Cuando no sabíamos que aquello era la primavera

Tapan las amapolas con su cortejo de margaritas y cardos de flor morada, los montones de cascotes del solar de la infancia. Era un regalo efímero, aunque no nos diéramos cuenta de ello, pues muy pronto la vegetación agostada se uniría a los escombros clandestinos de las obras caseras. Pero mientras el infierno llegaba, el calor de la tarde extraía de las altas hierbas y de la resina de los viejos pinos del paseo cercano, los perfumes que siempre identificaré con las tardes que eran ya cálidas, aquellas donde el tiempo era tan extenso. De repente aquellas tardes, porque siempre eran las tardes, éramos empujados a una felicidad inconsciente porque era lo natural en aquellas edades y por aquellos andurriales; escondidos entre los viejos tocones de los árboles que ya no estaban en aquel solar salvaje; a resguardo del mundo de fuera y de la voz de nuestras madres que, sin remedio, terminarían por llamarnos a cenar.

Y aquí estamos, todavía cenando.
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Dejar la casa

Dejar una ciudad en la que has vivido largo tiempo, es además de dejar de ver a tantas personas, incluida tu familia, dejar de caminar las calles en la que quizás aprendiste a andar, (incluso haciendo eses), y también a tropezar, (incluso cuando hacía eses). Es también abandonar la seguridad de lo conocido, olvidar los mecanismos asimilados que nos permitían movernos sobre un plano inscrito en nuestra mente sin apenas pensarlo, sabiendo quien era quien en nuestras referencias habituales. Pero dejar una casa es definitivamente romper con un pasado al que no se puede volver. Sí, ya sé que el pasado nunca vuelve, y que nunca se retoma nada en el mismo punto que se dejó, aunque sí los olores, los calores y los fríos de los lugares vividos, aliados casi siempre a los recuerdos voluntarios o no. Puede incluso que siga existiendo aquel banco, aquella valla por donde no pasaba nadie por la noche, aquel bar alrededor del cual, ahora que lo pienso, tantas personas, tantas miradas, tantos lances y palabras, pasaron a formar parte de nuestra vida.

Dejar la casa, dada la imposibilidad de llevar contigo tantas cosas, a veces supone tirar parte de tus libros, deshacerte de la ropa vieja, de tus antiguas sábanas, de las camisas pasadas de moda, de aquellas botas que no sabes por qué guardas, de la enciclopedia de fotos en blanco y negro que nunca más abriste, de las cajitas llenas de pretendidos jalones de tu vida inservibles pues ya no recuerdas que te deberían recordar, de esos marcos que una vez contuvieron las fotos de tus exposiciones particulares. Y también de los viejos papeles formales, oficiales, creativos, recortados; de los trabajos universitarios de distinta índole guardados para un futuro posible que ya se adivinaba imposible aun ordenados en carpetas. De aquel ordenador blanco ahora obsoleto e increíble ahora, que tanta pena te dio abandonar. Tantas cosas, sí, y también tantos recuerdos unidos a ellas, pero sin embargo prescindibles dentro de la carga que en la vida uno va arrastrando, salvo aquel libro, aquel chupete de los niños, aquella casa de muñecas, aquella foto, aquella figurita que de vez en cuando miras, y que no sabes por qué, son especiales, aun sabiendo que en realidad les hemos concedido un nuevo plazo de existencia entre nosotros.

