and it won’t wait for me

Drink in your summer, gather your corn

The dreams of the night time will vanish by dawn

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

No no no, not for me….

Time waits for no one
 

Dar gracias suena a agradecimiento a la divinidad cristina, pero ellos se merecen el sacrilegio por haber escrito, compuesto y actuado para nosotros,  más allà del valor de todos sus discos o de la entrada a sus conciertos.

Congratulations

Congratulations

Well done, my friend

You’ve done it again

You’ve gone and broken another heart

Yeah, you’ve torn it apart

Congratulations

 

El viaje

Antes del viaje un examen de conciencia, una especie de ejercicio respiratorio previo a los 600 kilómetros exactos que hoy haremos. Miro el cielo gris, no llueve; Barcelona queda atrás, veo allá a lo lejos Lérida y Zaragoza, luego lo que llamamos “Petra” y después Alcolea,  por fin Guadalajara y luego la curva del jardín botánico de la universidad, momentos antes de salirme de la autovía y entrar en Alcalá. Semáforos, aceras mojadas secándose; nada es ya como era acá, vestigios de otro tiempo de cuando esta ciudad tenía claves conocidas. El volante es el mando que nos conduce hacia la libertad a precio de gasolina, y por tanto cada vez más caro. Los kilómetros siempre en el mismo lugar, las pendientes y las curvas, los adelantamientos y los camiones. Furgonetas rumanas y franceses despistados, jóvenes aventureros en coches llenos, con mochilas y sacos, matrimonios mayores camino de la casa de toda una vida con bolsas de plástico atadas con nudos, llenas de viandas y trastos. El paisaje a veces hostil, a veces entrañable, a veces decorado, en mi trayecto vital, espacio ideal para el pensamiento mientras los demás duermen. Carreteras hacia ningún lado rompen el vacio de los Monegros; aquel pueblo que parece irse despertando tras ser abandonado; el arco romano allá en lo alto, y enfrente, como una enfermedad incurable, los nuevos molinos de viento que se integran sin remedio al nuevo paisaje del valle de Medinaceli. El viaje, un misterio que viene envuelto en el tiempo: dejarse llevar, empeñarse en mirar buscando la emoción que aprieta nuestro estómago, o nos decepciona hasta devolvernos un gesto agrio; adelantar nuestra vida circulando y volviendo por un atajo adonde estábamos antes de la partida, quizás habiendo aprendido algo, seguro que incorporando nuevos recuerdos que pronto serán añorados por quedar ya en el pasado, sin saber que el futuro sólo puede ser distinto, desde fuera tal vez mejor, desde dentro con margen todavía para nuestra propia juventud, aquella que aún hoy nos aleja del final y nos acerca a nuestra vida.

Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

No es fácil mantener una mirada atenta a la realidad que en verdad nos sirva para formarnos una opinión propia, y por tanto saber más y poder comunicarlo con la seguridad de entender de lo que hablamos. Ya lo se, demasiados neones y lucecitas nos rodean; infinitas clases de ruidos nos molestan; irritantes llamadas nos venden lo mejor de la Tierra que, además, ya nos habían vendido.

Opinar es pensar teniendo en cuenta todos los factores que intervienen en el asunto que nos ocupa, sin embargo, a menudo lo que hacemos es hablar por no mostrar nuestro silencio, no vaya a ser que piensen que no tenemos una opinión formada, o que simplemente no nos interesa el tema. Debemos hablar de todo, saber de todo, lo que nos lleva a decir barbaridades o insustancialidades que podrían recogerse en tomos y tomos de la famosa Historia aún no escrita de la Tontería Humana.

Hoy prima la opinión “googlewikibrazoenlabarra”. Todo sirve para alimentar este tipo de palabrería que da lustre a la ciudadanía que nos rodea. La fuentes son diversas: el avance de un telediario que oímos camino del water; el comienzo de un titular  de la portada del diario gratuito que alguien lleva abierto en el autobús. El discurso imparable de algún brillante parlanchín que busca deslumbrar con su originalidad bien elaborada pero vana y maloliente por lo sobada.

El bostezo es inevitable ante los tópicos continuamente renovados, los latiguillos llenos de moho, la originalidad recién comprada en Ikea a 199,99€.

A menudo llamamos conversar a lo que es endilgarnos nuestros respectivos relatos. Lo que nos cuenta el otro es un estorbo si no nos deja terminar de contar nuestro fin de semana.

No soy brillante exponiendo lo que pienso, pero siento que lo soy cuando me encuentro a  alguien que me tira de la  lengua con un discurso inteligente y bien compuesto que me ayuda a expresar lo que siento y pienso, y a quien noto que me escucha como yo a él lo escucho.

¡Reflexionemos!, que no lo hagan  sólo los que tienen mentes privilegiadas que persiguen nuestro bien, pues también lo hacen los que persiguen nuestro mal, ellos siempre están, algunos  alimentando la opinión generalizada que nos corroe y nos impide tener una opinión propia y por tanto cambiar las cosas.

Un salto a Madrid

Un día también saltamos a Madrid, un salto que siempre me gusta dar, que estira mis piernas y abre mis ojos. El nuevo reencuentro me llena de parsimonia observadora de los detalles que uno ama, ¡ay!, aquí uno no ve los errores, pues lo que se impone es disfrutar de un mañana envuelta en un sol de regalo perfectamente contrastado en sus sombras. Tenía ganas de estar hoy aquí.

