Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

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¿Soy pesimista o es que de verdad el futuro es negro?

 

Quizás nunca en la historia del mundo habitado se han vivido momentos que anuncien una debacle planetaria como ésta en la que estamos. Varios son los factores y los signos que la anuncian: la superpoblación de algunos lugares de la Tierra; la contaminación que envenena las grandes ciudades y que ya llega a muchas partes del globo alejadas de los focos de emisión de partículas contaminantes y venenosas; el deshielo acelerado de los polos que hará subir el nivel de las aguas de los océanos provocado por el calentamiento global que, además, provocará grandes periodos de sequía y por tanto carencia y carestía de alimentos en los dos hemisferios; o también las previsibles guerras por la posesión de las fuentes de energía, de alimentos y de agua.

Uno mira por la ventana y ve las nubes y el sol y las montañas cuajadas de árboles, y ve a la  gente feliz por las aceras. Es difícil imaginar que existan otros lugares sin aceras o con ellas rotas. Es difícil entender que haya seres que se mueren literalmente de hambre, de sed, de enfermedades en Europa hace siglos desterradas. Es incomprensible a nuestra lógica que existan regímenes políticos que matan literalmente a su población si osan rebelarse contra su poder ilegítimo. Vemos a nuestros hijos reír y ni se nos pasa por la sesera que haya otros niños que a su edad trabajen y penen por su desgracia.

Y sin embargo, el futuro está aquí, se nos ha presentado, y nosotros lo contemplamos como si fuese un libro que leemos o dejamos, que después lo guardamos, y sospecho que sin siquiera sacar enseñanzas. Es como si nos hubiésemos resignado, como si ya supiéramos que ya no podremos hacer nada sino limitarnos a comprar unas mascarillas y prepararnos a comer pastillas liofilizadas para pasar, el -perpetuo ya- trago.

Miro por la ventana y pienso en que tengo ganas de irme este fin de semana fuera, lo que he escrito ahora, aquí queda, para recordarlo otro día, quizás en el futuro cercano. Ahora hay nubes, montañas y gente feliz por las aceras, lo de siempre, después abriré la nevera, me lavaré luego los dientes y podré dormir esta noche porque no puedo escapar a ningún lado, daré otro beso a mis hijos a hora que ya duermen.

9.3.11

Comienzan a llegar imágenes de Japón. El mar avanza a gran velocidad por la tierra, arrasa pueblos, sembrados, carreteras, aeropuertos, postes o árboles. Arrastra coches, autobuses, barcos, aviones, casas enteras. Uno se imagina allá, atrapado por la corriente, y aunque se  impresiona al verlo por la pantalla, está lejos de lo que debe ser vivirlo. Miles de muertos, miles de casas destruidas, gentes asustadas, miles de personas buscando a otras personas y demandando ayuda. Una ola negra, imparable, evidentemente inmisericorde. A menudo nos creemos tan poderosos que se nos olvida quienes somos, el lugar donde habitamos, nuestro verdadero tamaño sobre este gran planeta que tanto hemos castigado y del que siempre olvidamos su cólera ciega, sin darnos cuenta de que está vivo.

11.3.11

En Japón, las malas noticias se suceden. El riesgo  de una catástrofe nuclear es muy elevado. Hay dos centrales nucleares que estaban situadas al lado del mar y cerca del epicentro del terremoto que tienen un peligro cierto de fusión del núcleo atómico que puede liberar a la atmósfera radiactividad en grandes cantidades. De hecho ya ha habido dos explosiones en dos reactores de una de ellas -que tiene cuatro-, aunque parece que se han producido en la coraza que recubre los reactores. Ya se han evacuado 600.000 personas de los alrededores, mientras, se siguen buscando desparecidos y la sorpresa y el dolor comienza a ser superada por la urgente necesidad de rehacer la vida, quizás lo mejor de la especie humana.

Miro por la ventana, por las aceras la gente sigue transportando sus propias preocupaciones, Japón está muy lejos, y tantos otros lugares, algunos tan cerca. El planeta es grande, pero no hay noticias buenas, solo caminar por nuestras aceras y sonreír a los que nos rodean, eso si nos queda.

