La mano

Cómo todos los días de diario voy al trabajo en tren, lo que me permite leer  y olvidarme de dónde voy o de dónde vengo (buen sistema).  A veces alguien llama mi atención, como la chica de esta mañana, mirada altiva y largas piernas desnudas y cruzadas que todavía no tiene frío a estas horas de la mañana. A veces, si las preocupaciones maceradas en la noche han rebasado el recipiente de lo soportable y necesito recapacitar o sumirme en la melancolía de lo irresoluble, mi mirada vaga entre los pasillos y las caras de la gente que en silencio lee, mira o  también recapacita sobre su vida.

En una de las estaciones intermedias del recorrido se puso a mi lado, de pie, una mujer vestida con pantalones negros, tan cerca que levanté la cabeza para tratar de ver su cara en un ángulo difícil de mantener por mi cuello. Era alta, rubia  y llevaba una chaqueta roja que le hacía parecer muy elegante. Fue un repaso muy breve. En todo el trayecto no se movió de mi lado, de repente me di cuenta de que su mano izquierda estaba muy cerca de mi cara, ya no puede dejar de mirarla, me atrajo su extraña tersura, entonces volví a forzar mi cuello para ver su cara. Efectivamente era muy alta, pero por lo poco que podía ver de ella, no parecía joven, o al menos no muy joven. Volví  a mirar su mano, y primero me pareció que estaba empastada en crema, luego pensé en una momia, en un maniquí, y luego, al ver que no se movía a pesar de tener un leve encogimiento y los dedos naturalmente extendidos sin estarlo del todo, me di cuenta de que en realidad era una mano de plástico con un color de piel muy bien logrado, y que formaba parte de un antebrazo acoplado a un muñón que me pareció estaría por debajo del codo. Se apeó en la misma estación que yo. La seguí con la mirada, su brazo componía un ángulo bastante abierto en relación a la vertical de su cuerpo. Pensé que quizás podría chocar con el cuerpo de otra persona, teniendo en cuenta la cantidad de gente que había en el andén, y que quizás podía desprendérsele y caérsele al suelo, pero no parecía preocupada por ello en su andar elegante; supongo que estos brazos van muy bien sujetos con vete a saber qué sistema. Ella se perdió entre la gente que subía las escaleras pero me prometí buscarla al día siguiente para contemplar de nuevo su mano inmóvil y buscar otros rastros en su cuerpo visible: de una enfermedad, tal vez de un accidente.

Camino de la calle, mis pensamientos se ordenaron elucubrando primero sobre cómo haría para desnudarse con una sola mano esta mujer de antebrazo de plástico. O cómo haría para ducharse, o comer. O para abrazar a quien ama. ¿Cómo y cada cuanto tiempo lavará su mano? ¿Qué siente por ella? ¿La quiere cómo a su otra mano? Y quien la ama, ¿le coge su mano izquierda como hace con la derecha? ¿La acaricia igual?

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Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

Un rinconcito al lado del mar / Un petit coin à côté de la mer

El viento leve, un padre con sus dos hijas vuelven colina arriba hacia la palmera  que tapa el sol último de la tarde. De repente estoy sólo. El mar viene y se va, viene y se va, como siempre hizo. Este pequeño rincón del mundo me hace fuerte. Nunca se puede morir en un lugar así, mientras abrazo mis piernas que se enfrían. Tengo la carne de gallina y noto que vivo, aunque me doy cuenta que no estoy sólo, las presencia aceptadas siempre pugnan por su sitio. Me siento en la hierba mientras el viento enfría mi piel y mece los juncos, y en ese mismo momento, alguien ve como la tarde se va por la menguante luz que entra por la puerta de la terraza, y también como un ligero viento mueve las cortinas de su habitación; su mirada se mece en ellas, como yo miro el mar…

Un salto a Madrid

Un día también saltamos a Madrid, un salto que siempre me gusta dar, que estira mis piernas y abre mis ojos. El nuevo reencuentro me llena de parsimonia observadora de los detalles que uno ama, ¡ay!, aquí uno no ve los errores, pues lo que se impone es disfrutar de un mañana envuelta en un sol de regalo perfectamente contrastado en sus sombras. Tenía ganas de estar hoy aquí.

