Recuerdos de neopreno

Esta tarde he sabido que nunca seré un padre al que sus hijos recuerden en el futuro mientras realizaban juntos algo inolvidable, porque habría permanecido grabado a fuego entre las circunvoluciones de sus cerebros.

Esta tarde de domingo de septiembre, mientras mis hijos buscan piedras, que son especialmente bonitas en esta playa de una cala lejana y hermosa de la Costa Brava, en esas horas en las que tendemos a ser trascendentes tras un día de sol de verano, asisto sentado sobre las piedras de la playa a las evoluciones de una familia con dos hijos vestidos todos con trajes de neopreno que nadan frente a mi. Los padres tienen más de cincuenta años, los hijos, unos 18 el chico y unos 16 la chica.

Si la vida familiar del grupo es acorde a la imagen de unión y felicidad que transmiten, este padre con barba que ríe sin complejos, será recordado en el futuro por esta niña y este niño cuando les llevaba a nadar a última hora de la tarde en aquella cala donde ya no quedaban más que ellos, huída ya la población flotante de domingueros, turistas y segundos residentes. Alrededor nadaba la madre que, como una sirena rubia, se limitaba a escoltarlos, aunque dudo que su patrulla sea recordada más que como la de una acompañante prescindible.

Aquel hombre seguro guiaba a sus hijos en las breves inmersiones y en los juegos en manada que iba y venía sin alejarse demasiado de la orilla. En un momento dado salieron y treparon a un muro de unos cuatro metros que podía haber sido el jardín romántico de una finca que cerraba la cala por su lado sur. Desde allí el padre y el hijo se tiraron de cabeza al agua. La niña dudaba y entonces el hombre de la barba la animó a tirarse, cuando finalmente lo hizo la acogió con risotadas y aplausos. En el seno de la familia feliz aquello le reafirmaba ante los dos hijos y la mujer que ahora se acercaba. La manada retomó entonces su periplo anterior y volvió al centro de la rada con sus neoprenos brillantes en la tarde que ya recogía indicios de la oscuridad cercana.

Tendemos muchas veces a desear protagonizar escenas que nos admiran, a desear ser como otros que imaginamos más felices, más ricos, mas aguerridos que nosotros pensamos que somos. Eso me ha pasado a mí a veces. El otro día, mientras estaba sentado en aquella playa de piedras miraba el mar y de vez en cuando me fijaba en la familia nadadora, pero no deseé ser aquel padre,  supe que yo no podía ser así. Por mi cabeza pasó también la idea de si yo era un fracaso como padre porque probablemente no iba a ser recordado en el futuro en actitudes semejantes con mis hijos, pero la realidad era la realidad: yo no nado muy bien, mejor dicho, nado muy mal;  me da mucha pereza ir a comprar un traje de neopreno para mi y para mis vástagos; y no me gustan las aguas profundas o menos profundas ni la playa, -quizás por efecto de lo primero-, si no es para mirarlas.

Pero  hay tantas cosas que no me gustan, tan pocas vistosidades que deseé y que puedan  encandilar a los niños, -aunque me guste seguir encandilándolos, -y que de paso sirvan de alimento a su memoria de hechos sublimes que, a lo mejor lo que soy es un padre anodino, aunque en esto como en la experiencia del neopreno, no es tampoco del todo cierto. Digamos que la memoria sabe escoger y poner en valor, y si no alberga experiencias forradas de neopreno, tendrá otras que en el momento uno no es capaz de reconocer como susceptibles de ser recordadas, pero que el tiempo se encargará de hacer brillar, y las que no, las enterrará bajo el polvo oscuro de lo prescindible.

Nota: Tal vez, a algún “emprendedor” (la nueva palabra para definir empresario, tan de moda ahora) se le ocurra la planificación de recuerdos generados mediante la organización de actividades de ocio para padres avezados, cuyo recuerdo florecería en un futuro más o menos lejano en la memoria de unos hijos que, de repente, recordarían con cariño aquellos años, aquellos momentos vividos con su padre, tal vez en una cala lejana.