Esta mañana la ciudad es sobrevolada por un gigantesco dirigible que ahora atraviesa el cielo del comienzo de la calle de Alcalá con sus cuadrigas, claraboyas, cúpulas y terrazas en lo alto, y los plásticos azules de los acampados del 15M abajo, en la ciudad soñada que despierta desde la Puerta del Sol. Cientos de jóvenes escenifican su buena disposición limpiando marquesinas y persianas. Son coloridos, risueños y, sobre todo, jóvenes en su gran mayoría. Viven en un pueblo ideal, y sin embargo real, tras un mes de historia. Se ve que pronto llorarán al separarse y destruir lo construido. Ésta es la fórmula de la convivencia perfecta. Un período prospero y feliz que dura poderoso bajo la presión de lo que no lo comprende o lo rechaza. Su fortaleza y entusiasmo lo mantiene durante un espacio de tiempo fecundo y hermoso, que se sabe finito, como el amor, como la amistad, como la vida…

Han establecido lazos, han hecho historia sin desearlo ni haberlo pensado. Sorprendentemente han demostrado capacidad para organizarse, para emitir esperanza, para influir en la opinión de toda España, imponiéndose la seriedad de sus propuestas, mostrando la humanidad de su impotencia a la hora de continuar su movimiento, su ingenuidad transgresora ocupando la calle que casi sin creerlo era también suya. Me gusta verlos, me emocionan, los envidio, hoy me gusta más Madrid por ellos. Son esta gente la que tapa el paisaje y lo construye de nuevo, sea aquel hermoso o feo, para convertirlo en algo inolvidable, un estreno. Sus colores tapan la calle y nos hacen apreciarla de nuevo. Las manos levantadas hacen un movimiento lateral continuo y rápido sobre su propio eje, derecha e izquierda, derecha e izquierda, para aprobar las propuestas y los discursos de los que hablan.

Y todos se miran y se reconocen, quieren creer, pero sobre todo hacer, y quieren convencer con su ejemplo. Quieren que los miremos, que les sigamos, quieren demostrarnos que ahora son ellos los protagonistas, y yo me inclino encantado de ver a dos chicas jóvenes hablando con una soltura que parece innata, desgranando sus reivindicaciones con la serenidad de su experiencia, corta o larga, pero evidentemente intensa, con la seguridad que da transmitir lo que se cree. Da gusto oírlas, y ver a la gente sentada bajo un sol de verano que hasta ha hecho abrir los paraguas, escuchándolas, aprobando su discurso con sus dos manos en movimiento, y con aplausos, como cuando hablan del dispendio que supondrá la próxima visita del Papa. Luego habla un chico con barba, bastante más mayor, de la vieja guardia, con la misma serenidad, aplomo y sensatez. Uno más de la gran asamblea. Sigo sorprendido por todo ello, me anima, me alegra ver a toda esta gente bajo este sol en Sol. Todo no está perdido en este mundo cada vez más injusto, y pienso que solo el avance lento pero seguro de las propuestas sensatas pueden ir calando en la gente para concienciarla y luchar, ahora sí, para hacer cambiar las cosas hacia mejor. También entiendo la desesperación que hace y hará a muchos no pararse en mientes y querer cambios radicales para mañana mismo. También existirán los desvíos a ninguna parte, el oportunismo, la salsa de los amantes del follón, que puede ser otra forma de divertimento, pero también el camino elegido por los creyentes en la revolución violenta, del caos que a la larga produciría un mundo justo soñado, lo que siempre, como ya sabemos, hará nacer una sociedad ya herida.

Pruebo a levantar las manos para aprobar las propuestas, me gustaría parecerme a ellos, estoy de acuerdo, y lo hago, pero no, no soy de ellos, soy otro, apenas un intruso, un simpatizante que podría apoyarlos. Un acto de mera solidaridad en esta Puerta del Sol que pese al sol que aplasta apabulla de vida, es decir que a uno le hace acordarse de la palabra, de vida, claro, y de un futuro en el que no podemos dejar de pensar mejor a pesar del pesimismo que las evidencias se empeñan en transmitirnos, pero mientras, la ciudad bulle, hermosa en la tarde. Y ahora me voy alejando poco a poco, el oso sigue de guardia, e impasible no deja de mirar la copa del madroño, para comérselo o para seguir viendo de reojo el paisaje que le rodea: los plásticos azules, las manos en alto que aplauden sordas… La Puerta del Sol ya a lo lejos.

Esta tarde, después de comer visitamos la exposición sobre los tesoros de Polonia en el Palacio Real. De repente me encontré delante de la “La dama del armiño”, un cuadro de Leonardo da Vinci que sorprende por su verosimilitud,  su gesto sugerente,  sus detalles, y su propia historia. Por un momento me parecía encontrarme delante de la capilla de una virgen milagrosa. En realidad fue la amante de Ludovico “El Moro”, duque de Milán. Yo fuí sólo -de nuevo también aquí- un fiel admirador de la imperfecta vida, de su belleza… No llegué a postrarme ante ella, solo la miré, y ella miraba por encima de mi hombro, y al cerrar la puerta sentí que se quedaba dentro, y no pareció importarle.

Salimos al sol de la plaza de la Armería solitaria, antes de ir a Sol por segunda vez en el día. La calles repletas de gente, paseando, bebiendo, jugando, a la sombra, al sol, caminando… el día seguía siendo hermoso.