Esta mañana la ciudad es sobrevolada por un gigantesco dirigible que ahora atraviesa el cielo del comienzo de la calle de Alcalá con sus cuadrigas, claraboyas, cúpulas y terrazas en lo alto, y los plásticos azules de los acampados del 15M abajo, en la ciudad soñada que despierta desde la Puerta del Sol. Cientos de jóvenes escenifican su buena disposición limpiando marquesinas y persianas. Son coloridos, risueños y, sobre todo, jóvenes en su gran mayoría. Viven en un pueblo ideal, y sin embargo real, tras un mes de historia. Se ve que pronto llorarán al separarse y destruir lo construido. Ésta es la fórmula de la convivencia perfecta. Un período prospero y feliz que dura poderoso bajo la presión de lo que no lo comprende o lo rechaza. Su fortaleza y entusiasmo lo mantiene durante un espacio de tiempo fecundo y hermoso, que se sabe finito, como el amor, como la amistad, como la vida…

Han establecido lazos, han hecho historia sin desearlo ni haberlo pensado. Sorprendentemente han demostrado capacidad para organizarse, para emitir esperanza, para influir en la opinión de toda España, imponiéndose la seriedad de sus propuestas, mostrando la humanidad de su impotencia a la hora de continuar su movimiento, su ingenuidad transgresora ocupando la calle que casi sin creerlo era también suya. Me gusta verlos, me emocionan, los envidio, hoy me gusta más Madrid por ellos. Son esta gente la que tapa el paisaje y lo construye de nuevo, sea aquel hermoso o feo, para convertirlo en algo inolvidable, un estreno. Sus colores tapan la calle y nos hacen apreciarla de nuevo. Las manos levantadas hacen un movimiento lateral continuo y rápido sobre su propio eje, derecha e izquierda, derecha e izquierda, para aprobar las propuestas y los discursos de los que hablan.

Y todos se miran y se reconocen, quieren creer, pero sobre todo hacer, y quieren convencer con su ejemplo. Quieren que los miremos, que les sigamos, quieren demostrarnos que ahora son ellos los protagonistas, y yo me inclino encantado de ver a dos chicas jóvenes hablando con una soltura que parece innata, desgranando sus reivindicaciones con la serenidad de su experiencia, corta o larga, pero evidentemente intensa, con la seguridad que da transmitir lo que se cree. Da gusto oírlas, y ver a la gente sentada bajo un sol de verano que hasta ha hecho abrir los paraguas, escuchándolas, aprobando su discurso con sus dos manos en movimiento, y con aplausos, como cuando hablan del dispendio que supondrá la próxima visita del Papa. Luego habla un chico con barba, bastante más mayor, de la vieja guardia, con la misma serenidad, aplomo y sensatez. Uno más de la gran asamblea. Sigo sorprendido por todo ello, me anima, me alegra ver a toda esta gente bajo este sol en Sol. Todo no está perdido en este mundo cada vez más injusto, y pienso que solo el avance lento pero seguro de las propuestas sensatas pueden ir calando en la gente para concienciarla y luchar, ahora sí, para hacer cambiar las cosas hacia mejor. También entiendo la desesperación que hace y hará a muchos no pararse en mientes y querer cambios radicales para mañana mismo. También existirán los desvíos a ninguna parte, el oportunismo, la salsa de los amantes del follón, que puede ser otra forma de divertimento, pero también el camino elegido por los creyentes en la revolución violenta, del caos que a la larga produciría un mundo justo soñado, lo que siempre, como ya sabemos, hará nacer una sociedad ya herida.