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En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.

Los arrozales, las cometas y el gato que se indigestó

La casa está en medio de una plantación de naranjos y limoneros salpicada de frutos que se pudren en el suelo. En algunos surcos donde no hay árboles hay tomateras cuyos frutos nadie recoge. Es una casa blanca con una gran parra en su entrada, bajo la que hay  un par de mesas de plástico verde. Detrás de la casa una nube lejana deja caer agua sobre la serranía cercana, pero el sol tiñe de tiras rosáceas esta nube y otras más cercanas.

Nada más bajarse del coche los niños corren en busca de sus primos que ya han llegado y se ponen los bañadores mucho antes de haber bajado del coche los escasos bultos que traemos. Hay una pequeña alberca de aguas verdes que para ellos es un caribe cuadrado que gozan entre risas y chapoteos. Da gusto verlos. La vida hay que disfrutarla sin pensarlo, parecen transmitir, en un mensaje que supera nuestros necesarios preparativos y nuestros recelos de adultos ante la novedad, ellos no necesitan saber donde están, simplemente están, observan entonces y se tiran al agua.

A lo lejos se ve la gran extensión verde de los arrozales en una llanura salpicada de pequeñas casas blancas y algunos árboles altos, como contrapunto a la horizontalidad del Delta del Ebro. Ahora una luz anaranjada ilumina la piel mojada de los cuatro niños. También los mosquitos comienzan a hacer su trabajo, ¡qué le vamos a hacer! Estamos en el campo. Nosotros nos ponemos al día de las novedades de nuestras vidas.

Comienzo temprano el nuevo día,  mientras los demás duermen me acerco al pueblo a comprar el periódico y el pan. El frescor de la mañana convive con  la tranquilidad de la plaza mayor, pero hay gente que parece venir de fiesta y algunos ya beben cerveza a las nueve de la mañana en alguna de las terrazas. Yo, con mis diarios y el pan entre los brazos paseo despacio en dirección al coche. Cuando llego ya todos están despiertos, desplegamos entonces sobre la gran mesa verde, bollos, pan, mermelada, frutas, café, leche…

Las carreteras del Delta son estrechas y te obligan a veces a aminorar la marcha y esperar el cruce lento con el coche contrario. Los verdes del arrozal son intensos, lujuriosos diría, el agua que a veces brilla entre las plantas al darles el sol, los canales y acequias indican que estamos en un lugar extrañamente hermoso. Aquí y allá aparecen pequeñas casas rodeadas de una base sólida de cemento o tierra y un árbol grande y a veces frondoso que es la sombra necesaria de cada casa. Parecen santuarios donde aislarse y descansar, islas rodeadas de plantaciones inundadas. Me parecen lugares acogedores en su austeridad. A la luz de la tarde algunos me parecerán mucho más hermosos en su blancura contrastada con el verde.

El Ebro es muy ancho, la barcaza tarda muy poco en cruzarlo cargado de coches y de un camión que carga con un gran tractor de ruedas metálicas para desenvolverse por las plantaciones de arroz. Nos hemos bajado de los coches durante la travesía y los niños han hecho de niños acodados a las barreras y mirando el agua durante la corta travesía. Enseguida corremos por el lado norte del Delta paralelos a un canal y a otra carretera.

La playa de Riumar es una inmensa extensión que por mucha gente que llegue siempre ofrece espacio suficiente para poner las toallas y, por ejemplo, para volar una cometa con dibujos de Toy Story como la que hemos traído. Es la primera vez que vuelo uno de estos artefactos y me hace ilusión el hecho de que nada más montarla se eleve, pues no sabía que fuera tan fácil. Allá va ondeando su largo apéndice azul brillante. He quedado como un buen padre, después los niños se han peleado por volarla ellos. Han sido sus primeras lecciones de termodinámica, y después se han olvidado de ella y han vuelto a bañarse.