Pero sobre todo, en la casa de la que yo hablo se quedan los panoramas, las vistas. Aquellas que al amanecer cuando el sol que trepaba sobre los cerros iluminaba los libros entre ceniceros sucios y vasos de café fríos, un nuevo trayecto hacia la cocina a tirar los ceniceros o a por un café nuevo. Aquellas que al mediodía además dejaban pasar por la ventana abierta de la cocina el aire frío que neutralizaba el olor del sofrito. O aquellas otras que al atardecer, cuando los bloques de ladrillo ardían en el verano y los aviones de Barajas entraban o salían por encima de la creciente superficie de un Madrid a pesar de todo incompleto, feo bajo la boina negra de humo, pero clamorosamente hermoso bajo los cielos rojos, surcados de azules puros en la tarde de primavera. Madrid, siempre fue desde allí un respiro donde dejar deambular la mirada, algo que mostrar a otros, algo también prescindible, fuente inspiradora y, ahora que también lo pienso, -por encima de todas estas torres plagadas de cigüeñas-, una promesa de trascender la realidad inmediata, un lugar a donde ir y desde donde volver, treinta kilómetros más allá llenos de edificios de variados colores y alturas, de autopistas, de solares intercalados que iban del verde al amarillo a lo largo del año, treinta kilómetros a partir de esta ciudad que a los pies de este décimo piso estaba tan cerca que quería saltarla, traspasarla. Esta ciudad de la que me alejaba sin nostalgia y a la que volvía con placer de reencontrarla. Esta ciudad que añoraba sabiendo que antes la había aborrecido y ahora ni chicha ni limoná. Esta ciudad caliente, donde siempre es verano a pesar del frío de diciembre. Esta ciudad que observan mis hijos sorprendidos desde los mismos miradores a los que yo me asomaba cuando ellos no existían.

Las otras ventanas, la otra vertiente de la casa, me inclina hacia los cerros de pinos crecientes que motean las tierras marrones, iluminados por el sol después de la tormenta; lugar de tantas escapadas, tan lejanas ya en el tiempo: aquellas junto a una tropa de compañeros de instituto en busca de cuevas misteriosas que se escondían entre los cerros habitados por conejos y las balas clavadas en las paredes del río, excitados por la aventura de sus apenas 13 años, y que quemaba los cuadernos de clase para hacer antorchas y atreverse en la oscuridad amenazante de la cueva mítica (el Champiñón, un hito a medida de la ciudad de abajo). También otras aventuras, como aquella que se iniciaba ayudándola a cruzar el río que nos separaba del oriente cercano donde como una premonición se situaba el castillo árabe, para, desde el pie de su torre derruida contemplar la ciudad desde la oscuridad de una noche de verano, mientras las horas pasaban y pasaban.

En esta casa que se abre al amanecer por el Levante de sus ventanas y se despide por el Poniente ha ido quedando la huella del frío y el calor, de la lluvia y los truenos, bajo un techo que precipita los sentimientos que ha acogido (tantos) entre sus dos vertientes, por encima del mundo cercano, o lejano, según queramos mirarlo. Ya lo dije, son más las vistas que recordaré de esta casa que todo lo material que contenía.

Pero demos ahora la vuelta a la esquina y echemos un jarro de agua fría necesario a la melancolía que tanto nos conforta cuando no sabemos adónde mirar, ¡existen tantas miradas desde tantas atalayas! Siempre la nuestra tiende a ser la mejor, la insuperable, pues es, al fin y al cabo la que conocemos, casi siempre la única que conocemos, y sin embargo, cada uno tiende a pensar y a sentir lo mismo por la suya, a pesar de las diferentes expresiones poéticas que las retratan, lo mismo en esencia, aun aborreciéndola. ¡Tantas casas!

50 The Rolling Stones

50 años de la primera actuación de los Rolling Stones en el Marquee de Londres. ¡Cómo pasa el tiempo!  Tantos momentos:  alegría,  rabia, desesperación, amor,  soledad, camaraderia,deseo,

My back is broad but it’s a hurting

All I want is for you to make love to me

I’ll never be your beast of burden

I’ve walked for miles my feet are hurting

All I want is for you to make love to me

Beast of burden

 

efervescencia, superioridad, sinceridad, encuentro, recogimiento, reconocimiento, euforia, baile, teatro, cantar, compartir,  enseñar, aburrimiento, compañía, casualidad, búsqueda

So I called you on the phone and your friend said “she’s not home”

So I told her where I’d be at and that you should call me back

Then I looked at the morning mail, I was not even expecting a bill

Your letter a-started “Dear”, and it left me with these tears.