14.3.11

Tres mujeres feas

Tres mujeres feas entran en el vagón del metro junto a mí. Parecen hermanas y mellizas y rondan los 60 años. Tienen cara de enfadarse a menudo, una parece detentar la autoridad entre ellas, pues le echa la bronca a otra de ellas que se ha quedado rezagada mirando a un perro que ladraba en el otro andén. Deben vivir juntas y las supongo  solteras, aunque puede también que no sea así y hayan quedado para ir al cine o a comprar ropa, si bien lo dudo. Llevan el pelo corto y dos de ellas llevan gafas, no dejan de hablar entre ellas.

Pienso en como debían llamar la atención cuando iban las tres juntas de pequeñas, y en como se debía parar la gente a contemplarlas alabando su gracia a sus padres por tener aquellas tres monadas. Tal vez fue así durante mucho tiempo, tal vez después se acostumbraron a estar siempre juntas cuando estaban en el colegio y más tarde en el instituto, tal vez era difícil que nadie se acercase a una de ellas porque las tres juntas suponían una barrera infranqueable y nadie se atrevió a ello. Tal vez se fueron resignando a ser inexpugnables, al fin y al cabo un mundo de tres personas es lo suficientemente grande como para cubrir gran parte de sus necesidades sociales a pesar de las posibles carencias afectivas, si bien éstas siempre serán menores que la soledad.

Oigo sus voces rotas que vienen del otro vagón a pesar de que ahora el metro se ha llenado y no las veo, me apeo y ellas continúan su viaje. Dentro de un rato llegaran a su casa, tres habitaciones, cada una con una cama, con algunos recuerdos de su niñez colgados de las paredes, fotos de sus padres y de su propia juventud en marcos oscuros sobre estanterías blancas, jarroncitos sobre paños de ganchillo, sobre aparadores de madera brillante. Se cambiarán y se pondrán pijamas de colores diferentes, harán la cena  y encenderán la tele hasta que una o todas tengan sueño. Cada una soñará su propio sueño, tal vez quisieran ser otras, o tal vez no, estas tres mujeres que viajan en el metro.

Tantas cosas

Tantas cosas. Tantas cosas sobre la mesa, tantas carpetas e informes con tantos nombres, tantas notas escritas en variados colores, tantos cables a tantos enchufes conectados, tantos pañuelos que nos limpian de tantos líquidos sobrantes pero necesarios de nuestro cuerpo, los teléfonos que nos comunican con tanta gente, el monitor del ordenador que a tantos mundos planos nos abre, el calendario con tantos días por vivir y ya vividos, y algún bolígrafo arrinconado tan lleno de posibles palabras y de borrones.

Tantas cosas que se ven desde la ventana: tantas nubes que pasan, tantos tejados que cubren la vida de tantas personas, tantas ventanas donde se asoman estas y tantas otras para respirar, para mirar más allá de tantas habitaciones llenas de tantos muebles y recuerdos, de tantas paredes con fotos o sin nada, pintadas de tantos colores. Tantos árboles que jalonan las calles, tantos coches que nos transportan en tantos viajes vitales, tantos autobuses donde nos miramos mientras observamos, leemos o dormimos. Tantos aviones que por allá pasan camino del aeropuerto o saliendo hacia otros lejanos transportando tantas personas que llegan, que se van, que sueñan, que tiene prisa o que no querrían llegar y que por eso a veces les duele el estómago.

Tantas facetas de nuestra vida, tanto capítulos, tantos asuntos, tantos problemas, tantas mentiras, tantas sonrisas y miradas, tantos errores y alegrías, tantos frentes que se nos abren, tantas decisiones y dudas, tanta soluciones, tanto tiempo que se nos pasa, que llenamos como podemos. Tantas noches ausentes de consciencia, tantas vigilantes, tantos amaneceres ansiosos cuando desearíamos embridar el tiempo para que no crezca el día que se nos viene encima y en la tarde para que no nos envuelva la noche, siempre queriendo parar el tiempo entre tantas emociones y afectos.