La  playa es de arena, lisa y de agua turbia y cálida y en la que tienes que meterte muy adentro para lograr que te cubra. Los niños no han parado ni un momento de entrar y salir del agua, yo sí, con poco me conformo, mejor dicho, con lo suficiente para refrescarme. Nosotros, como vigías oteando el horizonte, los vigilábamos. De vez en cuando salían y entonces cavaban en la arena. Al salir del agua me tumbo y dejo al sol hacer su trabajo. Esa sensación es la que más me gusta. Cierro los ojos y todo lo que me preocupa parece lejano, fácil de resolver, como si nuestro cerebro estuviera directamente conectado con nuestra piel. Son sensaciones primigenias que te devuelven algo que normalmente se olvida y que anida en la piel que nos envuelve. Sabemos que dura poco, pero de estos momentos extraemos la fortaleza necesaria para renovarnos. En eso estamos.

Hacemos tiempo para acudir al restaurante cercano. Después de la playa este es el lugar perfecto. Es un lugar grande y desahogado. En la gran mesa redonda nos repartimos la paella y la fideua. El arroz estaba buenísimo, y la gente que nos ha atendido transmite una calma amable e isleña que nos hace sentir bien a pesar de los platos rotos. La comida me ha sentado muy bien debía tener hambre. Fuera, la fuerte corriente del río fluye excitada por la proximidad del mar cercano, arrastra también nuestras miradas. La vida son estas celebraciones que todos nos merecemos en algún momento.

El cielo de la Barra del Trabucador es un revuelo de extrañas aves de plásticos de colores. El viento atrae a mucha gente que se deja llevar por unas grandes cometas que les hace dar saltos acrobáticos en el aire y deslizarse por la superficie del agua, es el kitesurf. Una pista de arena prensada recorre la Barra en toda su longitud y deja a un lado la bahía de los Alfacs, en cuyas aguas poco profundas y calmadas se desenvuelven las extrañas aves y sus pilotos en la tierra. Al otro lado, el mar abierto parece ajeno a este trajín mientras algunas personas sentadas aquí y allá, de espaldas a los surferos, miran poseídos el vaivén de las olas. Es un lugar que no parece acabarse de lo largo que es, pero hoy está lleno de los coches de los surferos y de sus familias y amigos que parecen acampar para dar rienda suelta a su afición. Uno trata de imaginarse este lugar  vacío y batido por el agua y el viento.

La pista termina en una puerta de maderas que dan entrada a una reserva natural y a unas salinas. El agua brilla en la tarde. Todos se van a pasear a la playa mientras yo me quedo con mi hijo, que duerme, en el coche. Aprovecho para hace fotos por los alrededores del coche. Comienza a hacer fresquito con este viento suave pero continuo, luego el sol, que parecía mitigado por las nubes, recobra fuerzas. Volvemos a casa entre coches y cometas corriendo por la arena.

El cielo es todo un espectáculo en esta hora ya tardía de los días largo de julio. Es rosa, anaranjado y blanco. Preparamos una barbacoa después de ducharnos, los niños, claro, se vuelven a bañar en la alberca de aguas verdes. De nuevo el jolgorio y el chapoteo: la felicidad aquí en la tierra. Cenamos en la casa después de preparar una barbacoa. No tengo hambre, pero todo es empezar, y empiezo. Aparece un gato blanco famélico y lleno de heridas que viene a pedirnos alimento y lo obtiene, ¡vaya que si lo obtiene!. A la mañana siguiente mi hijo viene viene corriendo por el camino gritando:

-¡El gato está muerto! ¡El gato está muerto!

Efectivamente, está tieso. Nos sentimos un poco culpables, pues tal vez se le ha indigestado tanta carne, después pensamos que, al menos, la noche anterior cenó opíparamente. Los niños lo miran, y yo me lo llevo en un recogedor. Lo semientierro en un surco de tierra pero me olvido de decir unas palabras, aunque será recordado durante todo el día. Aquí paz y anoche gato.

En la mañana, paseamos entre los naranjos mientras las cigarras cantan y el sol aprieta sobre nuestra piel ya rojiza del día anterior, y duele. Los tomates están calientes en la mata y recogemos unos cuantos para la ensalada en los cuencos que los niños han hecho con sus camisetas. Hace mucho calor y nos damos un baño en la alberca de aguas verdes.