It was a sad day, bad day, sad day, bad day

Sad day

 

en mi habitación, en el metro, en el cine, en el estadio, en directo, en la radio, en la televisión, en el tocadiscos, en el CD, en el ordenador, en la voz de otros, en los altavoces de una fiesta, en los continentes  de la Tierra, en el recuerdo, en la imaginación, en la calle, en

2120 South Michigan Avenue

 

Tantas veces tantas canciones, tantas veces conmigo, mi propia banda sonora, compañeros desconocidos, y por eso mismo tan particulares. Sentimos cosas aparentemente iguales y sin embargo tan diferentes al escucharlos, adaptadas a nuestros deseos o a nuestras necesidades.

I come to you, so silent in the night

So stealthy, so animal quiet

I’ll be your savior, steadfast and true

I’ll come to your emotional rescue

I’ll come to your emotional rescue

Emotional Rescue
 

Tan diferente de lo que puede sentir mi prima al escuchar sus canciones, por mucho que entendamos la letra y sintamos el ritmo de la música y el timbre inconfundibles de Mick Jagger.

I was born in a cross-fire hurricane

And I howled at my ma in the driving rain,

But it’s all right now, in fact, it’s a gas!

But it’s all right.  I’m Jumpin’ Jack Flash,

It’s a Gas!  Gas!  Gas!

Jumpin’Jack Flash

 
Como a cualquiera, a los Rolling Stones puedes serles fiel de por vida, o los puedes abandonar a lo largo de ella, o pasar a tratarlos con indiferència; como la propia existència, pero muchos días, en los vaivenes del amor a tantes cosas que nos rodean, cuando sin quererlo, detecto los compases de una canción suya que al principio no se identificar, algo en mí se remueve de forma involuntaria,

When the train left the station

It had two lights on behind

Yeah, when the train left the station

It had two lights on behind

Whoa, the blue light was my baby

And the red light was my mind

All my love was in vain

All my love’s in vain

Love in vain

 
50 años no es tanto tiempo: tiempo cruel, sabio, perdido, gastado, adornado, sobrellevado, quemado, malgastado, sublime, inolvidable, alejado, presente a pesar de toda la niebla que nos va envolviendo, tiempo dorado:

Yes, star crossed in pleasure the stream flows on by

Yes, as we’re sated in leisure, we watch it fly

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

Time can tear down a building or destroy a woman’s face

Hours are like diamonds, don’t let them waste

Time waits for no one, no favours has he

Time waits for no one, and he won’t wait for me

Men, they build towers to their passing yes, to their fame everlasting

Here he comes chopping and reaping, hear him laugh at their cheating

And time waits for no man, and it won’t wait for me

Yes, time waits for no one, and it won’t wait for me

Drink in your summer, gather your corn

The dreams of the night time will vanish by dawn

And time waits for no one, and it won’t wait for me

And time waits for no one, and it won’t wait for me

No no no, not for me….

Time waits for no one
 

Dar gracias suena a agradecimiento a la divinidad cristina, pero ellos se merecen el sacrilegio por haber escrito, compuesto y actuado para nosotros,  más allà del valor de todos sus discos o de la entrada a sus conciertos.

Congratulations

Congratulations

Well done, my friend

You’ve done it again

You’ve gone and broken another heart

Yeah, you’ve torn it apart

Congratulations

 

Stoner

Acabo de terminar un libro, “Stoner”, de John Williams. Estaba tan absorto en sus páginas finales que casi me paso de estación al llegar al trabajo. Me ha dolido dejar a Stoner, aunque su vida se ha agotado en la última línea. Sus últimas sensaciones componen una fuerza redentora a partir de imágenes, recuerdos y libros que su mente mezcla y administra antes de disolverse para siempre en el ignoto universo de después de vivir.