Tantas camisas y pantalones, tantos calcetines, calzoncillos y bragas que hemos usado para vestirnos, tanta ropa en tantos armarios, tanto agua que nos ha lavado, tanto jabón que nos ha limpiado y perfumado, tanta leche y tanto café caliente, tantas galletas. Tantas aguas menores, tantas mayores. Tanto sudor, tanto amor encauzado o derramado, tantos sueños y deseos, tanta increíble dicha y tanta acostumbrada melancolía.

Tantas vidas de tantas y tantas personas que pueblan tantos países en lo que dicen un solo mundo aunque sean tantos. Tantos caminos hollados y pasos dados por tantos pies con tantos zapatos, y cuantas miradas y gestos entre tanto. Tantos libros leídos, escritos, por escribir, tantos recordados, tantas frases célebres. Tantas y tantas páginas, más que personas, en la misma gran complejidad de nuestras mentes y cuerpos. Tantas películas que nos emocionan, tantos cines, tantos actores y canciones que nos han hecho entrar en tantas atmósferas suplementarias en tantos momentos de nuestra vida, para curarnos, para entretenernos, también para preocuparnos.

Tantas vidas que multiplican tantas de todas estas cosas, y como resultado tantos números y, sin embargo, que superfluas son tantas de estas cosas. Que pocas las que verdaderamente nos mueven, remueven y conmueven, que pocos los sentimientos que tanto nos afectan para siempre y siempre. Que simple es sin embargo todo.

Teoría del hombre que habla solo

Ayer vi un hombre solo hablando por la calle. Era una conversación vívida, presumo que razonada, y me dije que aquel hombre en realidad no estaba solo, luego traté de razonar mi teoría. No puede estar solo un hombre que habla con ese convencimiento, alguien le acompañaba, alguien estaba con él. Es posible además que ese otro le estuviese rebatiendo sus opiniones, sus teorías que tanto le importaban.

Yo también me he descubierto alguna vez hablando solo por la calle, por mi casa. Seguramente no era tan apasionado en mi conversación interior, pero creo que en algunos momentos he llegado a mover los labios. Nunca estamos tan solos como esa soledad que creemos ver en un hombre solo que habla por la calle, al menos en ese estado en el que se fundamenta nuestra existencia, otra cosa es que necesitemos como el aire escuchar a otro, tocarlo, mirarlo, ese es el estado sublime y también gozoso donde nos mostramos y somos en sociedad, donde enseñamos y aprendemos. Ambos estados son naturales a nuestra vida, lo que ocurre es que en algunas personas aquel estado primario alcanza tal importancia por falta de contacto con otras personas que se convierte en el único. Entonces, ese otro que llevamos dentro parece cobrar personalidad y peso e incluso se manifiesta al lado de su dueño, de tal forma que no dudamos en ver a dos personas caminando en el cuerpo de una. A veces ese cuerpo lleva la cara desencajada o la nariz roja y va vestido con andrajos, quizás esa persona hace tiempo que dejo de darse cuenta de que en realidad era una persona sola. Ya nadie le toca ni le habla, pero él ya no necesita a nadie, al menos hasta que alguien le demuestre que está equivocado, entonces podrá volver a ser una persona que necesita relacionarse con otras ajenas a él, con quien intercambia palabras, miradas y sudores; su otro otro no le abandonará por ello, pues siempre estará con él para complementarlo.

Aquel hombre me miró al pasar, pero siguió su propia conversación, estaba paseando y disfrutaba de su propia compañía. Yo también seguí pensando de forma mucho más discreta opinando y construyendo esto.

A tí rendido

El agua infinita

del perpetuo río

me arrastra en el día 

me remansa en la noche.

Yo soy  naturaleza

en cada amanecer impredecible

acoplado a mi fragilidad respetuosa,

a mis absurdas obsesiones.

Puedo decir ahora

que he aprendido

agarrado a esta rama

que amenaza con partirse.

Soy otro hombre

que ruega a la gran fuerza,

en su derroche,

que me salve.

Sólo soy un hombre,

sin remedio

ahora a ti rendido.