 -¡Otra vez más papa! Voy y vuelvo ¿vale?

-Vale.

-¡Una vez más me mira!- Camelándome con la mirada y levantado un dedo, y lo consigue, claro.

-Venga- Y luego va y viene dos veces más.

Mientras dentro de la casa todos recogen, yo me quedo solo un rato y miro alrededor. Los pensamientos ajenos a este lugar vienen a mi mediante extraños mensajeros sin que exista un aparente contubernio. Son plácidos y se mezclan con los deseos, …la piel caliente por el sol del mediodía…

Después de comer regresamos a Barcelona, la carretera se va llenando de coches a medida que nos acercamos. El Delta desaparece de nuestra vista, allá se queda, tal vez esperándonos.

Pensión completa

El hotel es grande, aparentemente moderno y la piscina uno de sus centros, el otro es el gran comedor con dos autoservicios que ocupa buena parte de los sótanos. Vamos a dormir aquí dos noches. Pieles de variadas nacionalidades se dejan quemar por el sol de la tarde, o de la mañana, aunque mejor sería decir que de la mañana, el mediodía y la tarde. Las tumbonas y las sillas son a menudo territorios privados mientras dura el sol, a veces adornadas con una toalla durante todo el día. Son toallas sufrientes bajo el sol que las calienta hasta secar sus fibras ya cercanas al incendio. Y mientras, sus dueños se bañan, o también pasean, o vegetan lejos de su colorida tela. Cuando llega la hora de la comida la piscina comienza a despejarse y entonces es posible bañarse con una cierta holgura. Nosotros esperamos hasta las dos y cuarto pues a las dos y media ya no se puede entrar. La comida es abundante, y el paladar debe ser de goma para limitarse a tragar y a guardar energía para resistir el sol, pues todo rastro de deleite debe ser desterrado. Comer se convierte entonces en un apreciado entretenimiento entre chapuzón y chapuzón, una apoteosis del divertimento, donde todos vamos y venimos al y del autoservicio a coger platos constantemente, para amontonarlos, casi nunca vacíos, en una pila sobre la propia mesa, e iniciar después un nuevo viaje al escaparate de libre acceso con la esperanza de encontrar alguna cosa que nos satisfaga más después del habitual chasco.

El desayuno en nuestra primera mañana se inicia con la búsqueda de un sitio donde instalarnos, búsqueda que se convierte en sorda lucha con otros individuos de piel roja o blanca -dependiendo ésta de su antigüedad en el establecimiento- para encontrar donde depositar la bandeja con los distintos trofeos recién cobrados en el muestrario de comidas. Cuando vuelvo de mi primera incursión de ponerme mi primer café  casi choco con una mujer con los ojos como platos que lleva en la mano un plato con un churro gordo y una salchicha camino de su mesa, y en el fondo celebro esta fusión que destruye cualquier orden a la hora de engullir y que resume perfectamente la esencia de las costumbres ajenas, de las costumbres adoptadas: el churro y la salchicha como seña de identidad, me entusiasmo, estoy por apuntarme e incluso de dibujar los dos alimentos y enarbolarlos cruzados como escudo de una hipotética bandera que tape las que yo se me: reino de la ciencia-ficción, no habría manera de construir un nacionalismo con semejante escudo. Mientras pienso en que orden se habrá comido la mujer el churro y la salchicha, engullo, acuciado, por la posibilidad de hacerlo, tres croissants, dos cafés con leche, una magdalena, un café con leche, un croissant, un bocadillo de salchichón y un café con leche, por este orden. Estoy satisfecho y listo para lo que me echen en el recinto carcelario pero sin rejas de la piscina.