Su manera de habitar en el mundo, de aceptar lo que le depara la vida, pero también de luchar por las pocas cosas que él encuentra que valen la pena: el amor y el estudio. Su estelar semana de amor y júbilo que parece justificar su vida entera, pero también los reveses y sufrimientos que soporta con la resignación de quien ha aprendido que tampoco eso es lo más importante, me han acercado al personaje de tal manera que ahora lo echo de menos.

Un libro nos puede divertir, nos puede admirar por su prosa, nos puede sorprender por los desconocidos lugares que transita. Stoner como personaje me gusta por la imperfección de su vida, me bambolea por su desesperante comportamiento, y me da ganas de empujarlo a que por fin sea feliz. En un libro podemos querer a un personaje hasta el punto de intentar ayudarlo o protegerlo, y también podemos odiarlo. Al final, lo que nos gusta de los libros es que hablen de nosotros, aunque no sean nunca del todo equiparables a nuestra propia vida; que en ellos encontremos parte de nuestros más profundos sentimientos, aquellos que nunca nos atreveremos a contar pues no podemos con palabras hacerlo, sólo vivirlos.

No se que libro comenzaré esta noche, pero se que hay muchos que me producirán tan variados sentimientos, pues hay tantos personajes que la literatura ha creado, como seres humanos han pasado por el mundo; así somos cada uno de nosotros de poliédricos.

Otro año, otra noche

En la oscuridad de nuestra habitación justo antes de dormir, caben todas las selvas del trópico, las montañas del Himalaya y los mares más solitarios; los volcanes que rugieron y las tormentas que amenazan, la Antártida esperanzadora y el Sahara redentor, las ciudades temible e inmensas, las autopistas obligatorias, las fábricas opacas y hasta los satélites que sobrevuelan la Tierra como un ovillo superficial entran; todo lo que somos, hemos sido y queremos ser, todos los recuerdos que se agolpan o se ordenan, todos los remordimientos, todas las alegrías que un día fueron. Estamos tan solos que tranquilamente podemos morirnos sin pensar en quien dejamos. Es cuando más cerca estamos de no ser, pero también de ser nosotros mismos, ante la oscuridad de nuestros ojos cerrados en la noche. Al final nos dormimos y olvidamos nuestros propósitos: tamaña grandeza, tamaña oportunidad, y nos levantamos somnolientos pensando en el día que nos espera. Y así un día y otro, cada vez nuestra habitación más ocupada de espectros, dejándolos para otro día, otra madrugada… Y ¿quién sabe?, tal vez soñemos y en nuestros interior arreglamos lo que proyectábamos arreglar, tomamos nota de nuestra experiencia para ser otros  cuando despertamos. ¿Quién sabe? Tal vez sea así y no nos demos cuenta, tal vez sanamos de lo que nos provoca pesadillas al enfrentarnos con la noche inclemente, pues, pensándolo bien, ¿alguna vez arreglamos algo de nosotros mismos aún queriéndolo?  Sí,  se que algunas mañanas, cuando camino en busca del metro chorreo impurezas y también emito buenos deseos, no a partes iguales, no en días alternos, aunque nunca puedo saber sus consecuencias,  sí se que algunas veces las cosas cambian en el sentido que yo deseaba, pero quedan tantas.

Recuerdos de neopreno

Esta tarde he sabido que nunca seré un padre al que sus hijos recuerden en el futuro mientras realizaban juntos algo inolvidable, porque habría permanecido grabado a fuego entre las circunvoluciones de sus cerebros.