(Este poema fue encontrado en un viejo cuaderno de hojas pegadas y resecas dentro de una pequeña caja metálica milagrosamente conservada que apareció junto a los restos de un hombre enterrado a cincuenta metros del río Yukon en Canadá, en una pequeña colina  poblada de arces. La fecha que aparece debajo parece decir 29 de septiembre de 1831)

Porqués

¿Por qué cuando menos lo esperamos el sol invade la mañana y caliente nuestro cuerpo que se alegra y revive?

¿Por qué a veces el viento desarbola nuestro ánimo y lo arrastra contra las paredes sin descanso? 

¿Por qué es tan difícil mantenerse cuerdo y ser dueño completo de nuestras reacciones y sentimientos?

¿Por qué cuando el equilibrio nos permite contemplar nuestras posesiones materiales e inmateriales estamos deseando una brisa huracanada que nos arrastre allá donde la incertidumbre nos hace vibrar enteros  

¿Por qué algunas mañanas nos levantamos confusos sobre nosotros mismos?

¿Por qué hay días en los que necesitamos ser dañinamente sinceros?

¿Por qué la mayoría de los días disimulamos y equilibramos nuestro comportamiento con nosotros y con los demás?

¿Por qué nos dormimos rendidos a lo irremediable, dejando que el amanecer nos traiga otras o las mismas cosas?

¿Por qué todo nos parece tan lejano y sin embargo esta tan cerca que basta esperar un poco para oler el olor que desprenden las piras de los cadáveres en Benarés, las primeras flores de la primavera en el Himalaya, el sonido de las bombas en una carretera polvorienta de Afganistán, los lloros de las mujeres que perdieron a sus hijas en Ciudad Juárez, las risas de los que por fin derrocaron a un tirano en cualquier país del África Central?

¿Por qué todo lo que parece fácil y seguro puede desparecer de la noche a la mañana sin poder creerlo?

¿Por qué la magia de poder volver a encontrarte con quien quieres?

¿Por qué preguntarse nada si todo es más grande que nosotros?

 Tal vez todos tengamos nuestras propias respuestas, o tal vez no queramos tenerlas, a lo mejor éste es el famoso misterio de la vida. Vete tú a saber.

El viaje

Esta mañana tras el café de media mañana, después de viajar alrededor de nosotros mismos hablando de nuestras propias vidas en un movimiento de rotación, también realizábamos un movimiento de traslación alrededor de este lugar donde ahora estamos para volver a encontrarnos con los cuerpos siderales que nos acompañan en el día a día y a los que volvemos gustosos casi tentando sus pieles, admirándolas, pero volviendo a partir como condenados a un eterno vagabundeo mientras nos volvemos a mirarlas alejarse.

 Durante el trayecto hablábamos de otros viajes, de aquellos que requieren irremediablemente el abandono de la costumbre que nos ata un día y otro día. Nos preguntábamos sobre el porqué de ese impulso que nos sobreviene a veces por salir a la incierta aventura de adentrarse y recorrer paisajes extraños, a menudos hostiles. Los motivos para el viaje pueden ser variados, a menudo es la necesidad de huir de lo archiconocido, hartos del encierro rutinario, a veces es debido a una chispa que nos ilumina el futuro camino y al final un objetivo, a veces no existe una meta y es solo un trayecto guiado por la intuición o el gusto, de duración incierta. El viaje es eso, es partir, ir, llegar, estar, pensar, mirar, deglutir, comprender, ignorar, y notar y vivir lo que registramos, incluidos los malos ratos, el sueño, el peligro, la lluvia, la incomprensión, la nada fría mientras anochece sin ningún lugar a la vista para guarecernos, pero también y, sobre todo, la alegría de amanecer en un lugar que no pudimos ver en la noche que se nos muestra hermoso y húmedo, pero también la noche y sus sonidos, la sonrisa de la gente que nos mira curiosa, las palabras amables que nos acogen, las que nos preguntan, los niños y sus juegos, los oficios, los mercados, las calles tan distintas o tan parecidas, los cielos, siempre los cielos que nos cubren con sus nubes, con sus estrellas. Tal vez un beso, tal vez un beso soñado de alguien lejano, tal vez la imposibilidad de transmitir lo que en esos momentos sentimos en la noche con nuestros ojos cerrados y en si todavía seguimos existiendo en el lejano lugar para nosotros ahora inexistente. Y la soledad, la soledad cierta y eterna que somos nosotros, los que nos enfrentamos a todo, en el viaje, en la propia vida. Porque un viaje es sobre todo salir de tu lugar habitual para ir más allá, siendo un allá ya conocido o completamente ignoto. Podemos utilizar variados medios de transporte, y sobre todo caminar. Podemos caminar despreciando posibles peligros, o podemos ir utilizando las vías más transitadas para evitar sobresaltos. Podemos ir a un lugar donde nos esperan o a un lugar donde pueden preguntarse el porqué de nuestra llegada, lo que en sí puede augurar un desenlace problemático a nuestro desplazamiento.