Pruebo a levantar las manos para aprobar las propuestas, me gustaría parecerme a ellos, estoy de acuerdo, y lo hago, pero no, no soy de ellos, soy otro, apenas un intruso, un simpatizante que podría apoyarlos. Un acto de mera solidaridad en esta Puerta del Sol que pese al sol que aplasta apabulla de vida, es decir que a uno le hace acordarse de la palabra, de vida, claro, y de un futuro en el que no podemos dejar de pensar mejor a pesar del pesimismo que las evidencias se empeñan en transmitirnos, pero mientras, la ciudad bulle, hermosa en la tarde. Y ahora me voy alejando poco a poco, el oso sigue de guardia, e impasible no deja de mirar la copa del madroño, para comérselo o para seguir viendo de reojo el paisaje que le rodea: los plásticos azules, las manos en alto que aplauden sordas… La Puerta del Sol ya a lo lejos.

Esta tarde, después de comer visitamos la exposición sobre los tesoros de Polonia en el Palacio Real. De repente me encontré delante de la “La dama del armiño”, un cuadro de Leonardo da Vinci que sorprende por su verosimilitud,  su gesto sugerente,  sus detalles, y su propia historia. Por un momento me parecía encontrarme delante de la capilla de una virgen milagrosa. En realidad fue la amante de Ludovico “El Moro”, duque de Milán. Yo fuí sólo -de nuevo también aquí- un fiel admirador de la imperfecta vida, de su belleza… No llegué a postrarme ante ella, solo la miré, y ella miraba por encima de mi hombro, y al cerrar la puerta sentí que se quedaba dentro, y no pareció importarle.

Salimos al sol de la plaza de la Armería solitaria, antes de ir a Sol por segunda vez en el día. La calles repletas de gente, paseando, bebiendo, jugando, a la sombra, al sol, caminando… el día seguía siendo hermoso.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

De la sonrisa

¿Cuánto dura una sonrisa en nuestra cara después de despedirnos de alguien por quién sentimos aprecio, cariño, amor, pasión o con quién hemos compartido algo: una conversación, un café, una película emocionante, un paseo, una cama? ¿Cuánto dura el reblandecimiento de nuestra carne una vez salidos del agua cálida de un rato, de un momento, de camaradería, de coincidencia, de amor? ¿Cuánto del efecto de esa sonrisa, de ese reblandecimiento de nuestra carne, cala en nosotros, nos cambia la forma de ser y de enfrentar la vida, aunque sea un poco, de ser los mismos, pero diferentes?

Ella se despidió de la otra mujer al salir del vagón del metro, todavía no se habían cerrado las puertas cuado se estaban dando dos besos y diciéndose adiós con un cariño que se manifestaba en la expresión de la cara de la mujer que yo veía de frente, y que siguió prendida en su sonrisa resplandeciente y sincera, todavía durante diez segundos más, lo que tardó en rebasarme, por lo que no pude ver cuando su rictus cambió para adoptar un semblante relajado. Si la vi mirando al suelo tres metros por delante de ella.

No se el tiempo que aquella sonrisa siguió en su cara, pero sobre todo no supe, y es imposible de saber, ni siquiera por ella, cuanto de aquella sonrisa que traslucía la felicidad que había vivido, cuanto quedaría en su recuerdo, en su manera de ver el mundo, se trasladaría a otros aspectos de su vida, se acumularía al fondo de su almacén de experiencias, acabadas, renovables. Ni tan siquiera se como se puede medir el combustible de una sonrisa, ni evidentemente su beneficio.

Aquí está la noche

Un leve silencio cae, cual nevada, en la noche de ventanas encendidas 

nuestras recientes sonrisas, que quisieramos salvar al futuro

como nuestros amargos temores

desaparecen en la niebla hostil

el arañazo que todavía mancha vuelve a escocer

Estamos solos en el mundo aunque sabemos que está repleto

quizás por eso dormimos

olvidándonos de los millones de sueños ajenos que nos rodearan siempre

para seguir sintiendo la soledad que nos repara

y esperar que llegue el día que nos aseguramos uno tras otro será nuevo

solo al despertar caemos en el engaño

pero seguimos amaneciendo, olvidándonos

hasta cuando queramos seguir despertando y ya no podamos

Gracias a ese sol limpio de templada luz

que hoy nos envuelve y nos devuelve la vista

pues ese es nuestro sino

la noche y el día

y nosotros a ellos sumidos

Buenas noches entonces hasta el nuevo día

Apago pero encenderé.