Esta tarde de domingo de septiembre, mientras mis hijos buscan piedras, que son especialmente bonitas en esta playa de una cala lejana y hermosa de la Costa Brava, en esas horas en las que tendemos a ser trascendentes tras un día de sol de verano, asisto sentado sobre las piedras de la playa a las evoluciones de una familia con dos hijos vestidos todos con trajes de neopreno que nadan frente a mi. Los padres tienen más de cincuenta años, los hijos, unos 18 el chico y unos 16 la chica.

Si la vida familiar del grupo es acorde a la imagen de unión y felicidad que transmiten, este padre con barba que ríe sin complejos, será recordado en el futuro por esta niña y este niño cuando les llevaba a nadar a última hora de la tarde en aquella cala donde ya no quedaban más que ellos, huída ya la población flotante de domingueros, turistas y segundos residentes. Alrededor nadaba la madre que, como una sirena rubia, se limitaba a escoltarlos, aunque dudo que su patrulla sea recordada más que como la de una acompañante prescindible.

Aquel hombre seguro guiaba a sus hijos en las breves inmersiones y en los juegos en manada que iba y venía sin alejarse demasiado de la orilla. En un momento dado salieron y treparon a un muro de unos cuatro metros que podía haber sido el jardín romántico de una finca que cerraba la cala por su lado sur. Desde allí el padre y el hijo se tiraron de cabeza al agua. La niña dudaba y entonces el hombre de la barba la animó a tirarse, cuando finalmente lo hizo la acogió con risotadas y aplausos. En el seno de la familia feliz aquello le reafirmaba ante los dos hijos y la mujer que ahora se acercaba. La manada retomó entonces su periplo anterior y volvió al centro de la rada con sus neoprenos brillantes en la tarde que ya recogía indicios de la oscuridad cercana.

Tendemos muchas veces a desear protagonizar escenas que nos admiran, a desear ser como otros que imaginamos más felices, más ricos, mas aguerridos que nosotros pensamos que somos. Eso me ha pasado a mí a veces. El otro día, mientras estaba sentado en aquella playa de piedras miraba el mar y de vez en cuando me fijaba en la familia nadadora, pero no deseé ser aquel padre,  supe que yo no podía ser así. Por mi cabeza pasó también la idea de si yo era un fracaso como padre porque probablemente no iba a ser recordado en el futuro en actitudes semejantes con mis hijos, pero la realidad era la realidad: yo no nado muy bien, mejor dicho, nado muy mal;  me da mucha pereza ir a comprar un traje de neopreno para mi y para mis vástagos; y no me gustan las aguas profundas o menos profundas ni la playa, -quizás por efecto de lo primero-, si no es para mirarlas.

Pero  hay tantas cosas que no me gustan, tan pocas vistosidades que deseé y que puedan  encandilar a los niños, -aunque me guste seguir encandilándolos, -y que de paso sirvan de alimento a su memoria de hechos sublimes que, a lo mejor lo que soy es un padre anodino, aunque en esto como en la experiencia del neopreno, no es tampoco del todo cierto. Digamos que la memoria sabe escoger y poner en valor, y si no alberga experiencias forradas de neopreno, tendrá otras que en el momento uno no es capaz de reconocer como susceptibles de ser recordadas, pero que el tiempo se encargará de hacer brillar, y las que no, las enterrará bajo el polvo oscuro de lo prescindible.

Nota: Tal vez, a algún “emprendedor” (la nueva palabra para definir empresario, tan de moda ahora) se le ocurra la planificación de recuerdos generados mediante la organización de actividades de ocio para padres avezados, cuyo recuerdo florecería en un futuro más o menos lejano en la memoria de unos hijos que, de repente, recordarían con cariño aquellos años, aquellos momentos vividos con su padre, tal vez en una cala lejana.