Podemos ir en grupo, con tres amigos, con uno o con una novia, y seguiremos estando de viaje, pero creo que no hay un viaje más sincero en el sentido de lo que el viaje tiene de cambio personal que el que podamos realizar en solitario. Es entonces cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, cuando podemos llegar a saberr nuestro comportamiento en libertad, sin que nadie sea testigo ni cuide de nuestros actos, pues es entonces cuando de verdad sabemos lo que ansiamos, lo que añoramos, lo que valemos.

 Luego nos podemos enfrentar al desierto, al hielo perpetuo, a las montañas, a los plácidos caminos, y esperar el reposo, y digerir lo visto y lo vivido, y al día siguiente seguir caminando en nuestro viaje, aunque siempre volvamos.

En esta llanura polvorienta

No sé que pasa en ésta llanura polvorienta a estas horas del día. No hace calor, no hace frío, pero el sol me molesta en los ojos. No hay montañas hacia las que dirigirse, solo me quedan las botas domadas pero cómodas que me acabo de calzar. ¿Qué es esto? ¿Dónde está el ritmo vital del mundo? ¿Y tú? ¿Dónde estás tú que no vienes a buscarme? Sigo andando, a pesar de todo despacio y descansado.

 

Esta noche me dormí mirando las estrellas sobre mi, había tantas sobresaliendo ansiosas en la oscuridad que me daba vértigo, en algún momento creí que  caía hacia ellas. No se oía nada, ni siquiera el rumor de un lejano viento removiendo el polvo antiguo de este desierto. Por el cielo no había rastros de presencia humana, ninguna luz intermitente que denotará la presencia de los aviones nocturnos que van a buscar otros continentes. Estaba solo y sin embargo no tenía miedo. Todo al contrario, crecía en mi la seguridad de que aqeulla exhibición de estrellas, el caliente suelo donde reposaba y yo formábamos parte de la gran amalgama donde se guarda todo, donde se ve todo, donde vive y muere todo, aquello que nos avasalla para convencernos de nuestra verdadera talla, aquello que nos acompaña, que nos alimenta y nos da de beber, ese lugar que amamos porque allí amamos, donde encontramos los lugares de nuestra memoria, donde sabemos que si lanzamos un beso al aire tenemos la certeza de quien lo recogerá: miembros de la amalgama eterna.

 

Al atardecer he llegado a una pequeña quebrada donde había varios arbustos y un árbol un poco más alto que yo. Una acequia de agua reflejaba el sol anaranjado sobre mi cara. Me senté, me descalce y hablé, dije hola a nadie o a todos, quería seguir allí aún sabiendo que pronto se acabaría mi vagar. Seguía sin hacer calor, sin hacer frío, solo la calidez del último sol sobre la piel anaranjada, subí la cuesta y cuando estuve arriba la vi, vi la oscura figura que se acercaba decidida hacia mi, y llegó la eternidad, la intensidad que la imaginación y el pensamiento produjo en mi la media hora que calculaba pasaría hasta que alguien me hablara. Nunca he podio pensar de forma más clara y certera, nunca mi imaginación ha sido tan deslumbrante, tan extrañamente vigorosa. Me senté, el sol estaba a punto de salir de la escena, y de repente sentí frío, un frió  que quizás indicaba mi deseo de que ella me tapará cuando llegara. Faltaban veinte minutos aún, calculo.