Esta piscina con forma de ocho sin agujeros en el centro es con diferencia el lugar donde más tiempo hemos pasado, al margen de las horas de sueño que en este caso no cuentan. Todos realizamos aquí un baile ordenado con los mismo pasos, que van y vienen entre la piscina, las hamacas y el perímetro del ocho, con sonrisas a los niños y amable comprensión ante el vecino. Muchos al mirarnos parecemos decirnos con los ojos que nosotros en realidad preferiríamos estar en otro lado, pero que estamos aquí por los niños. Y es verdad, pero aquí estamos, celebrando, penando.

Entre pelotas azules de Nivea, chapuzones que desalojan agua y salpican en cantidad inversamente proporcional al peso del individuo bomba que se arroja, manguitos y flotadores varios, los niños mandan y vaya si mandan, sobre todo los nuestros. Somos esclavos y mi espalda ha reposado sobre las tumbonas escasamente cinco minutos entre los dos días, pero lo he hecho con gusto, que remedio, yo en realidad hubiera querido estar en una habitación sombreada, eso como mínimo, mientras el sol se aprovechaba de los habitantes de las tumbonas, de los bañistas.

Los tatuajes abundan entre hombres y mujeres, entre los nacionales como en los foráneos, en las piernas, en los brazos, en la espalda y en el torso, y más ya no pude ver, aunque ni siquiera trato de imaginármelo. Oigo hablar en holandés, en francés, en italiano, en ruso, en ucraniano (supongo), en inglés, y en español, no tan claro, también en catalán, poc, es clar. La playa está a dos pasos pero aquí las bebidas son baratas, y más si las compras en el súper que hay cerca de la entrada en el que solo venden bebidas y algún ligero tentempié.

Por la noche, cuando llegamos de pasear entre puestos y atracciones como si de una verdadera Feria se tratara, actúa el dúo Jazmín, y una tropa de jubilados de Santander baila acompasada música country, salsa, disco y folklórica demostrando que no es la primera vez, ni siquiera la décima que lo hacen. Tomamos un café en la terraza del bar que da a la piscina antes de subir a la habitación y en los balcones las toallas de playa colgadas de las barandillas doradas prácticamente cubren la fachada, son las verdaderas banderas de éste y de todos estos establecimientos.

Al siguiente día, una masa sin forma ni orden tiene tomada la recepción. Son gente que llega y gente que se va. Nosotros nos vamos hoy, dejamos nuestra habitación non stop a nuevas pieles blancas mañana acangrejadas, las barandillas doradas del balcón a otros colores de toallas de playa y nuestro sitio en el comedor a merced de nuevos devoradores de comida en su más alimenticio y exuberante término.

Me voy y ya se me ha olvidado de donde acabo de salir. Hoy lo recuerdo porque me pregunto donde he estado este fin de semana. Y ya pasado me doy cuenta de que no necesito volver, aunque el lugar cumpla a la perfección lo que antes de ir le pedí: piscina y aqeuímelasdentodas. Por tanto, perfecto. ¡Hasta nunca!, o puede que, ¡hasta la próxima! Llegada una determinada edad, uno no pude asegurar taxativamente lo que hará o lo que no hará.

Desde el balcón donde atardece

Desde el balcón donde atardece

He recuperado este texto que es de febrero de 2002, que modifiqué en 2005 y que he vuelto a modificar ahora. Me he acordado de aquella tarde de agosto, cuando mi hija era más pequeña, y juntos mirábamos un atardecer de los que suelen darse sobre Madrid en verano y que te dejan fijado al sitio. En aquel balcón del décimo piso de la casa de Alcalá yo la miraba sorprendida por el espectáculo.

 

Sobre la bruma de la gran llanura,

de edificios erizada,

cosen tus ojos candentes

con las cien agujas de iglesias

la provisionalidad del mundo aparente

 

 

Abajo cuatro niños corren

entre sonidos de coches que pasan

a la hora en que todo despierta

tras el sopor paciente

 

En la hermosa  tarde 

apareces suspendida

aprendiendo sin saberlo

que este mundo te pertenece

 

Me gusta verte extasiada

sobre la plaza de bancos de sol calientes

tu boca abierta me imanta

de tu suave cara iluminada y ausente.