En el café de la juventud perdida

Madrid un jueves de agosto a la siete de la tarde. Los bancos de granito del Paseo del Prado almacenan como pilas el calor implacable de todo el día, y como confirmación de la eterna juventud que siempre irá con nosotros, el olor de la tierra que se enfría, de los árboles y las plantas que comienzan a desperezarse con el riego mudo de la tarde que comienza a llegar a sus raíces y a sus hojas. También la sintonía del paso de los coches por aquel trozo adoquinado de la calle. Un paseo cercano a la íntima emoción, como un té de mil aromas que se escapan inasibles. Al día aún le quedan dos horas de luz, y dentro de poco el cielo será rojo más allá de Atocha, mientras, la gente comienza a andar por las aceras ya sin reparo al sol implacable, sino aprovechando sus caricias últimas cada vez ya más tibias y cercanas. Los cuerpos caldeados deseosos de demostrar lo que sienten. Las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche son en Madrid un amanecer vital que a menudo se reposa en una terraza, o ante el cielo desde un lugar elevado.

Esto, que es más que un recuerdo debe ser como lo que nos dice Patrick Modiano en su libro: “Café de la juventud perdida”. Algo intemporal que ya va siempre con nosotros, incluso en un día de marzo lluvioso y frío, incluso aquí en esta ciudad lejana. Esa juventud perdida es a veces un lugar al que acudimos cuando nos cuesta trabajo entender el presente, cuando nos solivianta lo que vemos o contemplamos con impotencia lo que se nos avecina. Nos acompaña sin saberlo cuando nos sentimos heridos y nos calienta. Pero cuidado, esto es como las medicinas, no conviene abusar de ellas. Ese es también su gran valor. Podemos recordar de vez en cuando, pero cuidado con recrearse, aunque tampoco renunciemos a revivirlo, es nuestro. El recuerdo de una tarde de verano en Madrid cuando el sol ya está bajo es un mero ejemplo, pero como éste muchos otros han contribuido a hacernos como somos, aunque fuesen escenarios donde alguna vez vivimos algo que quizás no fue muy importante, pero sí donde sin saberlo estábamos viviendo algo inolvidable. A veces lo noto, son como pinceladas de atardecer de verano, y calientan, juro que calientan.

El tiempo en una mirada

Hace unos días estuve jugando con mis hijos a la WI. El juego consistía en pilotar un avión y sobrevolar el mar, un puerto, una isla, un volcán, una ciudad y todo lo que queda debajo de las cosas y los seres que vuelan, es decir todo:  lo que nos ocupa, donde nos desenvolvemos normalmente, las personas que nos acompañan y las que solamente nos cruzamos o nunca veremos. De repente estaba consiguiendo llevar a cabo el sueño de mucho tiempo atrás de pilotar un avión, y ahora lo estaba haciendo  en un juego casi de niños, en una pantalla de televisión en la sala de una casa en una tarde como otras tardes de invierno. No recuerdo si hace mucho tiempo era eso lo que quería, pero el otro día disfrute mucho, como un niño que por fin era piloto.

Unos días antes, en la otra ciudad, ante la calle ancha y el cruce de cuatro posibles caminos, me paré. Me paré y miré. Con las manos en los bolsillos, mis ojos, más allá de la simple imagen de la totalidad del paisaje que deben enfocar, se pierden entre las costuras del asfalto y las traspasan, y caigo en que existen. Es como si fueran otros los que ven en nosotros cosas que no sospechamos, que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

Pasa deprisa una furgoneta oscura y reluciente, un autobús rojo medio vacío donde bosteza una señora bien peinada, y un coche amarillo pálido y viejo como su conductor. El semáforo de nuevo en rojo y el sol que calienta mi cuerpo. El cielo está limpio y tiene una azul de invierno, huele a tiempo de navidad, el frío lucha con el sol y en esa lucha se cuece la vida que me revitaliza. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que sería imposible explicarlas, es como una ducha fría que no estremece pero te hace tomar conciencia de lo que tienes dentro, de tu propia historia más allá de los hechos. Son  sensaciones que se despiertan de vez en cuando como un volcán aparentemente dormido y que uno sabe que existirá siempre en él.