 

Soy un mirón

Muchas mañanas lo veo, me siento como un mirón entonces, o como un voyeur, como se dice ahora, pero no puedo evitarlo. Puede que sea una curiosidad malsana la que me mueve a mirarlo, puede que un extraño sentimiento de piedad  para hacerme sentir mejor persona al comenzar el día, puede que un reconocimiento por el espíritu de conservación, y por tanto de dignidad, que aquel hombre aún mantiene. No lo se. Es un hombre joven, puede que está alrededor de los cuarenta, aunque su barba cuidada y sus ojeras pueden confundir. Es rubio y puede que sea extranjero. A veces asisto al momento en el que se peina delante de la pared de aluminio pulido. Él no mira al exterior, sabe que es la hora de salir pero no parece tener prisa, un paquete de tabaco,  un mechero y un periódico reposan a su lado. El caso es que casi todas las mañanas lo veo con sus pertenencias ya recogidas, sentado con las piernas cruzadas,  en ese momento de reflexión que todos tenemos al sentarnos de la cama, si es que nos da tiempo a ello, en el que intentamos zafarnos del sueño dejado atrás para reentrar en la actividad diaria. Él mantiene la mirada perdida entre el suelo y la puerta, y yo siempre me pregunto en qué piensa este hombre al despertar, quién le conoce en esta ciudad o en ese país lejano del Éste de Europa de donde probablemente proviene, quién le quiere, quién le quiso y le perdió de vista para siempre, o quién le sigue echando de menos, de quién se acuerda él, a quién mantendrá por siempre en su corazón, pero también: a dónde se dirige cuando sale de aquí, dónde pasa el día. Viste bien en el sentido de que no llama la atención por su aspecto neutro y pulcro, lleva una chaqueta oscura y enciende el primer cigarrillo del día, supongo, porque quizás su sueño haya sido intermitente y se haya incorporado para fumar arrebujado en su manta una o varias veces en la noche.

Al sobrepasar el cajero automático del Banco Bilbao Vizcaya de la esquina donde este hombre pasa sus noches no puedo quitármelo de la cabeza al menos hasta que llego a la boca del metro, hasta ahí llega mi piedad, mi curiosidad, mi reconocimiento. Y pienso si yo seguiría afeitándome cada día cuando no tuviera nada que hacer más que mirar la vida, cuando no tuviera casa donde guarecerme del frío, del calor, cuando no tuviera cama limpia donde descansar y amar, cuando no tuviera espejo que me devolviera mi increíble presente.

Entro en el vagón y abro “The Lay o f the Land” de Richard Ford,  de vez en cuando levanto la cabeza, mil personas piensan y parecen descansar sus miradas en la oscuridad del túnel tras las ventanillas, o en el suelo, y los más atrevidos a otros viajeros.  Unos dormitan, otros leen, a algunos, casi siempre mujeres, se les nota la felicidad de la noche reciente, suelen tener la cabeza levantada y apoyada en su mano con una sonrisa apenas esbozada, reviven escenas. Otros, cabizbajos también  reviven la escena que quisieran no haber vivido y desean que sean la cinco para intentar remediar sus actos, quien sabe si arrepentidos. Otros no, a otros, reyes de la creación, están tan seguros de si mismos que no consideran que haya nadie más en aquel vagón tan importantes como ellos, y miran con descaro a los demás con las piernas estiradas, a veces moviendo la cabeza al ritmo de la música que les dejara sordos de sus MP3.

Cuando emerjo a la calle de nuevo, aquel hombre del cajero, aquellos viajeros, han dejado de existir, y yo me enfrento de nuevo a la rutina, contento de poder reconocer el mundo y de nuevo esa mirada que no se nos escapa y no nos deja escapar, si bien tocado de la persistente amargura existente en las partes de la realidad que no se deben esconder y que cada día encontramos en ese mundo.