Mientras miramos libros me encuentro con alguien a quien hacía años que no había visto, pero en la que muchas veces había pensado. De repente la sorpresa de tenernos cara a cara. Me pregunto como me vera ella que me mira con la curiosidad que uno podría tener ante la aparición inesperada de un ectoplasma. Era, es, muy guapa, y veo como por ella ha pasado el tiempo, el que ha pasado por todos. Hablamos y tratamos de ponernos un poco al día. Tiene un hermano gravemente enfermo, y recuerdo a aquel chaval desmadrado y rompedor, pero a él el tiempo se le ha infectado y le duele. Creo ver en ella prisa, ganas de irse, con ella iba su hija que me mira curiosa. Le digo adiós y me sabe a poco, me hubiera gustado hablar más con ella, saber más, contarle más, atravieso entonces la pared de la librería con sábana y todo, ¡que raro esto de ser fantasma! Al salir a la calle fría llena de paseantes noto como otra parte de mi se ha despertado hoy, y me reconozco de nuevo en esta parte de la ciudad, por más tiempo que haga que no viva en ella.

Ahora que recuerdo aquellos días pienso en lo distinto que es volar de pisar las calles, avistar que mirar a la cara de alguien. Todo es compatible sin embargo, y lo pienso ahora que mi avión va ganando velocidad y corre imparable por la pista con la única alternativa de levantarse del suelo, y lo hace, noto como las ruedas se despegan del suelo y pienso entonces en todas esas caras que se han quedado abajo, que me acompañan las vea todos los días o las lleve en el recuerdo, justo antes de llegar a las nubes bajas y ver el sol brillando sobre una laguna de lluvia al virar hacia el Sur. Esta es la alegría de vivir que dirían algunos, no importa, es lo que siento ahora que oigo el ruido del motor por encima de los auriculares y veo el cerro que domina la ciudad y las calles como cordones estirados, y la plaza con los bancos de granito donde hace tanto que no me siento, y más allá de las nubes y de aquellas montañas que hoy tienen nieve, la otra ciudad al lado del mar, y otras caras y otra plaza con terrazas, y el azul difuminado del mar un poco más allá de los edificios acristalados. El viento mueve el avión, todavía hay mucha combustible en los depósitos. Estoy solo aquí arriba, rasgando  el silencio, una hora, otra, no quiero que acabe, tantas caras, …me llaman por radio, …su voz…vuelvo.

El tiempo: 29 de septiembre de 2009

Como una informe y particular vía láctea visible sólo por el anual chorro de pintura dorada que lo muestra y las mil señales que a veces acertamos a comparar con nuestros recuerdos, ahí está, el jodido tiempo, aquel que de pequeño no pasaba, y se desparramaba perezoso por nuestros juegos, nuestros tebeos, nuestra picias, temores y sorpresas, que hacía nuestras tardes largas y las noches un plató de película bajo las mantas, donde la prisa por el sueño no existía. Ese que sin darnos cuenta fue levantando el vuelo hasta poco a poco ir cazándonos entre sus piernas, sus brazos y sus alas, y al que solo conseguimos engañar cuando nuestros besos deseados lo arrinconan y suspenden, -tan pocas veces-, testigo entonces de nuestros estelares momentos. Aquel que querríamos tener delante nuestro sin cuento, aquel que hemos desgastado con los años vividos, el malgastado y el apurado hasta las heces, el que suponemos en los demás y en nuestros hijos que allá abajo suben y en nuestros padres que se disponen a salvar el repecho de allá arriba. El tiempo, el que nos pone nerviosos, el que a veces celebramos, la parte infimísima de la historia que nosotros mismos ínfimos estamos protagonizando. El tiempo que nos corre paralelo sin remedio, el que tan bien llevamos si tenemos una mano que queremos agarrar y que en el camino nos acaricia la nuestra, el tiempo, joder con el tiempo, como pasa el cabronazo.